Marilu

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 20/01/2015, clasificado en Cuentos
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  MARILU

 

Marilú vino al mundo en las primeras horas de una madrugada a fines de mayo, cuando las persistentes lluvias de un temporal habían terminado por derrumbar el techo de guano que un mes antes Crescencio  le pusiera a la casa. Fue la única sobreviviente. A sus hermanos los arrastró el agua enlodada que corría libremente por el patio. Cuando Crescencio quiso socorrerlos ya era demasiado tarde. Terminaron ahogándose en los turbios remolinos del arroyo crecido. Milagrosamente ella se había enredado con la soga que ataba a su madre a la mata de aguacate; y esta circunstancia le salvó la vida.

    

Fue aquel un día inolvidable para Crescencio. Encima de las   desgracias que le enviaba el cielo; y quizás motivadas por ellas, a Ramona se le adelantó el parto. Al despuntar la mañana, comenzó a dolerle su séptimo descendiente. Tuvo que llevarla al pueblo. Dejó a su hijo mayor reparando la casa tan maltrecha; y aprovechando un escampado la subió a la grupa de su caballo. Atravesó cañadas y barrancos resbalosos, mientras le daba aliento para que aguantara y no soltara antes de tiempo al inoportuno crío.

 

Era una hembrita. Le pusieron María Luisa. Complacían así un antiguo pedido de la abuela, quien antes de fallecer el año anterior, tantas veces había rogado porque no se rompiera la cadena de María Luisas que desde tiempos inmemoriales existía en la familia.

 

Marilú tuvo suerte. Haber nacido el mismo día que la niña, y sobrevivir además al desastre que se llevó a sus hermanos, la ayudó de alguna forma a ganarse las simpatías de la gente de la casa. Si bien es cierto que nunca le quitaban aquella soga, que tan marcado le tenía el cuello, tampoco le impedían que se pusiera majadera. Jamás la reprendían por comerse los pollos que se acercaban hambrientos a picotear en su caldero. Al contrario, alababan su destreza. Se acostumbró a estos festines. El olor de la sangre le producía un raro placer, al que ya le era imposible renunciar.                  

 

Para cuando María Luisa cumplió el año, ella era ya una marrana soberbia.

 

-Debe de tener casi tres latas de manteca -le decía con orgullo Crecencio a cada persona que los visitaba.

 

-¡Pero esa puerca no se mata! -la defendía Ramona-. ¡Imagínese! Nació el mismo día que mi María Luisa ¡Y es tan noble! Con sólo tocarla, se echa para que la acaricien.      

 

Lamentablemente Marilú no razonaba. Una mañana, en que Ramona ponía la leche al fogón, y los hijos marcharon a la vega a ayudar a Crescencio en la recogida de hojas de tabaco, María Luisa aprovechó y se escapó gateando hasta el patio. Estaba completamente desnuda. En su inocencia, se sintió fatalmente atraída por los ruidos de hambre que emitía Marilú.

 

Ramona la escuchó gritar. Pensó que era alguna caída y confiando en que ella sola se levantaría, siguió pegada al fogón. Minutos más tarde su conciencia la obligó a asomarse a la puerta. Fue ese el momento en que Crescencio levantó la cabeza por encima de las matas de tabaco. El alarido que salió de la garganta de su esposa lo dejó helado.

 

Cuando llegó sólo una pierna de María Luisa estaba ya visible. Colgaba de las fauces ensangrentadas de Marilú, quien dejaba caer al piso algunos pedazos de carne masticada; y miraba, con aquellos ojillos de fiera, buscando que una vez más le aprobaran sus virtudes de buena cazadora.

 

 


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