Nabatea

Por Carlos Caro
Enviado el 07/09/2016, clasificado en Drama
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El veintinueve de septiembre a la doce y veintidós minutos de la mañana, Juana perdió la razón. Oyó el gallo, se levantó temprano y preparó el desayuno. Luego que sus hijos y esposo comenzaron a trabajar, tomó la bolsa de las compras y se encaminó hacia el pueblo.

Compró pan, leche y algo de carne. Apenas lo suficiente, pero hasta ahí duraron las pocas monedas que le había dado Manuel tras vender un carro de nabos. Nada hizo sospechar al panadero, al lechero ni al carnicero el desenlace trágico. Sin embargo, con el tiempo y los rumores se convencieron que su conducta errática, sus ojos febriles y una escondida angustia fueron los primeros síntomas de aquella demencia.

Juana llegó asustada y sudorosa, puso una gran olla con agua sobre el fuego, gritó llamando a Manuel y se recostó en la cama. Había empezado el parto y su respiración se disparó al sentir que el tiempo entre contracciones se reducía inexorablemente.

En cuanto la vio, Manuel supo que no tendría tiempo de buscar a la comadrona, de modo que le gritó a los hijos que hoy no habría almuerzo y que oirían gritar a su madre por los dolores del nacimiento. Con un triste acostumbramiento, llenó el lavamanos con agua caliente, le cambió el único vestido de calle por el camisón y corrió la cortina que separaba el lecho del resto de la pobre habitación. Puso el banco a su lado, la miro con cariño y para transmitirle confianza, le tomó fuerte la mano y se dispuso a esperar.

Todo fue rápido, hubo desgarro, sangre y dolor. Ató el cordón, lavó a la niña y envuelta en grandes pañales la arrimó al seno hinchado de la madre. —La llamaremos Nabatea— dijo bromeando— y será la reina de los nabos.

Juana lo miro con sorpresa, no esperaba que fuera mujer. Los abortados o los que murieron enseguida no lo habían sido. Una lágrima se formó, pero no llegó a rodar. Como una película vio pasar su vida entera e imaginó una igual para su hija. Un amor rancio, trabajo de sol a sol y la esclavitud de parir hijos que morian. El hambre de las cosechas fallidas y la vergüenza de pedir fiado. La risa muerta y el entumecimiento del alma en una porfía sin trascendencia ni destino. Ese fue el instante en que la desesperación la desquició y, obnubilada, más allá de este mundo, olvido todo.

A Pablo lo voy a desnucar de un sopapo. Cuando regresé con Nabatea solo vi a sus hermanos menores en el campo y hoy le tocaba cocinar el almuerzo. Dejé a la niña en la caja que hace de cuna, eché más leña a la cocina y puse a calentar el guiso de ayer. La pobrecita debe conformarse con la nodriza mientras su madre, muerta en vida, se adentra más y más en la locura…

Papá me regaló uno de los terrenos de su propiedad cuando me comprometí. Si bien la tierra no era muy fértil ni profunda, años de trabajo la habían limpiado de piedras mata arados que lucían en prolijos muros que limitaban el campo de nabos.

El día del casamiento, al llegar, el pobre cobertizo se vistió de fiesta y el campo de flores amarillas. A cada primavera la celebrábamos con un ramo de ellas que reservaba para Juana al cosechar los nabos. Por la tarde bailábamos al son de las prácticas de piano de la duquesa Anastasia. Su mansión al otro lado del muro, nos parecía triste y fría, pero su multicolor jardín, despertaba la envidia y la competencia.

Como un ventarrón Pablo, al entrar, me despabiló. No quería, resistí, pero al fin regresé desde aquellos recuerdos alegres.

—Hablé con el abuelo y está de acuerdo con que me haga cargo de esta parcela. Entre ambos emplearemos a mis hermanos y en algún momento también les regalará las suyas.

—Bueno, eso lo resuelve todo. Esta tarde dejaré a Nabatea con la duquesa que ha prometido adoptarla y comenzaré a trabajar en el pueblo mientras interno a tu madre en el loquero— confesé — el oficio no se pierde y aunque sea de ayudante un buen herrero es necesario.

Durante los días soleados de primavera, sentada con la mirada perdida frente a la ventana, Juana imagina los bailes y los ramos de flores amarillas. Sonríe cuando tocan el piano, sin sospechar que suena igual que las prácticas de Nabatea para su madre, la duquesa.

 

 

Carlos Caro

Paraná, 31/08/2016

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