La primera palabra

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 21/04/2015, clasificado en Humor
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LA PRIMERA PALABRA

 

-Estos portales de Centro Habana me recuerdan cada día más a un baño público ?refunfuñaba para sí la abuela Martina mientras empujaba de vuelta a la casa del solar el cochecito de su nieta-. ¡Qué aburrida estoy de ver mierda de perro y mierda de gente por donde quiera! Tal parece que toda La Habana se pone de acuerdo para venir a cagar aquí de madrugada. ¡Y luego esa peste a orine! Yo sí es verdad que no baldeo más este portal. ¡Total, para lo que dura! Le zumba el mango que después de cargar el agua desde la otra cuadra, porque el motor de aquí lleva un mes roto, no le respeten a una la limpieza. ¡Qué nos trague la mierda! No vale la pena coger tanta lucha.

 

Cuando llegó con el coche, el solar estaba en su apogeo.

 

-¡Te voy a ?despingar? la vida, vejigo de mierda! ?le gritaba la negra Mercedes a su travieso hijo.

 

-¡Vete ?pa? casa e la pinga? y no me ?resingues? más la vida, hijo de puta! ?insultaba Inocencia al marido.

 

-¡Qué ?jodío? me tiene este solar de pinga! ?se quejaba el anciano Paco, y suspiraba pensando en el hijo maricón que se le fue a Buenos Aires para casarse con un viejo argentino.

 

Martina entró a la casa. Su hija y su yerno cargaron a la bebé. La mimaron primero el uno, y después la otra, para depositarla luego en el corral.

 

-A ver dí ma-má ?se acercó a ella la madre. Desde hacía tres semanas intentaba que fuera esa la primera palabra que pronunciara su hija.

 

Pero una vez más la bebé pareció no comprenderla.

 

-Pa-pá ?fue ahora el padre quien se puso delante de ella esperanzado.

 

La bebé permaneció muda.

 

-A-bue-la. Tienes que decir a-bue-la ?entró también Martina en la porfía.

 

Y nada. La bebé seguía en las mismas. Sin embargo, más tarde, cuando cada cual se ocupaba de algo diferente y dejaron por un momento de prestarle atención, la bebé se agarró de los barrotes de madera y quiso incorporarse. Cayó de nalgas en el piso del corral. Y de pronto, con una vocecilla aún insegura, pero sí lo suficientemente diáfana para que toda la familia quedara espantada de sorpresa, pronunció:

 

-¡Pinga!


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