LA RADIO

Por Notsoeasy
Enviado el 30/06/2014, clasificado en Varios / otros
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Aquel artefacto parecía más la cabeza desmelenada de algún león muerto a palos, que un aparato receptor de ondas hercianas. Los cables que sobresalían por todas partes, le conferían la apariencia de estar construido para no servir para nada en absoluto.

Pero no era así, los mensajes que recibía a diario eran los que verdaderamente le otorgaban el inestimable valor por el cual sus depositarios lo ocultaban con tanto celo, con el mismo que escondieron sus más preciadas alhajas.

Esos mensajes que la numerosa familia Dumont, pasaba horas desencriptando, en el más absoluto de los silencios en el sótano de su vieja casa de la Rue Marignon. Aquellos importantísimos textos que luego debían estimar llevar a un puesto u otro, que la valerosa resistencia francesa mantenía ocultos por toda la ciudad. Los mismos por los cuales su vida pendía de un imaginario hilo de probable tortura o muerte, incluso.

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El mensaje del día 25 de diciembre de 1944, tendría que llegar a la misma hora que los cientos de mensajes anteriores, con la única diferencia, hoy, que proporcionaba la presencia de los cuatro soldados alemanes que acompañaban al capitán de zona, Klaus Von Lehdger.

El enésimo registro de aquella semana había sido el peor. Ya no quedaba nada por romper, levantar y golpear en la antaña coqueta casa de los Dumont, a excepción del inicio de la balaustrada de la escalera principal, donde el sanguinario militar alemán apoyaba su mano derecha, golpeteando nervioso con sus blanquecinos dedos sobre ella.

Los nueve pares de ojos de los componentes de la familia Dumont, no perdían de vista esos incesantes martilleos sobre la oculta radio.

Dentro de la parte superior, protegida por el concienzudo trabajo de las excepcionales manos del ebanistas local, Pierre Salom, permanecía callada la maquina receptora que tanto daño les estaba haciendo en los últimos meses, gracias a los puntuales avisos de aquella maquina tan fea.

A Michel Dumont le corrían ríos de sudor por la espalda, observando como aquellos dedos no dejaban de apoyarse en el único sitio que quedaba intacto en la casa. Aquel donde la lógica del capitán ni siquiera estimó.

El sudoroso patriarca de los Dumont, sabía que el trabajo de aislamiento sobre la radio no dejaría oír ningún ruido si se producía la entrada del mensaje, ya lo habían probado antes, pero la vibración era una cuestión que nunca se les había ocurrido valorar. La mano del capitán percibiría con total nitidez la oscilación del diminuto altavoz que se llevaban al oído para anotar en el cuaderno de códigos los datos recibidos, si, al llegar, seguía descansándola burlonamente sobre la madera. Y la hora se acercaba.

Constance, la mayor de las hembras, la que más peligro corriera sorteando los puestos de vigilancia nocturnos y las furtivas miradas de los franceses colaboracionista para entregar dichos mensajes, la que sabía que el capitán la observaba de esa manera que tanto odian las mujeres, la que conocía lo poco que faltaba para que la radio comenzara a realizar la función para la que había sido inventada. Ella, conociendo el peligro, miró de reojo a su padre antes de intentar levantar la vista para buscar por primera vez la lasciva mirada del capitán. Sabiendo que eso la sometería, irremediablemente, a hacer lo que no podía ni imaginar cuanto le asquearía.

Michel, sin poder contener su ingente sudoración, intentó decirle con la mirada que no lo hiciera, que ya había hecho demasiado, que ya era suficiente, que ahora le tocaba a él, que era su responsabilidad, pero se dio cuenta que estaba decidida, que no iba a permitir que los peligros ya sufridos no sirvieran de nada, agachando la cabeza para tomar un aire tan necesitado para poder mirarle sin cambiar su gesto, sin que notara la mentira en sus ojos, decidida. Sabiendo que su padre intentaría pararla antes de ver como se perdía irremediablemente.

Gaston era el menor de tres varones, ocho años, de los cuales cuatro llevaba sufriendo la estúpida guerra a ojos de un niño. En el mismo instante que su hermana mayor y su padre iban a intentar hacer lo que sus almas le exigían en esa última fracción de segundo y sin pensárselo demasiado, comenzó a zapatear delante de todos, como el mejor bailarín que nunca hubiera existido, girando y saltando en una irreal coreografía que hizo brotar las sonrisas en aquella tensa situación, incrédulos, pasmados, les hizo olvidar en medio minuto la cruel guerra que se estaba produciendo en su país y en media Europa. Los treinta segundos necesarios para que el capitán se animase a aplaudir la espontaneidad del chiquillo. Aquellos treinta segundos de gloria, que lograron que ni su padre, su hermana, ni la vibración de las figuras frutales exteriores del escondite de la radio fueran el desencadenante de otra tragedia más. Sin querer, pero queriendo hacer aquello que le apetecía tanto, desde demasiado tiempo ya, aprovechando la atención de todos en un silencio amargamente ridículo, pero peligroso.

Y al terminar, entre las desmadejadas risas de los soldados y el oportuno aplauso del capitán, padre e hija volvieron a buscarse para aceptar que lo había logrado, inconscientemente, en el momento justo para que la mano del capitán no notase lo que ocurrió, al margen de aquella estrambótica escena, en el interior de su escondite. Y reír para adentro, sin ningún gesto, hasta verlos marchar con una enorme sonrisa, tras la orden definitiva de retirarse.

Nunca, en los últimos cuatro años fueron tan felices. Nunca hubieran imaginado que el pequeño de la casa tendría aquella insospechada afición que les había salvado la vida. A ellos, y a mucha más gente que intentaba pelear como podían contra los nazis.

Desgraciadamente la suerte no se mantuvo hasta que la radio emitió su último comunicado, el del final de la guerra. No todos pudieron disfrutar de la tan esperada alegría tras la rendición de Alemania. No todos lograron acudir a la primera representación de Gaston como primer bailarín de Ballet Nacional de la República Francesa, libres.



Dedicado a todas aquellas personas, anónimas, que lucharon sin armas, pero con el mismo valor y entrega que los soldados en primera línea de combate, en la Segunda Guerra Mundial por la libertad del mundo.


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