LAS LLAVES DEL ILUSO

Por Kim Bertran Canut
Enviado el 21/09/2016, clasificado en Drama
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 En esas horas de la madrugada en que todo duerme salvo el silencio.

Las estrellas comienzan el sueño y el astro rey limpia sus telarañas de fuego. Manolo con su manojo de llaves camina por calles desiertas, respira el fresco aroma mientras bosteza, se siente cansado. Ha terminado su noche y toma el primer tren, casi vacío, que le lleva cerca de casa, donde nadie le espera.

Mientras sube la cuesta enfangada de lluvias de ayeres, sorteando los charcos de aguas turbias, donde las gentes se lavan en las mañanas de restricción, cada vez más frecuentes.

Manolo va pensando en las miserias. Vive en la periferia de la gran ciudad, donde no se alzan edificios ni comercios, ni una maldita fuente, sólo campos vertederos  de basura y desguaces de chapas. Las familias gitanas apagan sus fuegos, las guitarras y gargantas ahogan los últimos lamentos entre tragos de vino.

Manolo siente la pasión  del flamenco como un canto espiritual, tan ancestral como el de los negros allá en los campos de algodón de Nueva Orleáns y se imagina el río casi seco de las cloacas que pasa junto a las barracas, chozas y chabolas herrumbrosas, igual que el Mississippi, puede ver los barcos de aspas que arremolinan las aguas. ¡Qué pobre es aquello!, incluso su pensamiento es sólo fruto del libro de Mark Twain que leyó siendo un chaval y tenía la ilusión de viajar, porque el mundo se le representaba grande y estaba abierto para él. Pero seguramente fue el mismo destino quien no le permitió más que vagar por las callejuelas sudorosas de una única  y cruel ciudad, condenado al olor del metal de las cerraduras y las llaves que cuelgan de  su cinto, ironía también, pues su humilde morada no la cierra una puerta, sino una inmensa bandera vieja  de cuando aún creía en la tierra y sus dirigentes. Cuando haga frío ha jurado quemarla con su rencor interno y echar a andar sin detenerse ya jamás. Quizá el destino le haya perdonado. Ha pagado un alto precio confiando y quien nada tiene, nada pierde.

 

                 Octubre de 1996 


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