EN LA PIEL DE EVA (parte 2 de 3)

Por Federico Rivolta
Enviado el 20/03/2017, clasificado en Terror
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– Eva, mi amor – le dije esa noche –; debo decirte algo terrible.

Mi hermana me miró con sus hermosos ojos bien abiertos:

– Acabo de ver a Víctor besándose con otra – le dije.

– ¿De verdad? ¿Con quién?

– No pude ver quién era ella; estaban en su auto. Es una lástima; justo cuando empezaba a agradarme… Podrías revisar en los asientos; los hombres no suelen ser buenos ocultando sus infidelidades.

Al día siguiente, sin decirle nada a Víctor, Eva revisó su automóvil. Más tarde llegó llorando al departamento y me contó que lo había dejado.

Su teléfono se oía sonar una y otra vez en la cartera hasta que por fin atendió, pero yo se lo saqué de la mano:

– No lo atiendas, Eva – dije mientras cortaba la comunicación –. Ve a acostarte; yo te prepararé un té. Háblale mañana, cuando estés más tranquila.

Al día siguiente Víctor la esperó sobre las escaleras de la entrada de la academia:

– ¡Te juro que no sé de dónde salió ese lápiz labial! – dijo él –. Tal vez sea de mi hermana o de mi prima; a lo mejor estuvo allí por años.

Me puse entre medio de él y de Eva para hablarles con voz calmada:

– Está por empezar la clase. Hablen a la salida.

Eva subió las escaleras y yo me retrasé un poco para decirle algo a Víctor en el oído:

– Si vuelves a acercarte a mi hermana te romperé la cara, ¿me oíste, bailarín maricón?

Con mi voz afeminada, aquel insulto le causaría gracia o lo haría darme una golpiza. Ocurrió lo segundo; tal y como yo quería. Terminé en el hospital y mi hermana no volvió a hablar con él.

Las heridas no fueron de gravedad, y pronto me recuperé, pero lo más importante fue que, tras aquel incidente, Eva y yo volvimos a ser uno.

Mi hermana se volvió más bella y mejor artista que antes, y yo continué acompañándola a todas partes. No importaba cuántos la admirasen, yo seguía teniendo mi sitio preferencial al costado del escenario. Todo fue maravilloso hasta que unos meses después volvió a sucumbir a los placeres carnales, aquella vez por culpa de un actor llamado Rodrigo.

– Me encanta – dijo Eva un día –. Jamás conocí a otro hombre como él. Creo que estoy enamorada.

Intenté decir algo, pero había perdido la voz. Esas palabras me habían retorcido las entrañas, y el sufrimiento se acumuló en mi pecho hasta formar un nudo de dolor que me apretó la garganta, permitiéndome tan solo brotar lágrimas de odio.

Busqué defectos en Rodrigo, pero parecía ser perfecto. Su sonrisa compradora, sus ojos de niño bueno…; ya casi podía verme acompañando a mi hermana al altar llevando los anillos en el saco. Intenté no ponerme en su contra, pero llegó un momento en el que no pude soportarlo y le dije que su novio no me agradaba:

– Rodrigo no es como Víctor – dijo ella –. Es tierno y romántico. Creo que estás celoso. De hecho, hay algo de lo que hablé con él y que tú debes saber. Me dijo que es extraño el modo en que me sobreproteges y creo que tiene razón. Quizás debamos alejarnos un poco.

No pude creer lo que estaba oyendo. Yo la cuidaba más que a mí mismo, y aquello que él consideraba sobreprotección era una muestra del amor que yo sentía por ella. Ningún hombre la amaría como yo, no había nadie con quien pudiera forjar el vínculo que teníamos. Nuestra unión era tan fuerte que daba la sensación de que, en el vientre materno, una parte de mi corazón había crecido dentro de ella.

Las horas que pasaba sin mi hermana se hacían eternas. Nada era gracioso sin su risa, e incluso el aire sin su aroma me parecía tóxico. No podía seguir viviendo sin ella a mi lado todo el tiempo, pero tampoco podía acercarme demasiado y amenazar su independencia. Eva y su novio me habían condenado a transitar una línea muy estrecha en la que no me sentía nada cómodo, y no tuve otra opción más que deshacerme del sujeto.

Comencé a estudiar sus movimientos, y supe que los jueves tomaba una clase de canto en la que era el único hombre; entonces ideé un nuevo plan.

Compré una peluca de cabello lacio color castaño claro, igual al cabello de Eva, y tomé uno de sus vestidos y un par de zapatos. En la academia le escribí una nota a Rodrigo que decía que lo esperaría en el escenario para cumplir una fantasía sexual, y la pegué en la puerta del vestidor de caballeros. Mi hermana y yo teníamos la misma letra, y mi imitación de su firma habría sido un desafío para el mejor perito calígrafo.

 

 

CONTINÚA EN LA TERCERA Y ÚLTIMA PARTE:

http://www.cortorelatos.com/relato/28507/en-la-piel-de-eva-parte-3-de-3/


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