EL DESTINO (parte final)

Por MANPECISTA
Enviado el 16/08/2016, clasificado en Amor / Románticos
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En la cantina, con mi amigo hecho un mar de llanto y yo con algo de vergüenza, tomamos la última botella, pagué la cuenta y me lo llevé a su cuarto donde se hospedaba, y mientras tanto, él no paraba de decir con voz quebrada: “Mi Rosita, ella sí me quería con el corazón, ella si me quería con el corazón, …” una y otra vez, al punto de traerme consigo el recuerdo nostálgico de mi propia historia, de mi propia “Rosita”, que estudiaba en una universidad de la capital, en turno noche, para poder trabajar de día, y a quien no veía en casi medio año, desde la última vez que le propuse apoyarla para que estudie de día, y que se volviera a negar como tantas otras veces diciendo: “quiero hacer esto sola”. Yo, en un arranque de ira y tal vez también de celos, la terminé diciéndole: “Lo único que quieres es seguir saliendo de noche con las golfas de tus amigas, a mí no me vienes con huevadas, no te quiero ver más”, y la dejé llorando en el terrapuerto.
Ya camino a la casona donde me hospedaba, mientras metía la llave para abrir la puerta principal, un colectivo se apareció y con el chofer gritando: ¡“Uno más para el pueblo, ¿vas amigo!”. Era demasiado tarde, y a esa hora era extraño encontrar movilidad, y en un arranque de superstición pensé que tal vez sería el destino. Tomé mi casaca de cuero y partí al pueblo, donde con mucha suerte logré interceptar el último bus de la noche que salía para Lima.
Al día siguiente, en el terminal de Plaza Norte, ya sobrio y algo arrepentido, pensé en regresar; que me había dejado llevar por un impulso de cursilería, pero ya estaba allí, y meditando me dí cuenta que más bien había en mí el temor de salir herido al encontrarme con ella, que quizá ya tenga a alguien, que tal vez ese monstruo de cemento llamado “Lima” había sido capaz de tragarse toda ésa su inocencia que me encandilaba, pero decidí enfrentarla de una vez por todas y sacudirme de una vez de ese sentimiento.
Me senté en el rincón menos visto del restaurante donde trabajaba como mesera y pedí un desayuno mientras esperaba verla por algún lado, pero nada. Al principio pensé que tal vez sería lo mejor, pero mientras pasaban los minutos me empezó a embargar la angustia, el hecho de saber que ya no trabajaba allí y sin tener siquiera su número de celular para poder llamarla. Luego de casi una hora de espera, me resigné y me acerqué a la caja para pagar la cuenta, entregué un billete de cien soles y nadie me lo recibía; entonces pregunté: ¿Hay alguien en esta caja para cobrarse?, y una voz femenina detrás de la caja de lunas polarizadas mencionó mi nombre con extrañeza: “¿Alberto?”. Se asomó hacia afuera para verme mejor, y al verla, un globo de mariposas explotó en mi abdomen. Allí estaba con esa mirada sincera y llenita de amor que no había conseguido ver en nadie más que en ella, y no supe que hacer, y luego de un breve letargo, sólo atiné a decirle con el corazón en la mano: “Perdóname ¿sí?”. Me cogió de las manos emocionada, y el mostrador no fue impedimento para envolvernos en un fuerte abrazo, darle un beso sublime y deleitarme acariciándole su sedoso pelo largo azabache como solía hacerlo antes, y sentí que desde ese momento estaríamos juntos siempre.
Gracias a la vida, ahora ambos somos profesionales, con una casita en una zona bonita, a punto de adquirir un auto, y bien bendecidos con dos hijos que corretean en la alberca felices y que son mi vida. De mi amigo no supe más, excepto que unas malas lenguas me contaron que fué a parar a la cárcel acusado de estafa. Fue penoso enterarme de eso, porque a pesar de todo no me parecía un mal tipo, y sólo me dejó en recuerdo sus conversaciones amenas, sus bromas sofisticadas, su amistad de papel, su figura presurosa escondiéndose de mí y una deuda que jamás canceló, pero que bien lo valió su historia.
Esta experiencia me hizo reflexionar, que nadie nace con su destino ya escrito, que más bien existe un ser supremo que nos regaló este mundo y esta vida, y nos concedió el poder para escribirla con nuestro propio proceder, con nuestros pensamientos, actitudes e intenciones, y aunque aparentemente, por lo que vemos en la televisión, el mundo está lleno de odio, de maldades, de gente mal intencionada, no es así, en el fondo estoy seguro que no existe gente mala, sólo gente buena y gente equivocada, y que finalmente todos somos autores de nuestro destino, de un destino que tiene muchos caminos, pero que sólo nosotros podemos escoger y darle el color y los matices que querramos, con el color salidos de una fuente inagotable de sentimientos, el mismo que le da el color a nuestras almas; con el color de nuestros corazones.


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