HEZCRITOR

Por Sibelius
Enviado el 07/04/2013, clasificado en Humor
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HEZCRITOR

 

Dícese de aquel que escribe mierda, o utilizando como tinta heces variopintas.

 

Quizás no debería haber enviado a Igor en busca de un cerebro nuevo después de que la señora de la limpieza arrojara por el water del laboratorio al encéfalo alemán que habíamos comprado en Ebay para el experimento. Tuvimos que avisar al fontanero para sacarlo del bote sifónico, pero la materia gris se había mezclado con heces y tornado hacia el marrón. El nuevo cerebro venía primorosamente envuelto en un taper con la etiqueta MERCADONA. Igor me aclaró que en la sección de casquería solo vendían sesos de cordero o de vaca, de modo que me tuve que conformar.

 Desde un principio advertí en la criatura un defecto de fabricación que se manifestaba en su fijación por comerse la hierba del jardín, aunque no le presté demasiada atención. Tampoco consideré peligrosa su afición por las artes gráficas, manifestada por su tendencia a pararse delante de los carteles publicitarios cuando por las noches le sacaba a pasear con la correa y las bolsas de la caca. Se conoce que los colores vivos y planos captaban su atención.

 El primer incidente con la criatura ocurrió hace unos meses, junto a la salida del suburbano. Como todas las noches, se detuvo delante del cartel del metro y comenzó a mugir con un sonoro “¡Meeeee…! Mientras, yo le animaba: “ Muy bien, Rodolfus. Meee…. Troooo”. A todo esto, apareció por allí la vecina del tercero y Cuqui, su caniche, se puso nervioso con los mujidos de Rodolfus cometiendo la imprudencia de ladrarle en tono agresivo. Afortunadamente, la correa de Cuqui se enganchó en uno de los tornillos del cuello de Rodolfus y tirando de ella pudimos extraer al caniche de su estómago. El pobre bicho salió temblando y completamente empapado de jugos gástricos. Menos mal que es una buena vecina y no me denunció, aunque hube de pagar la factura de la perruquería.

 El comportamiento imprevisible de Rodolfus debió haberme abierto los ojos sobre el peligro potencial de la criatura, pero mi orgullo de hermano mayor, de padre y de maestro me impidió ver su peligrosidad hasta que fue demasiado tarde. Aquella tarde, cuando salía del laboratorio para lavarme las manos, lo encontré con los pantalones bajados sentado en la taza del water. Al verme, sonrió con su boca enorme y exclamó “¡Meee….trooo!”. ¡Qué emoción! (Perdón por las lágrimas). Pero no solo había pronunciado la palabra. También la había escrito. Con sus propias heces, incluso enmarcando la palabra con el signo del suburbano. Tenía que animarle, felicitarle por su obra. Nos abrazamos efusivamente y de paso, Rodolfus se limpió las manos en el dorso de mi bata blanca. Después me llevó a la taza y me mostró aquel lindo cerullín, meciéndose cual velero sobre las tranquilas aguas. El primero que no tenía que recoger del suelo con la bolsita.

 Pasó un angel sobre nosotros mientras tomados de la mano nos mirábamos embargados por la emoción. Pero de repente, sobrevino la tragedia. Un ruido de agua cayendo nos sacó de nuestra ensoñación y al girar los ojos, vimos a Igor, con la cadena del water en la mano, mirándonos con perplejidad.

 Aquella es la última imagen de Igor en que le recuerdo con vida. La criatura, furibunda por la destrucción de su obra, se lanzó contra mi sorprendido vasallo y tomándolo entre sus manos, le hizo un crujido de espalda a lo wresling que ríase usted de Hulk Hogan. Después saltó por la ventana dejando a su paso un reguero de incendios y dolor.

 De modo que aquí tengo ahora a todo el vecindario, esperándome en el portal con palos y antorchas, mientras a Rodolfus se le ha visto tan ricamente en el polo norte, disfrutando del fresquito. (Ay señor, llévame pronto).

 

 


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