EL TREN DEL SILENCIO

Por Eusebio Efe
Enviado el 10/07/2014, clasificado en Terror
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EL TREN DEL SILENCIO

Un viaje en tren siempre tiene algo de incógnita, nunca sabes cómo va a resultar. Puede ser ameno, tedioso, relajante, agotador, quien sabe. Eso es lo que le pasó a un tal Facundo Quiroga, que le resultó un trayecto muy especial en su largo recorrido por el interior de su país.

Facundo se montó en el Tren Patagónico hacia el mediodía. Le esperaba un largo viaje  ya que su destino estaba a varias horas de distancia. Iba a ver a su familia. Su mujer y su hijo pequeño le esperaban. Había estado trabajando un mes fuera y estaba entusiasmado con su vuelta a casa.

Llevaba dos maletas grandes y un osito de peluche blanco para su pequeño. Avanzó por el pasillo buscando un sitio. A su izquierda quedaban los compartimentos. Observó que en uno de ellos no había mucha gente y se metió en el.

-Buenos días, saludó. ¿Está libre ese hueco? Preguntó.

-Sí, acomódese, le contestaron.

Lo ocupaban un matrimonio con un niño y un señor bigotón de edad avanzada.

Facundo colocó las maletas en el maletero que estaba encima del reposacabezas y se instaló en su asiento. Observaba a sus compañeros de viaje. El señor bigotudo leía un periódico mientras sacaba humo de su flamante pipa. Los padres charlaban entre ellos y el niño jugueteaba por los asientos, cosa que no parecía agradar demasiado al caballero. Sus padres se dieron cuenta y optaron por dar al pequeño una hermosa bolsa de palomitas para que se entretuviese y no molestara.

Creo que voy a intentar dormir algo, pensó. Va a ser una larga travesía y necesito descansar. Y así fue, entre la monotonía del paisaje que oteaba por la ventanilla y el chasquear que emitía el mozalbete al comer sus palomitas, se quedó dormido.

Al cabo de un rato, un inmenso silencio se apoderó de él. No se oía absolutamente nada dentro del vagón, solo el zumbido de la locomotora con su resollar uniforme y el vaivén de los vagones. Ese sosiego acabó despertándolo. Al abrir los ojos una gran turbación se apoderó de él. No podía creer lo que estaba viendo. Los acompañantes del vagón estaban como petrificados, quietos, en la misma posición que los había dejado antes de quedarse dormido. Parecían estatuas. Sus facciones y gestos eran los mismos que él tenía en su memoria antes de dormirse. El caballero con su mirada incrustada en el diario, los padres en posición de conversación y el niño con la bolsa de palomitas recién empezada con ademán de llevarse una a la boca. Facundo quería volverse loco, empezó a gritarles, a moverlos bruscamente, pero nada, estaban rígidos como palos. Tenía la sensación de estar en el vagón del museo de cera. Pero eso sí, una cosa llamó, más si cabe, su atención. La pipa del señor seguía despidiendo humo.

Enloquecido y totalmente desequilibrado optó por salir al pasillo. Se fue abriendo paso entre las piernas inertes de sus acompañantes y salió fuera. De nuevo se quedó estupefacto. Comprobó con asombro que las personas que estaban a lo largo del pasillo estaban también totalmente quietas con sus posturas diversas. Unos mirando por las ventanillas, otros recostados, otros en posición de conversación. ¡Pero qué está pasando aquí! ¡Esto no me puede estar pasando a mí! Se repetía una y otra vez.

El silencio era sepulcral, roto sólo por el movimiento de los vagones. Al ir avanzando, una pequeña esperanza se le pasó por la cabeza. Voy a pasar al otro vagón, seguro que allí encontraré la normalidad, dijo. Cerró la puerta de su vagón y tambaleándose abrió la del siguiente. Se dirigió al primer compartimento y allí estaba otra vez una imagen espantosa, todos detenidos, inmóviles, cada uno con un gesto y una expresión, sentados en sus asientos. Siguió  pasillo adelante, desabrochándose la camisa y quitándose con un pañuelo las gotas de sudor que le resbalaban de su frente. Al pasar a la altura del retrete, un sonido le hizo detenerse. Era el eco de un grifo, manando agua. Intento entrar en el lavabo, pero la puerta estaba cerrada. La golpeó con furia.

-¿hay alguien? ¡Conteste!, gritaba.

Cogió impulso y de una patada la derribó. Unos ojos le miraban fijamente. Eran los de una persona que estaba sentada en el inodoro, inamovible.

Su desesperación estaba rozando con la locura. No sabía qué hacer, donde ir.

El tren seguía su itinerario, con velocidad, estruendoso por fuera y mudo por dentro.

Facundo iba avanzando por el tren, de vagón en vagón y en todos, lo mismo. Gente inerte y silencio. Al abrir una puerta, le pareció oír como un murmullo. Se apresuró hacia allí. Era el vagón cafetería. A medida que corría hacia él, más se acentuaba el runrún.

-¡Por fin! Ahí oigo algo, seguro que es gente, se decía a sí mismo.

Entró en la cafetería y de repente se dio cuenta que lo que oía era el baile de las mesas con la vajilla que había encima de ellas.

En ese momento, Facundo  se derrumbó, ya no sabía qué hacer ni dónde ir, así que retrocedió a su vagón y se sentó en su asiento. Entonces, el tren pasó por un túnel y se quedó totalmente a oscuras. Allí estaba, engullido en una total oscuridad y rodeado de fantasmas dentro de una estancia del convoy, sobrecogido y en un estado pavoroso. Una luz en el horizonte hacía presagiar que el túnel se acababa y al salir de este el Patagónico se detuvo a la altura de un pequeño apeadero dentro de una extensa llanura. Facundo no se lo pensó. Se fue haciendo hueco entre los cuerpos petrificados y corrió despavorido. Ya fuera, empezó a caminar. A lo lejos se divisaba una pequeña población. Se dirigía hacia ella cuando de repente observó que un sinfín de sirenas de policías, ambulancias y bomberos se dirigían hacia el tren.

Momentos después unos agentes se comunicaban por radio:

-¡Esto es un amasijo de hierros! Decía uno de ellos.

-¡Yo me encuentro en uno de los vagones y el espectáculo es dantesco!, decía otro. ¡Hay cinco cadáveres! ¡Están semienterrados! ¡A uno sólo se le ve una mano agarrando una bolsa de palomitas! ¡Parece la de un niño!

¡Hay un señor con una pipa incrustada en su mejilla! ¡Está junto a un osito de peluche ensangrentado!

Al día siguiente una señora con un niño agarrada de la mano, sollozaba mientras leía la lista de fallecidos producidos por el descarrilamiento del tren Patagónico. Entre ellos se encontraba un tal Facundo Quiroga.

 

Eusebio efe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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