El Anagrama (Parte Uno)

Por EM Rosa
Enviado el 23/02/2012, clasificado en Ciencia ficción
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Lo veían venirse abajo día a día, como un árbol que se seca lentamente. Claro, antes los matrimonios no eran como ahora. Si se decía “Hasta que la muerte los separe” era así y no de otra manera. En algunos casos esta frase se transformaba en una mera cláusula formal, entonces, o se separaban o se “soportaban” toda la vida pero permanecían juntos y esto constituía la gran mayoría de los casos. Pero el caso de Emilio, ochenta años, no se enmarcaba en nada de lo hablado anteriormente. A Emilio le habían dicho “Hasta que la muerte los separe” y el dijo extasiado “Sí” porque estaba profundamente enamorado de Alicia, la que fue su mujer durante cincuenta años y que lo había dejado hacía cinco.

No lo pudo superar.

Víctima de un cáncer de páncreas que se la llevó en un mes, Alicia se marchó dejándolo perplejo, solo y absolutamente desconsolado. Solo encontraba un leve resuello a su inconsolable dolor cuando se encontraba entre alguno de sus tres nietos, particularmente Matías, de quince, que quien sabe por que razón pasaba la mayor parte de su tiempo libre en su casa dándole charla. En realidad cuando Matías lo visitaba el tiempo pasaba muy rápido y llegó a la conclusión de que eran almas gemelas. Hablaban de todo, de cosas nuevas, de cosas viejas, reían, jaraneaban, y cada uno escuchaba al otro con total interés y atención. Pero, claro, Matías veía que su abuelo y amigo se estaba viniendo abajo y no podía pasar todo el tiempo con él aunque lo deseara de alma. Debía intentar algo, encontrarle un pasatiempo muy adictivo que le consumiera las horas hasta que él pudiera visitarlo. Y entonces le dijo:

“Abuelo, ¿Por qué no haces un curso de computación?”.

Contra todos los pronósticos y tomando por sorpresa al mismo Matías Emilio solo dijo: “Bueno”.

Lo que nunca pudo imaginar fue cuanta tortura y dolor le traería esa simple palabra. Sabía de unos cuantos amigos suyos que se habían metido y les había gustado pero siempre encontraba en sus rostros algo de conflicto cuando le hablaban del tema.

El sufrimiento comenzó cuando intentaron enseñarle a manejar un pequeño aparatito que desplazaba una flechita por la pantalla y que había que embocarla donde correspondía porque sino las cosas andaban mal. No era que Emilio tuviera artrosis o alguna afección que le dificultara el pleno manejo de sus manos, en realidad Emilio no padecía de absolutamente nada, poseía la salud de un roble. Le habían dicho que ese aparatito se llamaba “Mus” o Mause” o “Maus”. Cuando le contaron que si le llamaba ratón era exactamente lo mismo se alivió un poco. Pero luego que aprendió a duras penas el manejo del ratón vino lo peor.

Sistemas Operativos, Internet, Mail, Oficce, Windows…la ensalada de palabras amenazaba con hacerle estallar la cabeza. Finalmente, y con los meses, logró aprobar el curso (nadie reprueba) y llegó a su casa con un precioso diploma de un curso gratuito dictado por el estado ansioso por mostrárselo a Matías. Ese día su nieto llegó un poco tarde pero nada más atravesar la puerta que le puso el certificado ante sus narices.

-¡Genial, Abuelo!. ¡Eres lo máximo!. –

Emilio espantaba hipotéticas moscas con las manos intentando hacer gestos de modestia y bajando algo la cabeza.

-          Bah, fue fácil… - Matías sonreía expectante, como esperando algo. Como el silencio del chico se prologaba Emilio preguntó:

-          ¿Qué te pasa?. – El chico lo miraba perplejo.

-          ¿Es que no me vas a mostrar lo que sabes hacer?. –

-          Y… si… Mañana me acompañas al instituto y te muestro. – El chico no salía de su asombro.

-          Pero Abuelo… ¿No te vas a comprar una computadora?... – Emilio exhibió una cómica cara de sorpresa.

-          ¿Una comp…?. ¿Para qué?. – Matías le sonreía encantadoramente.

-          ¡Para aplicar lo que aprendiste!. –

-          ¡Ah,…claro!. Yo creí que solo querías que hiciera el curso y… -

-          Abuelo, ¿vamos mañana a comprar una compu.?. –

-          Y… bueno…dale. –

Y fue así que, en medio de una danza de Gygabites, Gigaherzt, LCD, plasma y demás yerbas se inició la aventura de adquirir una computadora. Emilio se preguntaba porque el vendedor usaba una jerga tan técnica para describir a los productos en lugar de calificar con el nunca bien ponderado “Muy bueno”, “Bueno”, “Malo”. Parecía que para comprar cualquier cosa uno debía ser todo un entendido en estos tiempos. Se ve que era una característica de estos jóvenes modernos, mostrar y mostrarse, como en una vidriera, quien sabe para que.

Finalmente, y para alivio de Emilio, Matías dijo: “Esta” y el trámite se terminó. El anciano pagó en efectivo, a Emilio no le sobraba pero tampoco le faltaba en modo alguno, y ambos, algo cargados, partieron hacia la centenaria morada del anciano.

Las semanas siguientes significaron para Matías un auténtico desafío pero no paró hasta que su abuelo le demostró que podía manejar los asuntos de Internet con una razonable habilidad. De esta manera el octogenario se entretenía mirando presentaciones de insólitos lugares del mundo, actualizándose en las noticias, el clima, etc y atendiendo muy bien su casilla de mail. No eran pocas las veces en que Emilio, con disculpas ante nada, llamaba a Matías para evacuar alguna duda. Para Matías las disculpas de su abuelo le resultaban innecesarias, para él era un placer servirle de algo, se sentía correspondiendo tantos años de cariño, amistad y compañerismo, y se esforzaba por demostrárselo. Matías era un chico especial.

Pero hete aquí que de un día para el otro dejó de llamar.

Matías estaba de exámenes trimestrales y en esa semana solo pudo intentar llamarlo varias veces pero sin resultados. Les comentó a su madre y su padre tal singularidad y, tras cruzar una mirada que llenó a Matías de sus peores miedos, se dispusieron a llegarse hasta la casa del anciano. Matías no fue pero su mente se colmó de las peores sospechas...(Sigue en "El Anagrama Parte Dos")

Sus padres encontraron a Emilio con setenta y dos horas de fallecido, tendido en el sofá del living, apenas reclinado y con una sonrisa plena de placer en el rostro. Parecía dormido si se obviaban los efectos cadavéricos de tres días.


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