1930

Por hero
Enviado el 11/02/2015, clasificado en Varios / otros
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1930

El tiempo trascurre entre cipreses y ceibas, amanece y vuelve a amanecer, pasadas las siete de la mañana, eran tres personas las que desayunaban en la amplia casa de Las Delicias, atendidas por la servidumbre silenciosa, la frescura del ambiente y lo soleada de la mañana auguraban buen tiempo y mejor maneras. A la cabeza de la mesa estaba el viejo Jefe y a ambos lados cada uno de los hijos, uno muy joven vestido elegantemente de blanco casimir y el otro maduro, enfundado en oscuro uniforme vistoso de militar con presillas y sin insignias. La charla transcurría discretamente, tocando muy referencialmente asuntos familiares, esposas e hijos, cuando sin interrumpir el tema, pero siguiendo la conversación, el viejo suavemente le dijo a su hijo uniformado, arrastrando las eses cordilleranas ¡Para tranquilidad de todos! ¡de todos, cambiáte el uniforme por un traje corriente!, el hijo sorprendido y sin contestar palabra asintió, se hizo silencio y el viejo en tono repetitivo volvió a decir ¡Si, mejor te quitás el uniforme y te ponés un traje corriente, si señor hay que buscarle un traje corriente!, el desayuno continuó, volvieron a tocar otros temas, al rato y sin apresurarse el hijo preguntó distraídamente, sin mirarlo ¿Cuando?, el viejo tomó aire y mirándolo directamente a los ojos, de la manera que usualmente lo hacía con aquellas cosas importantes, le repitió ¡Cambiáte el traje para las nueve! ¡tú y tu gente!... ¡La guardia tuya, pués!. Y sin advertencia, en un resoplido le soltó la orden de una vez. ¡Prepará viaje para Europa, con la familia! Apenas concluído el desayuno y antes de saborear el café andino obligatorio, el hijo insistió ¿Cuándo?,  el viejo le respondió cortante ¡Cuánto antes, en esa forma no habrá problemas!. El hijo se levantó de la mesa solicitando permiso y sin esperar respuesta salió de la casa de su padre con rumbo a la suya y a las nueve de la mañana regresó vestido de casimir arena con sombrero panamá, pero antes de reportarse a su padre, pasó por el cuartel y ordenó a toda su guardia personal, el cambio de indumentaria, porque conocía que si su padre ordenaba algo, esto se debe cumplir en el tiempo que debe hacerse, sino la pena podría ser grave. Sigue transcurriendo el tiempo entre cipreses y ceibas y se mantiene la rutina en Maracay, a las cinco se levanta el viejo, a las seis se reúne con los secretarios, a las ocho desayuna con la familia, y un día de esos le llega carta de Europa, es de su embajador en Suiza, donde en una esquela corta e impersonal le informa la muerte de su hijo Vicentico, la noticia no le sorprende, ya que conocía el estado de su salud casi a diario, bien sea por noticias directas de su nuera o por la correspondencia de su personal diplomático, pero el pesar no se puede ocultar. Se refugia en su despacho y dá estrictas órdenes que solo ingrese Tarazona. Transcurre el día lentamente sin salir y la familia preocupada le solicita a Tarazona que con cualquier excusa, pase y vea como se encuentra el general. Tarazona se dirige a la cocina y manda a preparar un café tinto para llevárselo, entra con tiento al despacho y cierra la puerta tras él, la amplia habitación se encuentra a media oscuridad y observa al viejo en su silla con la mirada vacía que se pierde en el cerro de enfrente, con las ventanas abierta de par en par, se acerca por detrás y con mucho cuidado le coloca la taza grande de café en el escritorio al alcance de la mano. No se atreve a interrumpir los pensamientos del jefe y comienza a retirarse de espaldas, cuando en un movimiento imperceptible de los labios del viejo, escucha murmurar su nombre llamándolo ¡Ah Eloy, llegastes! y volviéndose hacia él, descubre el rostro demacrado en un atajo de luz. ¡No  quería perturbarlo mi general! Sólo quería darle su taza de café. Y el viejo volviendo a fijar la mirada a través de la ventana hacia un lugar que solo él mira en su mente, agarra en un movimiento la taza y se la llevó a los labios. Tarazona observando la pesadumbre de su jefe acató solo a decir en un suspiro ¡Nos enteramos mi general! Y el viejo al escuchar la singular condolencia hizo una mueca, asintió y no contestó, siguió sorbiendo pausadamente el café caliente y en tono seco, como era su costumbre, susurró ¡Que se muera allá, la muerte es igual en cualquier parte, total, cualquier sitio es bueno para morir!, y levantándose de la silla mecedora sin solicitar ayuda, abrió la puerta del despacho, apoyándose con la mano desnuda en su bastón de madera, cuya inscripción siempre releía en los momentos duros y solitarios ¡Con Dios todo, sin Él nada!, y salió al patio donde recibió en el rostro la suave caricia de la brisa vespertina maracayera.


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