1535

Por hero
Enviado el 22/10/2014, clasificado en Varios / otros
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1535

La menguada luz de la vela oscila por la corriente de aire que traspasa una celosía mal ajustada, la luz desfigura el rostro y hace mostrar en el reflejo de la ventana, todas las muecas conocidas de una faz pálida y huesuda, casi cadavérica, nariz aguileña y aletas abiertas en busca de aire, cejas largas, bigote escaso, barba rala, de medio tercio y encanecidos los escasos pelos lisos. Reposa encorvado y casi montado en la silla de vaqueta hecha para su cuerpo por licencia y con anuencia del prelado que lo custodia y lo obliga a confesarse día a día. Aquí en el Nuevo Reino de Granada, seco y frio, se le duerme el musculo y le acompaña el dolor yacente en los huesos, tan diferente de aquella vida de calor, sol y sin ropajes para la cual vive arrepentido, vida licenciosa por cuenta propia y en compañía de salvajes barbaros e idolatras, aprendiz de brujo y amancebamientos promiscuos. Toda una vida pecaminosa y sin derecho al perdón divino. ¡Pobre Francisco Martin! Cuantas veces intentó escapar, recuerda las tres veces en Kuriana y una vez aquí, ya con las fuerzas gastadas por la mala alimentación. Añora los panecillos de maíz, la carne de báquiro o simplemente mascar el hayo en el poporo, teniendo mujeres siempre dispuestas, lo que hizo que le parieran seis mestizos del agrado del suegro, cacique de la tribu. Ahora muere en soledad y sufriendo las carencias carnales y espirituales, por miedo a la Corona y a la expiación convertida en perjurio. No recuerda a cuantos blancos mató, a cuantos barbaros comió, a cuantos perros devoró o a cuantos niños sacrificó en provecho de dioses salvajes. Todos los muertos fueron enemigos, pero ese alegato no lo salva de la excomunión y del infierno. ¡Francisco! le susurran los espectros, ¡Soldado del Rey!, ¡Donde has caído!, y él les responde con escalofríos dentro de la fiebre, ¡Aquí estoy en la villa de Santa Fe, huido de la soldadesca y escondido de la conciencia! Ya el diablo se lo lleva a pesar de la cruz de acero que atada al cuello en vano cree que lo protege de todo mal, ligado a él con el cordón de cuero de un blanco mal nacido y de haber negociado el alma con el demonio por un poco más de vida, dando el oro de tantas muertes, el oro fino que vale unos sesenta mil castellanos que solo él conoce donde lo ocultó y nunca pudo volver a encontrar. Grita de repente: ¡Iñigo…acuérdate bastardo donde está el oro, hijo de mala madre! ¡Busca la ceiba y las marcas que dejamos en sus raíces!, suspira y vuelve a imprecar a los espectros ¡Recuerda que quitamos las espinas y con ellas rasgamos el tronco en lengua castellana para que solo los cristianos entendidos leyeran! Se ahoga en un ataque de tos, la saliva se le escapa de ambas comisuras de los labios y no logra superar la falta de aire que lo deja con la boca y los ojos abiertos. ¡Penitencia! Chilla ahogado y el hilillo de saliva se convierte en sangre oscura y delgada como el agua, manchando el mandil y el olor de muerte inunda el rellano del confesionario, cayendo en un giro de su cuerpo con el rostro al piso, avergonzado de haber vivido en tierra nueva y de morir en suelo santo.


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