Suicidio

Por V.M. San Miguel
Enviado el 17/04/2016, clasificado en Drama
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Para algunos era cuestión de empezar. Para ella no, para ella era de terminar.

    Sí, de terminar, de terminar de manera sencilla, nada de dramatismos ni lágrimas. Nada de notas de suicidio ni llamadas misteriosas a familiares a las tres de la madrugada. Simplemente un disparo a la cabeza, eso era todo. Así de sencillo…

    Por lo menos en teoría.

    Lo cierto es que ahora se daba cuenta de que no era tan sencillo como parecía. Requería verdadera valentía. Ni siquiera es que la dificultad estribara en tomar la decisión pues esta ya estaba tomada. La dificultad estaba en apretar el gatillo. Sabía que tras eso no habría más, pero… ¿y antes? ¿sentiría como la bala entraba por su cráneo? ¿experimentaría el mortal dolor de una bala en su cerero? Casi le tenía más miedo a eso que a la posibilidad de que hubiera un infierno. Ella siempre intentaba asustarse de él, pero lo único que conseguía era llegar al mismo punto: si el heavy metal era satánico y era anti bíblico emborracharse… El infierno no podía ser más que un lugar divertido. A lo mejor incluso algunas de sus bandas favoritas estaban ahí. Y si estaban ¿se organizarían conciertos en el infierno? ¿existiría la hora de la orgía? Quien sabe, a lo mejor era más divertido que la vida misma… Y a buen seguro que el cielo. El cielo tenía que ser un lugar para morirse del aburrimiento, (ja, ja, ja).

    Nada de todo esto era seguro salvo una cosa: en el cielo no hay heavy metal. Y si no lo había ella no quería ni oír hablar de estar atrapada ahí. Seguramente el mayor entretenimiento que tendrían sería la hora diaria de rezar. Vaya, pero que locura. Quizá hasta había diez horas de rezar… o veinticuatro…

    Pero toda esa perorata no estaba más que diseñada para entretenerse a sí misma, como si, inconscientemente, deseara que se evaporara el impulso suicida. Como si pudiera descargar el arma, volver a ponerle el seguro, esconderla, y, si entraba alguien preguntando que había estado a punto de hacer, poner cara de desconcierto y decir: ¿Yo? Nada, nada. Como si esa fuera una opción todavía viable. Pero ya no,

    Ya no había vuelta atrás.

    Lo único que tenía que hacer era apretar el gatillo. Y eso, anatómicamente hablando, era una función sencilla del cuerpo. Solo tenía que mover un dedo. Uno pensaría que algo que requiere tan poco anatómicamente requeriría otro tanto similar psicológicamente, pero entonces ¿por qué estaba ella todavía sentada ahí, quieta como una estatua, con expresión de idiota, apuntándose con un arma a la cabeza, si hace rato que tendrían que estar sus sesos decorando las paredes de su casa?

    Bueno, después de todo no era tan sencillo como lo pintaban. Tampoco era tan dramático. No había una banda sonora de misterio, ni enfoques a su rostro lleno de lágrimas; ni siquiera había lágrimas. Lo que había era una mujer sentada con un arma en un mano, un arma que apuntaba a su sien derecha en un imperfecto ángulo de cuarenta y cinco grados. Y eso era todo. Y eso era más que suficiente.

    Tampoco había una larga historia triste detrás, ni había más sangre en el pasado. Nada de rencores, ni remordimientos antes de morir.

    «¿Estamos en paz mundo?»

    Nada de promesas incumplidas, adicciones a las drogas, deudas…

    «Entonces, ¿qué dices? ¿estamos en paz o no?»

    Lo único que había era una mujer promedio. Un poco más trabajadora que el resto, sí. Un poco menos perezosa que los demás. Una mujer que no tenía ningún problema con la ley… Una mujer que no era capaz de apretar un maldito gatillo.

    ?Maldición?maldijo (ja, ja, ja) y dejo el arma a un lado cuando el brazo se le cansó. Llevaba aguantando la misma postura por espacio de cinco minutos. Intentando desperezarse movió el brazo más de lo que debía y este emitió un poderoso chasquido que, en el imperante silencio de la habitación sonó como el disparo de una pistola (ja, x3).

    Una sonrisa apareció en sus labios, pero murió casi al instante junto con la gracia de la broma. Aquel no era precisamente el mejor momento para sonreír. O… ¿sí lo era? Una sonrisa genuina antes de morir no podía hacerle ningún daño. Sobre todo, antes de morir.

    Antes de morir. Que amenazadora parecía esa frase y ella estaba segura de que no era capaz de comprender ni un veinte por ciento de lo que en realidad significaba estar muerto. Tampoco hacía falta. Lo único que hacía falta era apretar el gatillo…

    Con un gesto precipitado, un gesto que parecía decir: vamos, rápido, antes de que me arrepienta, se llevó el arma a la sien y apretó el gatillo…

    Aunque no lo suficiente para que la bala saliera del arma. Esa cosa estaba dura. Mucho más de lo que se imaginaba, y requeriría mucha más fuerza de la que había aplicado.

    «Maldición otra oportunidad a la basura»

    Y esta había sido una buena. Nunca antes se había atrevido a presionar el gatillo mínimamente. Hasta aquel momento había mantenido el dedo lejos, como en las películas, (por lo menos las viejas), recargado del cargador del arma, en un gesto inútil de seguridad ¿Para qué hacerlo? ¿No iba a suicidarse de todos modos? ¿Qué importaba si se escapaba un tiro de la pistola si, en primer lugar, morir es lo que pretendía? Estaba progresando, por lo menos esa era una buena noticia.

    «Sería mejor noticia que ya estuviera muerta»

    Pero ni siquiera sabía por qué se estaba suicidando. La decisión no había sido acompañada de una dramática depresión, ni la había dejado su pareja, (de hecho, no tenía desde hacía dos años), tampoco había muerto un ser querido, ni siquiera podía atribuírselo a algo estúpido, no había nada de eso en su organizada vida. Solo… Simplemente estaba… mmm… extenuada. Quizá esa era mejor forma de expresarlo. Estaba cansada de la rutina.

    «¿Y la mejor forma de salir de rutina es aireándote las neuronas con plomo?»

    No, la verdad es que ni siquiera era una forma, pero serviría lo mismo que una. Una verdadera forma sería encontrar un pasatiempo, o cambiar de aires…

    «¿Remplazar la vieja rutina por una nueva?»

    Ni siquiera tenía una respuesta inteligente para esa pregunta. Aquello le indicaba algo: tenía razón. Aquella no era más que una solución temporal… En cambio, esta… Esta era definitiva. Para siempre. Fin. Capút. No había nada más. No había nada más porque no existe una rutina para estar muerto. Esto sí es un final. No digno, pero sí un final.

    Y eso le parecía suficiente.

    Nuevamente se llevó el arma a la sien, esta vez lentamente, (ya no tenía prisa, podía esperar), y esperó a que llegara de nuevo el impulso suicida en esa incómoda posición.

    El impulso suicida apareció de nuevo a las tres de la madruga y esta vez no lo dejó escapar.


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