Riesgo biológico

Por Arecibo
Enviado el 22/02/2015, clasificado en Ciencia ficción
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Nada era como tendría que ser. Recordaba todo lo sucedido antes de su entrada de urgencia en el baño, como la docena de rosas con la que había llegado a la habitación de su hermana o la menuda figura del que fuera su primer sobrino envuelto como un gusanito entre los pliegues de una manta hospitalaria. Incluso aún notaba en el organismo los efectos laxantes del café que se tomara junto a su cuñado en el bar del hospital, responsable de su carrera apresurada hasta el lavabo más cercano.  Fue entonces cuando se produjo la intensa sacudida que casi lo tira de la taza –hecho ya de por sí extraño, pues la ciudad no se hallaba en terreno particularmente amenazado–, responsable del golpe que se dio en la cabeza contra la pared, y ahora, tras diez horas de negra inconsciencia, todo lo que le rodeaba parecía sacado de una película de terror de serie B. El hospital se hallaba desierto, abandonado por médicos y enfermos que se habían esfumado entre restos de material sanitario de toda índole y refregones de sangre; las luces no funcionaban, al igual que los teléfonos e Internet, y de su familia sólo quedaba el ramo de rosas tirado en el suelo de la habitación.

Fue escaleras arriba para contemplar desde la azotea el alcance de la devastación. El horizonte a todo su alrededor se veía velado por el blanquecino fulgor de una densa niebla que cortaba a cuchillo la ciudad, donde echó en falta alguno de sus edificios más emblemáticos, y la calidez solar había sido sustituida por una luminiscencia fría que parecía proceder de todos lados a la vez, engullendo formas y contornos con su ausencia de sombras. Pero fue el silencio lo que verdaderamente lo inquietó; nada le llegaba del esperado caos de una ciudad en estado de alarma.

Su particular bajada a los infiernos lo llevó hasta el sótano, donde las luces de emergencia teñían de rojo un muro de plástico con las advertencias de riesgo biológico cortándole el paso. Recordó entonces las contradictorias noticias que informaban de un brote vírico que asolaba la ciudad y supuso que se hallaba ante una de las zonas de aislamiento, secretas para el común de la población. Y quiso la imprudencia imponerse a la lógica, atrayendo su atención hacia las ventanas de plástico transparentes que permitían ver a través del grueso cortinaje; lo que acechaba al otro lado lo dejó paralizado. Cientos de seres se hacinaban tras las cortinas, todos maltrechos hasta lo inimaginable, algunos con restos sanguinolentos trabados entre sus mandíbulas. Caminaban erráticos como los lemmings de los viejos videojuegos, tropezando entre ellos y contra las paredes; fijando sin ver sus ojos muertos en el espectador asustado e inmóvil tras la cortina. Algo rozó su pierna. Saltó con las manos en la boca para ahogar el grito de terror que pugnaba por salir, y comprobó con estupor que era el faldón del cortinaje mecido por alguna corriente de aire invisible. El terremoto había soltado los cierres de seguridad y sin duda esos… seres podían ir y venir a su antojo, llevando la muerte a donde les llevaba su caminar sin rumbo. Debía huir de allí.

Salió disparado de aquel edificio del terror y la realidad de pesadilla tras los muros le envolvió. A la destructiva acción del terremoto había que añadirse la de aquellos seres sin alma, que aquí y allá mataban su hambre demoníaca con restos de los que horas antes habían sido seres humanos. Sólo era cuestión de tiempo que repararan en su agónica huída. Las barreras que contenían las oscuras aguas de la locura le obligaban a buscar otros supervivientes ocultos a la sinrazón, entre quienes quizás pudiera encontrar a su familia. «Una iglesia –se dijo–. O una comisaría. En las películas la gente se refugia en ellas», fue la vaga idea en la que basó su plan de búsqueda, y en los centenarios muros de San Lázaro, a poca distancia del hospital, puso su meta y salvación, sintiendo cómo poco a poco aumentaba el interés por su sangre y vitalidad.

Echó a correr esquivando seres, cuerpos a medio devorar, cascotes de edificios y vehículos abandonados, rápido como le permitían sus temblorosas piernas, hasta que un fuerte impacto frenó bruscamente su huida, haciéndolo caer hacia atrás con la nariz rota y sangrante. «¡Me han cogido!», fue lo primero que pensó, pero nada acechaba, y una mancha de lo que parecía ser sangre flotaba ingrávida ante él, una solitaria gota rojiza midiendo perezosamente la distancia hasta el suelo. Sólo entonces fue consciente de que el camino se hallaba cortado en una precisa línea recta, que las copas de los árboles se hallaban curvadas hacia atrás y que el horizonte se alzaba extraño y ampliado ante él, como visto a través de una lupa de aumento. Una pared transparente bloqueaba su carrera hasta los salvadores muros de San Lázaro, malogrando su búsqueda; sentenciándolo.

Consiente del mal putrefacto que acechaba a sus espaldas, en el mayor de los silencios siguió la pared invisible a todo lo largo, siempre hacia su izquierda, cambiando de dirección en perfectos ángulos rectos hasta que llegó de nuevo a la explosión de sangre, su sangre, desde la que comenzara la exploración de ese inmenso cubo traslúcido. Primero el terremoto, luego esas criaturas y ahora esto. ¿Pero qué demonios estaba pasando?

 

*        *        *

 

El crío no tendría más de seis años, algo más de once en su analogía terrestre. Contemplaba ensimismado el cubo de cristal, similar a tantos otros que por el laboratorio se hallaban repartidos, última muestra biológica traída por su padre del mundo que en ese momento exploraba junto con su grupo de trabajo. Aquella subespecie parecía dotada de una impresionante organización, quizá incluso llegara a ser inteligente –no al nivel de su mundo, por supuesto–, mostrándose ante los curiosos ojos del niño como unos animalitos de lo más trabajadores, pues aquí y allá habían levantado complejas estructuras en las que anidar. Los seres eran bípedos, por lo que no era de extrañar que sus andares fueran titubeantes, y caminaban en grupos compactos que tenían la extraña conducta de tirarse en masa sobre aquellos alocados a los que les daba por correr. ¡Cuán curiosa era la forma de alimentarse de aquella subespecie! En ese momento una horda terminaba con los restos de uno de sus congéneres, dejando de él poco más que una mancha roja esparcida por el suelo y restos de la piel colorida que lo había envuelto. Con una sonrisa traviesa en el rostro ovalado y amarillento, atentos todos los vellitos sensores a la presencia de alguno de sus padres, el crío de naturaleza extraterrestre abrió la tapa superior del contenedor, y dejó que uno de aquellos animalitos se acercara a él. No tardó en sentir sus afilados dientes. Como represalia, aplastó sin contemplación al mal bicho, y con el dedo amorosamente enterrado entre los pliegues de la boca fue hacia el comedor desde donde le llamaba su hermana. Padre nunca tendría que enterarse de que había incumplido su promesa de no abrir los contenedores de muestra biológica o se enfadaría enormemente. ¡Demonios, cómo escocía el mordisco!

 

B.A., 2.015


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