SIEMPRE TENDREMOS A EDGAR

Por Federico Rivolta
Enviado el 09/09/2016, clasificado en Drama
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No fue mi culpa; éramos muy jóvenes. Mis padres hicieron todo lo posible por separarnos.

“Es la hija de la criada, ¡por Dios santo!”

“Te enviaré a la escuela militar; ellos te van a enderezar”

No entendían que lo nuestro era especial.

Ella me mostró lugares que yo jamás había visto. En realidad sí los había visto, pero no de esa forma, no a través de sus grandes ojos color miel. Ríos, bosques, casas abandonadas…, todo, incluido el basural, estaba dotado de una belleza a la que yo estaba ciego antes de conocerla.

Cada vez que teníamos oportunidad nos escapábamos para pasar las horas en cada rincón solitario del pueblo.

Yo iba con mis libros. En aquella época había descubierto a Edgar Allan Poe, y leía sus cuentos uno tras otro, una y otra vez.

En una ocasión, mientras ella miraba la laguna, yo saqué un libro de mi bolso. Me miró y me acarició el cabello:

– Me encantan tus rulos – dijo.

Luego se quedó en silencio, sonriendo, cerrando sus hermosos ojos color miel. Minutos más tarde miró por encima de mi hombro:

– ¿Qué estás leyendo?

– Un cuento de Edgar Allan Poe. ¿Lo conoces?

– No. No lo conozco. Léelo en voz alta, por favor.

Leí La caída de la casa Usher para ella. Me escuchó en silencio, y apenas terminó la historia hizo un comentario:

– Entonces eran como un alma que habitaba dos cuerpos – dijo.

Me di cuenta de que yo no había entendido del todo el cuento hasta ese momento. Lo había leído varias veces, pero no del modo en que ella lo comprendió a la primera lectura. Así me pasó con muchos cuentos de Edgar; cuentos de los que sabía incluso algunos fragmentos de memoria, pero sus interpretaciones me dejaban fascinado.

Los años pasaron y yo seguí recordando momentos como ese a pesar de que no volví a saber de ella.

Cuando me recibí, mis padres ya se habían mudado y yo ingresé a la facultad. Decidí ir a mi viejo pueblo a buscarla, pero ya no vivía allí. Lo recorrí todo en su búsqueda, pero, no conociendo más que a su madre, no supe cómo ubicarla.

Tiempo después me casé. Me había vuelto a enamorar, aunque de un modo… diferente.

Un día, viajando por trabajo, debía pasar muy cerca de mi viejo pueblo. Pensé en recorrerlo para visitar al menos uno de esos bellos lugares que, a pesar de haberlos visto muchas veces, no los vi en verdad hasta que ella me los presentó.

Pasé por un almacén y pedí una bebida fría.

– ¿Eres tú?

Me di la vuelta y unos grandes ojos color miel me estaban mirando.

Me acerqué a ella y la abracé. Habían transcurrido más de diez años, pero fueron tantas las veces que pensé en ella que fue como si hubiésemos pasado toda nuestra juventud juntos.

– ¿Qué haces aquí? He venido al pueblo varias veces y lo recorrí intentando encontrarte pero nunca te vi.

– Me mude con mi madre al poco tiempo que tú te fuiste. Hace unos meses falleció y decidí regresar.

Me quedé con ella en el almacén hasta que terminó su horario. Le conté sobre la escuela militar y sobre mis estudios. Hablamos de muchas cosas y hablamos de Edgar, sobre todo de Edgar. A las seis de la tarde cerró el negocio y me invitó a su casa.

Mientras caminamos continuamos con la conversación:

– Cada vez que veo una imagen o leo algo sobre Edgar, pienso en ti – le dije.

Ella sonrió y luego me acarició el cabello:

– Me encantan tus rulos – dijo.

Morí de ganas de caminar con ella de la mano.

– Tengo un gato al que casi le puse el nombre Edgar – dije –, pero me habría recordado más a ti que al escritor, y he intentado olvidarte durante estos años.

Se produjo un silencio incómodo.

– Perdón – dije –, no debí decir eso. Comienzo a sonar como un adolescente que sufre por amor.

Ella se rio:

– Igual que Edgar.

Llegamos a su casa. Tenía dos pisos pero era muy pequeña. Me abrió la puerta y quedé sorprendido; en su biblioteca estaban mis viejos libros de Edgar Allan Poe.

– Los robé de tu habitación cuando te enviaron a la escuela militar – dijo –. No te molesta, ¿verdad?

– En absoluto – dije –. Me alegra que tú los tengas.

– Edgar fue lo único que me dejaste – dijo ella –. Y fue mucho, en serio. Aunque te hemos necesitado.

Estuve a punto de decirle que me habría gustado estar de nuevo con ella si no fuese porque me acababa de casar, pero no me atreví.

– Edgar fue mi única alegría desde que te fuiste. Aunque por él no pude terminar mis estudios.

Fruncí el ceño; no le encontré sentido a su último comentario. Entonces ella se acercó a la escalera y miró hacia arriba:

– ¡Edgar!

Un muchacho de diez años bajó. Tenía ojos color miel, y la cabeza llena de rulos.

 

 


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