La clase de fittnes

Por anecdotasydisimulos.com
Enviado el 23/08/2017, clasificado en Humor
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El lunes pasado he batido mi récord en la clase de fitness, en el gimnasio, a saber, treinta y cinco mujeres –de toda edad y condición física- y yo mismo –que soy un hombre-.

Yo me sitúo atrás, lejos del gigantesco espejo donde se reflejan los movimientos, ligeros o sísmicos, que lo mismo da, pegado a la salida. Toditas las mujeres, salvo dos o tres que quedan a mi nivel, se sitúan delante de mí. Yo les veo el trasero, las nalgas, los glúteos, de tamaño y forma variada -respingón, prieto, pera, plano, avispa, caído, manzana, etcétera- , no hay dos iguales, aunque todos visten una apretadísima maya negra que los realza sobremanera. Para mí son todos lo mismo, pues tal abundancia me marea y perturba haciéndome incapaz de distinguirlos. Son nalgas sin nombre, personas sin cara.

De estas clases me incomodan algunas cosas. Por ejemplo, en cada ejercicio todas las mujeres van al unísono, pero yo voy inexpertamente a mi bola. Nunca, jamás, consigo ir acompasado con el resto del grupo. Cuando ellas van a un lado, yo para el contrario; arriba y abajo, yo abajo y arriba, salto y abajo, yo abajo y paso… Si intento ponerme a la par acelerando el ritmo, es inútil; si me detengo y comienzo de nuevo, en dos segundos me he desacompasado. Resulta humíllate. He renunciado a integrarme en la bandada, soy el patito feo y gordo.

Tampoco soy capaz de acabar nunca la clase, so pena de morir deshidratado o infartado, pero las señoras terminan todas, con independencia de su edad (y las hay mayores), volumen o tipo de peinado. Yo, a los cuarenta minutos, en el mejor de los casos, recojo mis cosas y me retiro calladamente, mientras ellas siguen brincando, ¡zou, zou, zou!, ejercitando los brazos, ¡arriba, arriba, arriba!, disciplinando su cuerpo, ¡vamos, vamos, vamos! ¡Es tan denigrante! Una monitora nueva, que en sus tres primeras clases me sonrió atenta cuando me retiraba, ahora me desprecia, lo sé. Incluso algunas de estas señoras hacen doblete, es decir, tras acabar fitness van a la clase de zumba o aerodance o stepdance. ¿Cómo es posible? ¿Acaso no podrían practicar la caridad con sus compañeros de fitness y no avasallar y deshonrarnos de esa manera?

Otro ejemplo de mi disgusto con el fitness: el otro día tocó fortalecer los glúteos, ¿glúteos?, ¿qué glúteos? yo no tengo. Fue el momento de la revancha que tanto anhelaba. Pierna derecha atrás y brinco con la izquierda, cambio, ¡vamos, vamos, vamos!, ¡y otras ocho más! Al día siguiente tenía unas agujetas traseras que me dejaron dos días parado. ¡Me sentía tan desgraciado!

Pero aquí no acaban mis humillaciones. A principio de curso fui a una clase de aquagym (gimnasia en una piscina con el agua por el pecho) para probar en qué consistía. Allí nos juntamos una docena de señoras de la época de Alfonso XII y un servidor. Comenzamos a dar saltitos dentro del agua, avanzando por el costado mientras realizábamos ejercicios: rodillas arriba, tres pasos y salto, brazos arriba y abajo… ¡Vaya pérdida de tiempo, con esto no hago ningún ejercicio!, pensé enseguida. Sin embargo, aunque yo me afanaba por avanzar rápido todas las señoras me adelantaban; ni siquiera haciendo trampas y acortando la vuelta conseguía mantener mi posición. Una de las señoras, no más joven que mi bisabuela, me prohijó a sus pechos y no paraba de aconsejarme: “ten paciencia, ya aprenderás; debes subir más las rodillas; no respiras bien…” A la mitad de la clase apareció una señora embarazada, esta más joven, de por lo menos treinta y nueve semanas. Al principio pensé que mi clase había terminado sin yo enterarme y que había comenzado una clase de preparación al parte dentro del agua. ¡Me equivoqué!, seguíamos en aquagym. Aquella madre levantaba las rodillas como si fuese una trapecista o una escaladora y ¡también me adelantaba! Durante muchas semanas he sufrido la pesadilla de ver como aquella madre expulsaba a su bebe durante uno de aquellos saltos de gimnasta olímpica y que, después, la abuelas se ponían también de parto, por lo que la piscina se llenaba de bebes buceando, mientras que yo era enredado por incontables cordones umbilicales.


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