LA ÚLTIMA SINFONÍA (segunda y última parte)

Por Federico Rivolta
Enviado el 30/08/2014, clasificado en Terror
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Las mujeres gritaron ante los horrores de cariz bélico que describían las manos del brioso artista y pronto el miedo inundó el teatro. El miedo se transformó en odio y el odio en agresión, y poco a poco los espectadores comenzaron a perder las limitaciones impuestas por la razón para dejarse llevar por las polifónicas y extremas emociones que les imponía la depravada melodía. Los otros músicos bajaron del escenario y su sangre también salpicó los delicados asientos de madera forrados en terciopelo.

El teatro entero se había convertido en un verdadero campo de batalla y no había nadie en el lugar que no estuviese dominado por una ira demencial; nadie excepto David, quien parecía poseído por una deidad maligna, tocando con los ojos en blanco, aislado del resto del mundo.

Al final del concierto hubo más de trescientas personas heridas de gravedad y un total de catorce muertos, pero habrían sido muchos más si la policía no hubiese llegado tan rápido.

La brutal escena se aplacó cuando lograron separar a David de su piano, para lo cual se necesitaron diez oficiales. No es necesario aclarar que ni al pianista ni al instrumento de su perdición jamás se los volvió a ver en público.

Al día siguiente llevaron a David a un instituto psiquiátrico mientras gritaba ferozmente a su mujer y a sus hijos:

-– ¡Es tarde para mí, pero ustedes pueden salvarse! ¡Quémenlo! ¡Destrúyanlo!

 

CUARTO MOVIMIENTO

 

Pasaron dos años antes de que el famoso pianista tuviera un momento de lucidez. Pero aquella vez en que pareció mejorar, de algún modo escuchó un rumor acerca de que el anterior dueño del piano –el marido de la mujer que se lo vendió–, se había suicidado. Esa información, verdadera o falsa, lo condujo nuevamente a sus bemoles.

Quince años más tarde, finalmente salió del hospital. El tiempo había transcurrido para todos, pero más aún para David, quien se había vuelto un hombre mayor. Estaba muy delgado y su cabello se había vuelto completamente blanco, y usaba un bastón que sostenía con una manos temblorosa. Además de parecer veinte años mayor de la edad que tenía, había perdido todo su ímpetu a partir de la muerte de su esposa Ruth, quien falleció luego de una larga depresión ocasionada por los lacrimosos sucesos.

Su hijo José lo llevó a su casa a vivir con él y su familia. Una vez allí, apenas pudo reconocer a sus nietos, ya que los había visto sólo en unas pocas ocasiones en que lo fueron a visitar; aquel instituto psiquiátrico no era precisamente el mejor lugar para llevar a los niños.

Al fin podría oír tocar a la pequeña Ruth, llamada así en honor a la abuela que nunca conoció. La niña era la única de sus nietos que había nacido con grandes dotes musicales.

El día que llegó con José, toda la familia lo estaba esperando. Sara había ido con su esposo y sus hijos, y todos estaban contentos de tener a David de vuelta.

–- Tenemos una sorpresa para ti -– dijo José luego del almuerzo.

Todos se dirigieron a una habitación en el fondo de la casa. Allí le habían preparado un dormitorio bien grande y cómodo para que viviera David, y en una esquina se encontraba nada menos que su viejo compañero: el piano Steinway serie D, inmaculado como lo estaba aquella horrible velada en la que lo tocó por última vez.

–- Creí… creí que lo habían… destruido -– balbuceó David mientras su cuerpo temblaba lastimosamente.

Su familia no había seguido sus cánones y ahora estaba frente al objeto que le había arruinado la vida; diecisiete años más tarde volvía a encontrarse con aquella máquina capaz de asesinar a un hombre de ochenta y ocho maneras diferentes. Lo detestaba, odiaba cada cuerda, cada pieza, desde su pérfido ébano hasta su vil marfil.

-– Mamá lo conservó –- dijo José –-, lo trajimos para acá cuando vendimos la casa. Sigue tan cuidado como siempre, la única que lo toca ahora es Ruth.

Las miradas se apoyaron en la niña de nueve años.

- Muéstrale al abuelo lo bien que tocas -– dijo José -–, se sentirá orgulloso.

La vivaz niña se sentó en la banqueta y comenzó a tocar con el mismo virtuosismo con el que tocaba David antes de perder su ánima. Tocó Sonata Claro de Luna, de Beethoven, mientras todos la escuchaban encantados.

En medio de la ejecución de la obra anocheció repentinamente, pero el único en notar aquel fenómeno fue David; pero cuando intentó gritar para prevenir a su familia, como lo había hecho el día en que lo internaron, no pudo hacerlo. La frágil efigie de quien había sido un vibrante modelo de hombre, había quedó inmóvil ante la espantosa noticia: El piano había encontrado un nuevo cómplice.

-– Ahora toca otra –- dijo José –-, una de Mozart.

La pequeña Ruth comenzó a tocar nuevamente, lo hacía sin observar las teclas ni la partitura, sólo lo miraba a su traumatizado abuelo. Lo miraba fijamente, y con una macabra sonrisa.

Todos aplaudieron la magistral interpretación sin darse cuenta de que David estaba muerto en  su sillón. Su corazón no pudo tolerar más que las primeras notas de Réquiem.

  

 

FIN

 


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