Crónica De Los Inútiles - Parte 2.

Por EM Rosa
Enviado el 26/03/2013, clasificado en Ciencia ficción
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Duarte leía todo esto en el diario, actividad que le ocupaba gran parte de la mañana, con una expresión indiferente en el rostro, la preocupación por un semejante formaba parte de esas cosas que ni se le cruzaban por la mente. “Cada uno en su quintita…” era una sus expresiones frecuentes y favoritas. No tenía familia, estaba solo en el mundo, y nunca había formado pareja estable como para conformar su propia familia, no siquiera se podía hacer cargo de un gato… un lápiz quizás si. Gracias a Dios, su estirpe terminaría con él. Solo le faltaban dos años para su jubilación y pronto vendría el “merecido descanso”, cinco años antes que si se hubiera desempeñado en el sector privado, otro privilegio injustificable.

Pero todo puede suceder y lo impensado ocurrió. Lo había leído en el diario, una noticia de poca monta. Nunca pensó que su oficina formaría parte de eso, nunca se le ocurrió, aunque nunca, en verdad, se le ocurría nada.

Cuando el teléfono sonó se lo quedó mirando como tratando de entender que era ese ruidoso aparato. Apenas si había sonado dos veces el último mes, una era una llamada equivocada y la otra era de su amigo de contaduría para avisarle cuando se cobraba, como lo hacía todos los meses. Aún se estaba lejos de la fecha así que no había razón para que ese teléfono sonara y, con una expresión de alarma en el rostro, lo miraba sin saber que hacer. Finalmente y con mano trémula tomó el auricular.

-         Secretaría… - Dijo con voz insegura.

-         ¿Duarte? . Habla Carrascosa. Lo necesito en mi despacho luego de las catorce. – Y la comunicación se cortó.

Un ahogo atenazó su garganta. Las catorce era la hora en que terminaba su horario. De ocho a catorce. Carrascosa era el director de la repartición. ¿Por qué lo había llamado a él, cinco escaños abajo en el escalafón? . ¿Por qué no lo había llamado su superior inmediato? . La idea de quedarse fuera de horario lo llenó de pánico. ¡Nunca había ocurrido! . ¡En cuarenta años! . El hecho de trastornar su rutina, su inquebrantable rutina de todos los días lo agobió. Salir del ministerio, saludar al guardia, tomar el tren, bajar en Parque Casas, caminar las diez cuadras, llegar a su hogar, tomar te con bizcochos, mirar el noticiero, la novela, irse a dormir y cerrar el ciclo. Lleno de pánico comenzó a tejer todo tipo de conjeturas y pronto fue presa de la angustia elevando la frecuencia de sus miradas hacia el reloj pero estas trasluciendo ahora un ánimo muy distinto. Comenzó a pensar frenéticamente si había algo que hubiera hecho que mereciera algún tipo de consecuencias pero la respuesta era tan lógica como clara, no podía haber consecuencias porque no hacía nada. Se levantó de su silla para caminar un poco en el ámbito de su estrecha y apestosa oficina. Dos años, tan solo dos años, no podía ser esto el derrumbe de su sueño más anhelado: Jubilarse.

La hora señalada llegó como un acontecimiento muy esperado y temido. Tomó su miserable portafolios donde reposaban solamente un llavero y los restos del almuerzo preparado en casa y se encaminó hacia la puerta de su despacho. Salió y cerró la puerta por fuera. La oficina de Carrascosa estaba en el tercer piso por lo que se encaminó hacia el ascensor por el mugriento pasillo atestado de puertas donde centenares de parásitos como él robaban un salario. Los treinta metros a caminar le parecían interminables y sentía que sus piernas se negaban a acelerar el paso. Al llegar a la puerta del elevador, anticuada y medio derruida, pulsó el botón de llamada el cual emitió un desagradable e intranquilizador crujido. Tras un instante interminable el habitáculo se presento ante él sin suavidad alguna y con un cabeceo notable. Ingresó y pulsó el botón tres al mismo tiempo. El corto viaje lo llevó del segundo al tercero y recién allí se dio cuenta que si hubiera usado la escalera habría ahorrado tiempo, pero claro… Tras recorrer veinte metros estuvo frente al despacho de Carrascosa. Su secretaria lo miró indiferente cuando se plantó frente a ella con un dubitativo “Buenas Tardes”. Con un gesto silencioso le indicó una silla, Duarte se sentó obediente mirando su reloj, las catorce quince, su tren ya había partido. Muchos más partieron dado que casi tres horas pasaron hasta que la insulsa mujer le indicó que podía pasar. Pálido y asustado traspuso la temida puerta accionando el brilloso pomo de bronce. Carrascosa parecía muy atareado instalado tras su enorme escritorio de caoba donde prolijas pilas de elegantes carpetas esperaban su atención. Hundido en su despampanante sillón de cuero vacuno hablaba con su móvil mientras una expresión reconcentrada se instalaba en su mirada y varias arrugas surcaban su estrecha frente. Jorge Carrascosa había asumido cuatro años atrás, cuando el partido


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