Apagado

Por Ricardo Zamorano
Enviado el 31/07/2015, clasificado en Terror
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No sé cómo sucedió, pero cuando me quise dar cuenta, tenía la cabeza de mi mujer abierta entre mis manos, con la sangre formando regueros rojos sobre los nudillos.

Eso es lo único que recuerdo, eso y algo más que no logro entender por más que lo intento cuando puedo.

A veces ni siquiera lo recuerdo. A veces ni siquiera sé quién soy. A veces ni siquiera soy consciente de que he de ser alguien. Tan pronto estoy lúcido, como no estoy. Es como si estuviera apagado. Y es en esos momentos de lucidez cuando comprendo que he estado fuera de mí, y cuando recuerdo.

Recuerdo el largo cabello color azabache brillante y apelmazado. Un cabello brillante y apelmazado por la abundante sangre, enredándose entre mis dedos, agarrándolos como exigiendo clemencia.

Sé lo que pensáis: otro caso de violencia de género. Otro marido cabrón que ha matado a su mujer. Yo no recuerdo lo que pasó, pues lo que sucediera transcurrió en ese estado cada vez más frecuente en el que estoy apagado. Pero os aseguro, con lo que pueda quedar de mi corazón, que jamás había pegado a mi mujer, que jamás la había siquiera gritado.

La quería, de verdad. No la quería de esa manera hipócrita en la que las quieren los cobardes que maltratan a sus mujeres. No. La quería hasta tal punto de estar dispuesto a morir por ella; la quería hasta tal punto de dejarla marchar si con ello era más feliz, por mucho que me doliera. Y prueba de ello es también que en los momentos de encendido, lo único que hago es llorar, llorar por su pérdida y por lo que sin saber cómo, le hice.

Tal vez aún así no me creáis. Tal vez creéis que me volví loco, que algo falló en mi cerebro. Y estaríais en lo cierto si no fuera por dos detalles que revelan en lo que sospecho me he convertido.

El primero es que no solo me limitaba a sostener la cabeza de mi mujer abierta entre mis manos, sino que también devoraba su cerebro como un perro, mediante dentelladas, hundiendo mi cara en la abertura de su cráneo.

Y el segundo es que, asombrosamente, estaba fuera del lugar en el que me habían metido hacía dos días.

Mi ataúd. 


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