Un par de buenas cubiertas

Por Néstor José Jaime Santana
Enviado el 13/08/2014, clasificado en Varios / otros
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He conocido a una mujer, una buena mujer, de las que sudan en la cama y te derriten con una palabra, con la misma palabra que puede susurrarte al oído cualquier otra, un amigo e incluso tu madre en días tiernos, pero entre sus labios sin pintar –la primera vez trató de engañarme y solamente consiguió tapar la belleza de sus besos en potencia… muchos lienzos son más bellos en blanco, sin pinceladas porque dejan la inocencia, la ilusión del nuevo comienzo, todo por hacer, todo por descubrir…-.Una buena mujer que con la misma palabra que cualquiera puede decirte solo ella te derrite igual que la yema de un huevo frito presionado con el pan de ayer.

            Es como una novela excelente en la que ni por un instante se te ocurre ir a ver al final, no desesperas mientras hojeas, al contrario más bien prefieres un conteo antinatural, cuanta más páginas giras hacia la izquierda más capítulos esperas que se añadan, disfrutas de su lectura, sobrio, una sola página más, una línea, tan solo una palabra de oxígeno que llene tu paladar, pero sin colmarlo, dejar hueco en el estómago durante una comida exquisita con el afán de probar siempre más bocados… las buenas mujeres, la buena literatura, el buen vino… tres hechos que coinciden en que desearías poder atracarte con ellas sin que alcancen su final, sin empacharte nunca… así es la mujer que he conocido.

            Por supuesto he leído unos cuantos libros antes de ella, algunos me valieron para un par de horas, entretenimiento fugaz, sabroso, pero no más de un de relato para engañar la vista. También leí una novela muy hermosa, larga, pensé que la mejor creí que jamás terminaría hasta que choqué con la cubierta derecha del libro, ¿a quién le importa? No la releeré jamás, será otro lector quien disfrute de ella, nunca volveré a tocar sus páginas, sentir su olor, pero me es indiferente: su belleza, su aprendizaje permanecerán para siempre en mi y estaré de por vida agradecido, porque aunque ya no me guste ese viejo libro, el cariño permanece, en menor intensidad, de un modo diferente, pero así será, le deberé haberme transformado en un lector más hábil, más exigente, más experimentado… ya no importa esa vieja historia, simplemente espero que sus páginas en blanco las escriba de su puño y letra llorando, sonriendo, a partes iguales… ahora me toca empezar esta nueva obra que apareció frente mis pies, dejarme embuír de sus ojos tiernos cargados de fuerza, de su humor, de su lujuria, de su rudeza, de su frescura, de su compañía… convertirme en un espejo, pasar de lector a historia, dejar que sea ella quien realmente me descubra, un libro para un libro.

            Es duro pasar las trizas entre las costillas cuando tu novela favorita se termina, pero con el tiempo te das cuenta de que ese final da lugar a oportunidades renovadas, quien sabe si nuevas historias en común, aunque mejor no adelantar, simplemente disfrutar página a página, párrafo a párrafo, oración a oración… está bien eso de encontrar una nueva novela en la estantería: redescubres emociones olvidadas, te ilusionas de nuevo, comienzas otra vez a ducharte todos los días… ya pasé algunas noches acariciando ese nuevo libro y parezco un imbécil de doce años cuando regresa a su propia biblioteca: apenas puedo dormir dándole vueltas a tal o cual palabra, rememorando los mejores pasajes y cuando mi cerebro se colapsa con tan buena literatura –es el peligro que tenemos los feos cuando nos topamos con la belleza sublime: nos cuesta tanto aceptar su realidad que nos provoca dolor de cabeza- a veces me dedico a apoyar mi nariz en la almohada donde reposó sus frases e intentar exprimir un poco más mi memoria con su aroma proustsiano igual que un chihuahua tratando de arrancar con sus paletas enanas el tuétano de un hueso que le supera seis veces en tamaño… aunque finalmente siempre me gana el ir a la nevera a por otra cerveza y anestesiarme a golpe de cebada, es de lo poco bueno que tiene andar en un trabajo cochambroso en el que te llaman para el tajo dos o tres días en semana ganando menos que en el paro: tienes tiempo, horas en blanco para escribir, ver una buena película, disfrutar de tu novela, emborracharte suavemente en noches de insomnio sabiendo que mañana no hay un lugar al que llegar tarde y en los días en que ese nuevo libro te acompaña, pasarte abrazado a él hasta el mediodía.

            Cuando está bien escrita te importa un carajo como terminará la historia, la mayoría de las veces ni siquiera comprendes su comienzo y a menudo espiras tanta inseguridad que te da miedo que una novela tan hermosa te haya permitido ser su lector… pero no seas imbécil, no desaproveches la oportunidad, no te plantees tantas cosas, simplemente disfruta con ella y a cambio conviértete en el mejor leyente que pueda tener… además, mi suerte aumenta a buen ritmo: este libro nuevo no solo es una gran obra de arte, sino que tiene un par de cubiertas excelentes, unas nalgas… tras años dedicándome a esto de la literatura me he dado cuenta de que solo hay una antítesis pura: “demasiado culo”… eso es una estupidez: nunca puede haber un culo que se pase de tamaño, jamás, el concepto “demasiado culo” simplemente no existe, el culo nunca es suficiente... ni siquiera para los que somos más de tetas. 


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