EL CARRUSEL DE LOS RECUERDOS DAÑINOS

Por Jeremías Wayne
Enviado el 02/02/2013, clasificado en Terror
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     Fui dañino para el mundo incluso el día mismo en que nací, pues el vientre de mi madre se marchitó nada más concebirme y ya no pudo, desde entonces, gestar en su seno al hijo fuerte y sin taras que siempre había anhelado mi padre. Es por este motivo  que yo, sin quererlo, me convirtiera en el último y penoso eslabón de aquella estirpe otrora gloriosa. Unos decían, los más amables, que el roce de mi piel enferma con la piel de mi madre fue la causa única de su esterilidad tras el parto; en cambio, los más agoreros sostenían que dicho mal se lo traje yo mismo, y no la enfermedad que marcaba mi piel, y que tanto mis deformaciones como mi alergia a la luz no eran más que un estigma, una señal de que dios me rechazaba por ello.

      Sin embargo, y en contra de la voluntad de mi padre, mi dulce madre consintió en todo momento que la criatura deforme y maldita que había parido se criara con ella; hasta que murió de tisis cuando yo sólo tenía ocho años. Entonces, mi progenitor, viendo en mí al portador de todos sus males, decidió recluirme en el desván y olvidarme allí como a un mal recuerdo. Delegó su papel de padre en un sirviente mudo, que subía una vez al día para echarme de comer y comprobar desde un agujero si el pequeño monstruo por desgracia seguía vivo. Jamás supe su nombre.

      Crecí yo solo, a oscuras en un sórdido desván, y con la única y efímera compañía de aquel sirviente mudo que me vigilaba desde el otro lado de la puerta. No sé cuántos años duró mi presidio, pero basta con decir que entré siendo un niño y allí me hice un hombre. Aquejado por una terrible alergia a la luz, tan sólo me podía asomar por el solitario ventanal cuando caía la noche, subido en un taburete, y pasaba las horas mirando a la luna y a las estrellas, a los viejos sauces mecidos por el viento, a los altos abetos que cercaban el patio principal… Poco más abarcaba mi mundo, el que me rodeaba y yo sólo podía ver en tinieblas, lo más bonito que jamás había conocido; sin contar, claro está, la belleza marchita de mi pobre madre.

      Una tarde, sin más, el antiguo piano de cola volvió a sonar después de muchos años callado. La etérea elegancia de aquellas notas me trajo vívidos recuerdos de cuando era niño y mi madre lo tocaba en el salón; mientras, yo la miraba fijamente, cautivado por el grácil movimiento de sus dedos al saltar de tecla en tecla. El piano enmudeció el mismo día en que ella se fue, y se quedó cerrado, triste y criando polvo en un rincón, olvidado hasta entonces. Me quedé absorto, como antaño, escuchando una canción tras otra y perdido en remotas ensoñaciones de mi niñez. Bien entrada la noche, llegaron el silencio y la perversa realidad.

 Desde aquella tarde el piano sonó todos los días a la misma hora, y yo flotaba entre sus notas de la mano de mi madre. El mismo desván lúgubre que durante el día era mi jaula se convertía entonces en un colorido carrusel de recuerdos, que giraba y giraba bajo un cálido sol que no me hacía daño ni marcaba mi piel, ya curada; mientras, mi madre me miraba sonriente y con afecto, tan joven, tan hermosa y llena de vida que no parecía una simple visión. Hacia la medianoche, cuando el piano callaba, el carrusel frenaba en seco y la inercia me lanzaba contra el suelo duro del desván. Entonces, volvía a estar solo, encerrado y otra vez a oscuras.

      Música. El carrusel empezó otra vez a dar vueltas, igual que el criado mudo al caer escaleras abajo. “¡Qué haces aquí, engendro!”, me gritó mi padre cuando irrumpí en la sala principal. A pesar de que todo giraba velozmente a mi alrededor, logré distinguir la figura borrosa de una mujer sentada al piano. “¡Fuera de aquí, demonio! ¡Detente ahora mismo!”, gruñía mi padre mientras me sujetaba en vano para que no me acercara más a la pianista. “Madre, ¿eres tú?”, pregunté a la mujer, que me daba la espalda y no se había percatado aún de mi presencia, pendiente nada más que de seguir interpretando. “Madre, ¿eres tú?”, repetí. Todo giraba cada vez más rápido. “¡Te he dicho que pares, aberración!”.

      La joven pianista, advertida por los alaridos de mi padre, finalmente se percató de la escena y se apartó del piano, asustada; pero en mi cabeza no se detuvieron ni la música ni el carrusel, que giraba y giraba más rápido si cabe. “¡¿Qué haces, por dios?! ¡Suéltame, engendro dañino!”, fue lo último que entendí a mi padre mientras machacaba su cráneo con la tapa del piano. “Engendro… dañino…”, y no se movió más. Ahora su cuerpo sin vida y el de su amante son lo único que hay en el desván. Yo por mi parte estoy esperando a que amanezca, sentado en el patio, por fin libre y sin temer a la luz. El piano todavía suena, y mi madre me mira, siempre sonriente. El carrusel no deja de girar… de girar… de girar…


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