El olvido que.

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 23/06/2014, clasificado en Varios / otros
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Sus besos sabían a belleza y oquedad, todo a un tiempo, idénticos al gusto de las virutas de colorines que se desperdigan sobre las tartas de chocolate infantiles, sin alimento, sin paladar, engaño, embuste, mentira en lenguas tiernas sin experiencia, aunque en este caso le sobrara la vida a su movimiento. Llegó un punto en el que los besos no fueron más que intercambio vacío de fluidos, babas traspasándose microbios y humedad con nivel cero de emociones ni tan siquiera a plano físico… hace mucho que ambas pollas se bajaron y tal vez el más joven, por una suerte de orgullo, de hombría mal interpretada, básica reducida a la genitalidad, pidió a su compañero que se la metiera en la boca, tratando de hacer como cuando un hilo es demasiado inútil: chupar hasta que todo vuelva a funcionar.
En cuanto al mayor, no se debe a su edad –cuarenta y tantos no son demasiados para que la libido se esfume aún-, tampoco al cansancio de un par de noches en vela o al estómago engañado a base de pequeños sándwiches cortados en cuatro triángulos casi perfectamente equiláteros para dar sensación de multiplicidad, de “más”, una especie de milagro de los panes y los peces rudimentario intentando saciar más el nerviosismo del paladar que las tripas cubiertas de ácido y tristeza. La impotencia ocasional es debido a la cama, su cama, la de ambos en las que tantas veces desnudos se habían acuclillado el uno frente al otro para acariciarse, susurrarse, frente a frente jugando rondas y canastas con las piernas en la posición del loto, un loto artrósico para gordos sin flexibilidad ni tiempo para el deporte. En esas sábanas cargadas durante años con el mismo semen de solamente dos varones se encerraban casi dos décadas de amor, confidencias, llantos, peleas, tirones del pelo a cuatro patas, penas, felicidad… veinte años menos seis días: suficientes para dejar perdidos al hombre que aún queda… cuando un perro pierde al compañero se enrosca entre sus propias patas esperando lo inevitable del no volver, esa sensación triste, sombría y pesada de plomo derritiéndose sobre una espalda helada de la muerte, el no-retorno que atemoriza a los enfermos terminales, hunde en llantos a los vivos de su alrededor… no-lo-verás-de-nuevo-jamás… es la resignación al nunca lo que parte las almas como encías débiles de leche… En el ataúd, en la pira, en el nicho: la idea de obtener respuestas, sonrisas, insultos a cambio de quien ya anda por ahí pudriéndose igual que cualquier filete sin personalidad que se olvida fuera del congelador enloquece a los soberbios humanos creídos de conquistar cualquier terreno no más lejos de la imaginación, pero amigo, para eso sirve esta perra mortal que nos baja los humos y nos calma la soberbia… 
Un hombre profundamente entregado, confiante y arropado en la presencia de su compañero se da cuenta de que su olor en el cuarto se desvanecerá en la cuarta o quinta limpieza con lejía, le presión de sus manos acariciándole la piel no es más que un acto reflejo de la memoria subconsciente que terminará por desaparecer, los recuerdos dulces, divertidos, tiernos acabarán por marcharse, hacerse casi tan tenues que no distingues cuáles sucedieron realmente de los que una mente podrida de sufrimiento inventa en cuanto los amigos te lleven de asadero, copas, acampada un par de veces… a eso nos reducimos los muertos: una memoria vaga que se difumina igual que la fuerza de un elástico disminuye a medida que la estiramos en el tiempo y el espacio, un montón de fotografías que al principio se llevan en la cartera, más tarde se cuelgan de algún corcho en la pared y por último se encierran en una gaveta olvidada que al abrirla años después arrancan alguna lágrima más por el polvo viejo que por un recuerd amarillenta… somos cadáveres que no volvemos, cadáveres desaprovechados en vida: tal vez por eso muchos se aferran a las cajas de pino intentando compensar todos aquellos abrazos ausentes con un último achuchón desesperado… a la viejita se la velan durante noches enteras hasta entrar al crematorio… imbécil: jamás fuiste a verla a la residencia ni tampoco la llevaste aquel día a comer pollos en los pinares… somos unos memos, niños irresponsables queriendo hacer todos los deberes el último día de las vacaciones… el tiempo no espera por nadie, más bien tiene un humor bastante cínico que le motiva a darse prisa cuanto más deliciosos son los años… hínchate a lloros sobre un cuerpo seco y sin vida, envía flores, reza cincuenta rosarios, pero no compensarás jamás las veces que pensaste mejor una tarde de birras y pelis con los amigos en casa en lugar de compartir la historia del niño con un cáncer aún sin detectar viendo un partido de fútbol aburrido sin super estrellas en el campo, un par de años ahogados en orgullo estúpido sin hablarte con aquel hermano por una discusión que, sinceramente, serías incapaz de contarme cual fue su origen, ni tan siquiera su motivo… a veces, de tarde en tarde, una siesta en el sofá después del desayuno los domingos, tardes enteras echadas frente a los marcianitos del ordenador, simplemente cagadas a gusto con la puerta abierta que se amplían durante horas leyendo propagandas del hipermercado lejos de ser tiempos muertos son productivas, necesarias, algo así como el reseteo de un ordenador ardiendo o la semana en blanco de un boxeador después de un gran combate del que sale magullado… pero cada segundo que consentimos ser tan solo una vuelta nueva alrededor del reloj, no es más que un pedazo de muerte sin sentido que se amplía.
Nene, eso de los muertos saliendo de sus tumbas arrastrando rocas gigantes sin testigos son cosas de libros viejos, de películas de terror de serie-B… más te vale besar, golpear, reír, abrazar, cagarla, discutir, acariciarte, volver, olvidar, perdonar, achuchar y cualquier otro puto verbo activo que se te ocurra con quienes siguen respirando, porque espiraciones cambian por expiraciones más pronto que el olor de un peo adueñándose de un retrete enano.
Pero hace noches que eso no importa, no al menos durante unas cuantas horas en las que tratando de olvidar a su compañero bajo tierra se cepilla a un chico al que le pasa casi dos décadas menos seis días… un buen pene, gordo y duro, siete lenguas jugando jugosas, corridas espesas… pero los besos ya siempre serán saliva, esputo, microbios intercambiados, porque esa boca muerta huele a podrido y nunca regresará. 


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