De paseo con la muerte (parte 1)

Por Jeremías Wayne
Enviado el 07/01/2013, clasificado en Terror
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        Anochecía. El sol resistía con ímpetu al cerco de las tinieblas, aun sabiendo que moriría, como todas las tardes desde que el mundo era mundo, para luego volver a nacer con el primer soplo del alba. Los últimos rayos de luz, desterrados del orbe celeste por un triunfal ejército de sombras, caían moribundos sobre el bosque y lo cubrían con un aura entre naranja y carmín, que no era más que el reflejo de la sangre vertida por el astro rey en la batalla. Las tropas de la noche ganaban terreno, y yo, como adversario suyo que era, no quería que me alcanzaran allí, tan lejos de todo y en medio de nada; pero los años y el dolor de mis maltrechas articulaciones disiparon mis bélicas fantasías. Así que, antes de volver al mundo real, aproveché para sentarme un momento a descansar bajo las ramas de una vieja encina. Cerré los ojos y me dejé llevar por el dulce aroma a flores frescas que traía el aliento del ocaso.

  

        Un tintineo devolvió la consciencia a mi mente dormida. La luna llena se pintaba en el cielo como un borrón solitario en una pizarra oscura y espantaba la negrura del cerco nocturno con un lustre fantasmal. Más cerca del suelo y de mí, aquella brisa que me sedujo poco antes con su dulce aroma primaveral ya no era más que un fluido estanco y pestilente, tan asqueroso que inducía al vómito con sólo respirar de sus efluvios. Y yo por mi parte, como solitario espectador de aquel entorno viciado y sobrenatural, tenía la sensación de que el mundo había girado demasiadas veces en tan poco tiempo, a no ser que siguiera dormido sin saberlo. Cuando me levanté, oí de nuevo las campanillas, aunque ahora iban seguidas por un lento caminar, como de varias personas desfilando con lentitud. Miré a mi alrededor, pero no vi a nadie.

 

         Era ya más de medianoche, demasiado tarde en aquel lugar, incluso para un viejo gruñón a quien nadie iba a echar de menos. De pronto, añoré la seguridad rutinaria de mi hogar; su tranquilidad, su silencio, su calor… Cuanto más me recreaba en él, más ganas tenía de estar allí. Pero había un problema, y residía en que mi pueblo quedaba al otro lado del río, pasados los viñedos, y el puente más cercano para cruzar estaba corriente arriba, en la misma dirección de donde provenían las campanillas, el olor a carroña y los pasos. Entonces recordé las historias que las viejas nos contaban a los niños para que no jugáramos en el bosque después de caer la noche, pues, según ellas, una procesión de muertos surgía de entre la espesura cuando se ponía el sol y robaba el alma de todo aquél que se cruzaba por su camino. Yo jamás había creído en ello, ni siquiera de crío, pero la sugestión de aquel entorno enrarecido, que precisamente era un bosque a oscuras y con una procesión como telón de fondo, me pareció motivo más que suficiente para creer por fin a las viejas.

 

    Con la leyenda de la procesión fantasmal todavía bullendo en mi mente, descarté la opción de tomar el camino más directo y me di la vuelta para ir corriente abajo en busca de otro puente, un par de millas más alejado. Mientras caminaba no podía dejar de mirar atrás, aunque era incapaz de ver de qué o de quién venían aquellos pasos que me acosaban todo el tiempo. Si yo me detenía, ellos lo hacían también, y cuando retomaba la marcha, ellos volvían a seguirme. Hasta que por fin llegué adonde debía estar el puente; y digo "debía", pues allí no había nada salvo maleza y escombros. Llevaba décadas recorriendo aquellos parajes y los conocía con precisión cartográfica; de hecho, alcancé el bosque por allí mismo tan sólo unas horas antes... ¿Qué demonios estaba pasando?

 

        El seco impacto de un trueno me arrojó bruscamente contra la viciada realidad del entorno. Cuando miré al cielo nocturno, vi que se había cubierto con nubes hostiles girando en círculo hasta más allá del horizonte, como una sórdida galaxia de color carmesí a punto de engullirlo todo. Otro trueno, y el firmamento se derritió sobre mí. La arena del camino se tornó en un barro denso que lastraba mis pies y hacía de cada paso que daba una labor propia de titanes, y no de un vejestorio asustado y cargado de achaques que tan sólo quería escapar de allí. No había recorrido más de veinte metros cuando, alarmado por una furia creciente en el murmullo del agua, me giré y contemplé con horror que el río ya no era río, sino un torrente embravecido que se desbordaba de su cauce. Tuve que adentrarme en el bosque para no morir ahogado en aquella pesadilla de lodo.

 

        La bucólica belleza de la campiña se había trocado en un calvario de hojas, ramas y espinos que, disparados contra mí por los cañones furiosos del vendaval, me rasgaban la ropa y la piel como si fueran metralla, y la copiosa lluvia no era más que un colirio infame vertiéndose con saña en mis ojos. Aturdido, tropecé y caí de boca contra el suelo embarrado. Volví a escuchar las malditas campanillas de antes y las pisadas de su séquito invisible. Cuando saqué la cara del fango, había una docena de luminarias en frente de mí, a no más de tres metros. Eran parecidas a las llamas de las velas, coronadas por un resplandor macilento de corazón azul; pero se movían lentas, ajenas a los vientos de la tempestad, como si brillaran desde otro mundo o estuvieran envueltas con un halo que las protegía.  

 

        Alguien se escondía tras aquellas luces espectrales. Aunque yo no era capaz de verlo, sabía que estaba allí, de pie, riéndose de mí con malicia mientras me contemplaba yacer penosamente en el barro. Volvió a sonar otra vez aquel tintineo con forma de melodía infernal. Cuando terminaron las campanillas, el fulgor de las luminarias se fue haciendo más y más intenso; tanto que, incluso bajo el descomunal aguacero que caía, me deslumbré igual que un topo después de mirar a un sol radiante.  Otro tintineo y las luces se movieron todas a la vez, directas hacia mí. Ni mi edad ni mis desgastadas articulaciones impidieron que me levantara de un salto e iniciara una precipitada huida sin saber a dónde.


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