LA GASOLINERA (PARTE 1)

Por MORRIS
Enviado el 26/09/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Son las cuatro de la tarde y un sol abrasador derrite el asfalto de la vieja carretera a la salida del pueblo, justo enfrente de la vieja y desvencijada gasolinera de la cual te haces ahora cargo.

Los clientes ahora son escasos desde que hace unos años terminaron la autopista. Ya no se oyen los motores esperando  tus servicios, ni las voces de los niños correteando entre los surtidores, solo las hierbas secas que ruedan al son del viento y el graznido de algún cuervo que pasa distraído por allí.

El negocio que abrió tu padre y que te dejo como legado no ha sido desde entonces muy rentable, sólo la gente del pueblo te hace alguna visita de vez en cuando, pero es más el valor sentimental que el económico el que no te hace venderlo todo y marchar a la ciudad.

Tantos recuerdos….tantas vivencias de tu niñez allí enterrados que no podrías verlo derruirse con el paso irremediable de los años.

Tu pequeño huerto y la tranquilidad reinante te son suficientes para ir sobreviviendo día tras día.

La verdad es que añoras el ajetreo diario y las manchas de grasa sobre tu camisa pero no puedes hacer nada por cambiarlo. El progreso es el peor enemigo para este tipo de negocios familiares, un tipo sin escrúpulos y sin remordimientos.

Te balanceas en la vieja mecedora que tantas veces uso tu padre mientras saboreas una cerveza que te quita el reseco del polvo del camino. Oteas el horizonte en busca de algún tipo de movimiento pero lo único que divisas son los espejismos que producen los rayos de sol sobre el asfalto en el horizonte.

Oscurece y te adentras, pues las noches son frescas en esta época del año, el clima desértico es lo que tiene, frío y calor a partes iguales.

Después de una fugaz cena te acuestas en la cama de tu habitación  situada encima del garaje de la parte trasera.

Miras al techo y observas cómo la pobre luz que alumbra se balancea y juega con las sombras en el techo de la habitación.

No puedes dormirte y no sabes el motivo, das vueltas y más vueltas, pero no hay manera de conciliar el maldito sueño.

Un ruido sordo te hace sobresaltar y te levantas de la cama. Oyes cómo se abren las puertas de garaje muy lentamente en el piso inferior, coges tu rifle y te encaminas escaleras abajo para ver que demonios ocurre.

Despacio y cautelosamente te acercas a la puerta del garaje para descubrir que el candado ha sido forzado y al asomarte, descubres que alguien utiliza herramientas y tiene la linterna de trabajo encendida.

Decidida a demostrar quien es la dueña del lugar disparas al aire y preguntas con voz fuerte que quien anda ahí.

Una voz masculina, muy grave y a la vez muy dulce te ruega que no dispares, y de detrás de unos viejos y gastados bidones sale con las manos en alto un hombre joven enfundado en cuero, las manos llenas de grasa y el pelo engominado, en plan “Grease”.

Te vuelve a pedir que no le dispares, que pagará todos los desperfectos causados, no dejas de apuntarle y te vas acercando a la luz para poderle ver mejor.

Tras los bidones descubres que está arreglando alguna pieza de una gran moto como la de los malos de las películas.

Al ver tu cara te pregunta: “¿Qué mejor sitio para hacerlo no?”

Tus mejillas se ruborizan pues tu mente ha pensado en otra cosa totalmente diferente que al arreglo de una pieza defectuosa y a la vez has notado como te mira el tatuado motorista.

Tus hormonas empiezan a despertarse más deprisa de lo que te gustaría ante la posibilidad de un encuentro, digamos, que algo más que emocionante.

Al llegar a su altura justo debajo de la pobre luz del garaje te das cuenta que de uno de sus costados corre un hilillo de sangre; está herido.

Al dar un paso par acercarse a ti, éste se desploma sobre el sucio suelo del local.

Rápidamente sueltas el rifle y te apresuras a socorrer al extraño motorista que está tendido en el suelo.

No sin esfuerzo lo arrastras hasta un lugar más cómodo dentro de la casa para curar sus heridas; herida de bala, lo suponías. Pero ha tenido suerte solo lo ha rozado aunque ha perdido mucha sangre.

Le despojas de su chamarra de cuero y descubres un torso moreno y esculpido, como si de una estatua griega se tratara. Despejas tu mente de malos pensamientos y le limpias la herida con las pocas medicinas que te encuentras en el destartalado botiquín.

Ahora ya sólo cabe esperar a que se recupere. Pasas la noche a su lado, una taza de café que rellenas cada poco y una cajetilla de tabaco casi gastada son tus compañeros cuando el sol empieza a dar señales de vida en lo alto de la colina.


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