Hora de que me vaya a dormir

Por V.M. San Miguel
Enviado el 04/05/2016, clasificado en Drama
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En el día era más pronunciado; en eso se había fijado.

    El inconstante movimiento de las cortinas colgadas, colgadas de las ventanas abiertas, poseía mucha más fiereza durante el día.

    No era que tuviera importancia, realmente no, pero ya no había mucho en lo que fijarse en aquellos días. Estaba aburrida hasta un extremo en que había comenzado a contar sus respiraciones, hasta un punto en que había intentado mantenerse en silencio con la idea de escuchar los latidos de su corazón. Sí, estaba sumamente aburrida.

    Se puso de pie, y, llevándose las manos a la espalda, comenzó a caminar en círculos por la habitación. Tenía la barbilla reclinada contra el pecho y la mirada fija en el suelo. Su abundante cabellera café le caía sobre los hombros y sus pies descalzos rozaban ruidosamente el piso.

    Una vez había leído una frase en un libro que no conseguía olvidar, lamentablemente, tampoco recordaba quien la había escrito… Decía algo como: El tonto es feliz, el inteligente está desolado…

    Su mirada recorrió furtivamente la habitación con rencor antes de terminar. Una sonrisa apareció en sus labios.

    … y el filósofo se vuelve loco.

    Deteniéndose, descruzó las manos de su espalda y se las llevó ante los ojos. ¿Era eso lo que le ocurría? ¿Estaba volviéndose loca? A juzgar por la evidencia a su alrededor, la probabilidad era demasiado alta. Es decir, llevaba el mismo pijama desde hacía una semana, dormía casi doce horas… durante el día, y su dieta consistía en comida basura casi en su totalidad.

    Con gesto teatral se acercó a la ventana, pero no miró hacia fuera: no le gustaba lo que veía por ahí. Aún llevaba las manos cruzadas a la espalda y el viento ahora, además de mover ligeramente las cortinas, también movía ligeramente su cabellera.

    Al principio aquellos síntomas le habían sugerido depresión, pero no. Era algo mucho más profundo, ¿quizá era locura? Y no era que simplemente se sintiera única y diferente (a los dieciséis años suele ser muy común), era que su vida parecía no tener sentido. Parecía no tener sentido que hubiera dejado la escuela hacia tan poco sin razón alguna, parecía no tener sentido que sus padres hubieran pasado de amarla a odiarla en tan poco tiempo, parecía no tener sentido el hecho de que estuviera preguntándose todo eso un martes a las tres de la madrugada…

    No conseguiría dormir. Lo sabía, y lo sabía bien. Estaría horas y horas dando vueltas en la cama… y aun así sería inútil. No conseguiría dormir, por lo menos esa noche. Lo único que le quedaba era afrontarlo con valentía y hacerlo lo más llevadero posible; aquel era el intricado galimatías que su mente creaba para decirle que debía permanecer ahí, de pie en la ventana. Después de todo, el aire era lo más agradable que había en su habitación, salvo por sus libros… y su vieja Carla. Bueno, en realidad no tan vieja. Carla era una guitarra eléctrica que había comprado con el único fin de hacer más ruido que sus vecinos, pero había terminado enamorándose de ella y le había puesto nombre: el nombre de uno de sus personajes de televisión favoritos, o casi, con ella siempre era casi: esa era la nueva frase favorita de su padre. En realidad, era el resultado de reacomodar las letras del nombre de su personaje favorito, así, en lugar de Clara, obtenía Carla. Nada ingenioso, pero servía como nombre. Además, era un nombre muy, muy bonito.

    Apartándose de la ventana por un segundo se dirigió en dirección a Carla que estaba conectada del amplificador. Le arrancó el cable y, pasando la correa sobre su cabeza, la llevó hasta la ventana. Podría simplemente haberle dejado el cable; el amplificador estaba apagado, pero prefería así, le daba la sensación de estar tocando una guitarra acústica. Algo faltaba todavía: ella solo sabía tocar con púa y esta descansaba sobre la mesita de noche que había junto a su cama a la insegura distancia de… cinco pasos. Cuando la recorrió se dio cuenta de que no era tanta como pensaba, ya volvía, ya volvía junto a la ventana cuando se golpeó el dedo meñique del pie contra una de las patas de la cama y arrojó una maldición ahogada. Le hubiera gustado gritar más alto, pero se hubiera arriesgado a despertar a sus padres. No era una buena idea, por tanto. Ellos ya tenían suficiente con los suyo como para estar preocupándose de si su hija se golpeaba un dedo o sí…

    Pero había un gato a la distancia y el pensamiento se le escurrió entre los dedos como alguien que intentara sujetar un puñado de agua. El gato tenía algo en el hocico, quizá la cena de aquella noche.

    «¿La mía también?»

    Una primera nota desgarró la noche con más sonoridad de la que ella hubiera deseado ¿Carla había sido siempre tan ruidosa? Las siguientes notas salieron de las cuerdas más débilmente, moduladas por la fuerza de su mano derecha. La melodía nació en sus manos, de la voz de Carla, y murió tan presta como había llegado. Era una interpretación para guitarra acústica de Para Elisa de Beethoven cuya belleza era innegable. Su técnica no era la mejor, y había errado al tocar algunas notas, aun así, lloraba cuando terminó. Sí, lloraba sin motivo, un martes a las tres de la madrugada, ante una inconmovible luna y un conquistado gato, con una guitarra eléctrica entre las manos, henchida en el mismo pijama que el martes anterior.

    -Carla-murmuró mirando la guitarra.

    Y decidió que era hora de irse a dormir.


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