¿Cuál coges?

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 22/07/2014, clasificado en Varios / otros
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La sangre cruel viene en forma de tortilla metálica. Corre de mano en mano sudando con su olor a cobre muerto el para muchos único intercambio de palabras en la era de la máquina expendedora donde ya nadie dice “¿qué tal?” después del “hola” por terror a que de veras empiecen a explicar su estado de ánimo, sentirse obligados a detenerse en la carrera hacia el borde del tifón, parar un reloj que siempre marca los números equivocados, tardíos, agobiantes, no preguntar por familia, empleo, coche roto, solamente un “hola” y quizás con quienes más amamos charlar sobre un tiempo momificado igual que nubes de cartón colgadas en un cielo de atrezo, un teatro en decaimiento porque sus actores están colmados de aplausos sin fuerza que apenas hacen daño en las palmas, protagonistas, reparto, figurantes, todos giran alrededor del escenario buscando al apuntador que salió hace demasiado a por un par de birras calientes y un buen puro para emborracharse la boca con sabor a dulce ahumado… no volvió, huyó cansado de cargar los objetos que proyectan las sombras y fue justo entonces cuando los actores decidieron andar con un rumbo muy pequeño, muy cercano, tanto que aburre como jugar al 501 sin lanzar los dardos, tan solo clavarlos uno a uno a golpe de puño, sin distancia, pescar con botella de oxígeno dentro del acuario, cazar al león en una jaula de metro cuadrado, follar con una prostituta, fácil, simple, directo, ahora, ya… el todo por el nada… y aburrirse hasta la locura igual que si atravesaras el país en coche sobre una línea recta, la radio con el mismo cassette anacrónico y trabado en la pista 12, sin más remedio que escucharla durante las próximas cuatro horas: es imposible apagar el transistor cuando el motor está rodando porque el botón de play se escachó por dentro, se mantiene siempre pulsado y es imposible sacar la cinta enganchada desde el último viaje hacia la playa en aquel maldito número 12.

           Una obra de teatro donde los representantes se mueven como imágenes chinescas tras un biombo traslúcido, casi nadie puede identificarse, la mayoría solo son lo que aparentan: manchas oscuras sin forma definida –nitrógeno y argón- rezando por que les salve un titiritero que domina los hilos a ojo cerrado sin mayor pasión por sus marionetas que la de observar como se enredan sus hilos… hombres transformados en sombras, sombras paridas de la inapetencia por la improvisación… pocos buscarán unas tijeras para descolgarse de las cuerdas, romper el biombo, encender la luz y aquellos títeres capaces de al menos intentar recuperar su alma tendrán que combatir contra los cientos de muñecos a quienes les duele tantísimo el foco en sus ojos, usar sus piernas por sí mismos sin necesidad de hilos que no durarán en asesinar, encarcelar, defenestrar, enjaular en manicomios a sus colegas que decidieron ir en busca de la luz que deshaga el teatro de sombras.

                                              ........................................

           Las calles parecen cintas automáticas de los aeropuertos: todo permanece inmóvil salvo ellas que arrastran con su caminar apático, rutinario, monótono a las motos, los coches, los peatones, la vida, el pensar, el sentir… muchos cogen la *guagua, incluso para ir de una parada a la siguiente: pequeñas transacciones, un pedazo de plástico en la máquina de los bonos y no es necesario usar los zapatos. El chófer intercambia tickets por monedas que hieden a cobre oxidado, sangre de labio roto, los pasajeros se sientan, tranquilos, queriendo huir aunque desconozcan de que, enterrando su nariz contra el cristal si ven subirse algún conocido, algunos, los más jóvenes, enfundan sus tímpanos en auriculares, pantallitas anestesiando sus ojos, tuercen los pulgares hablando con sabe dios quien a miles de quilómetros… entierran su nariz contra el cristal si ven subirse algún conocido… La guagua siempre espira un suave aroma a pedo triste, sudor ácimo, llanto vacío, los gordos van en el asiento de afuera apretando a la vieja del monedero hambriento, chicos pajilleros con algún que otro pelito ya asomando se rozan inintencionados contra alguna cuarentona que guarda aún medio polvo, se restriegan la cebollita púrpura contra sus glúteos: suficiente material para mantenerse calentitos hasta llegar a casa, encerrarse en el cuarto, buscar extraños por internet practicando sexo sin plastificar y un escupitajo sobre el teclado no más allá de tres, cuatro minutos más tarde.

           A las vacas se las cuecen en camiones apretujados de camino al matadero, las gallinas padecen un bombillo sempricandescente sobre sus ojos para que caguen huevos día y noche –comemos la regla de aves torturadas-,en los calabozos los presos mean en un váter incoloro, desteñido a fuerza de semen y amoniaco… en la guagua todos se palpan, se sienten, se huelen, se aprietan, se ignoran, se odian, se desean, se masturban, se corren, se evitan, se asesinan, se desplazan… sin movimiento, sin ilusión, sin alma: sombras descosidas de sus cuerpos dirigiéndose hacia el “siempre igual” deseando llegar pronto a ninguna parte, acabar deprisa para hacer nada, abaratando el tiempo de las acciones para dormir sin sueño, comer sin apetito, joder sin amor, perecer sin vivir.

*En Canarias a los autobuses/micros los llamamos guaguas.


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