Contemplación de un fantasma

Por Agustina Chavero
Enviado el 14/07/2013, clasificado en Terror
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    Lo veo bailar y sobre su cabeza titilan dos estrellas. Está lejos de mí, pero su espectral manto blanco es reconocible aún en la ultra-oscuridad que lo rodea. Sé que él también me mira; sigue bailando mientras lo hace. No sé qué muerte lo llevó adonde está ahora, pero es la única sombra en el edificio, el único manto de pie con las manos en la baranda del balcón. No sé cuántos pisos tiene el edificio porque los árboles lo tapan, lo único que sé es que él está en el tercer balcón descendiendo desde el cielorraso a la izquierda.

 

    Cuando deja de bailar, una rigidez de ultratumba lo paraliza con la mirada hacia mí. Al principio me inclinaba a pensar que tenía funestos planes para conmigo... Pero el tiempo me demostró que sólo quiere mirarme. Quizás le agrado.

 

    No... Cuando lo miro otra vez, pienso que no. No le agrado, pero tampoco sé qué es lo que quiere. Si me quiere a mí no le encuentro explicación a su fantástica catatonía cadavérica.

 

    De antiguo me producía cierta perturbación mental, por lo que evitaba devolverle la mirada. Pero al igual que Leoncio con los cadáveres en el camino, quiero mirarle.

 

    Contemplarlo me agita como la percepción de un mensaje subliminal. Creo que el día en que su figura desaparezca de allí, el día que ya no lo encuentre, ese día me sentiré preocupada. Cuando a la noche me siente a escribir frente a la ventana y busque con la mirada su blanca figura en el lejano edificio y esté ausente, esa noche no sabré si ha resulto venir a mi cuarto. No sabré si al fin está conmigo. No sabré qué hacer.

 

    A veces temo, con mi mirada, despertarlo o, quizás, prevenirlo de que aquí estoy, de que lo estoy mirando. Pensar que tal vez sabe que lo miro, eso, me inquieta.

 

    Ciertas noches me lo imaginé una niña, otras una mujer de melancólica adultez, otras un hombre pálido de soledad. No sé qué pensar de él. Quizás tiene la habilidad de mudar su fisonomía y de representar varias penas en su espectro. Quizás no sea siempre el mismo.

 

    Me parece, a veces, que está descalzo y que las copas de los árboles negros le rinden culto. Me parece también que su manto toma el mismo color que el cielo, como si su cuerpo padeciera de camaleónicos poderes.

 

¿Adónde huirá con el día?, me pregunto.


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