SONG FOR ALBA (part 1)

Por antártico
Enviado el 13/07/2012, clasificado en Amor / Románticos
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¡Y lo patético que se siente uno! me siento tan ridículo y abatido que jamás lo contaría a alguien cercano, pero necesito expresarlo como sea. Y la menos comprometedora es quizá contarlo de manera anónima.

El hecho es que estoy sufriendo todos los síntomas típicos del enamoramiento por alguien a quien conocí un día y con quien hablé sólo quince minutos y que seguramente no volveré a ver jamás. La conocí en un festival, yo iba como artista, liderando un grupo de rock independiente, y ella era camarera. Toda la noche estuve mirándola e intentando que fuera ella quien me atendiese. Llegó la hora de subirse al escenario y estaba dispuesto a dejarme la piel y entrar en trance como de costumbre. Desde el principio de la actuación ella estuvo en primera fila bailando y cantando mis canciones. Se notaba que algunas las conocía y sabía algo de la letra y otras las intentaba seguir con mucha entrega. Ella no dejaba de bailar y mirarme. Parecía no fijarse en ninguno de mis compañeros (tampoco quiere decir nada, la atención va normalmente al cantante). Nuestras miradas coincidieron varias veces, su sonrisa era simplemente embriagadora. Yo le correspondí con un par de sonrisas pícaras mientras mi voz y mis manos estaban en otro plano. Terminó el concierto, fue intenso, emotivo, divertido y la gente nos demostró su admiración. A punto de terminar la última copa después del concierto y deseando caer en la cama del hotel apareció de la nada y me abrazó diciéndome lo mucho que le había gustado la actuación. A penas fue un minuto de conversación, se vio interrumpida por algo que no recuerdo bien. Al rato volvió buscándome y propició que nos quedásemos alejados a varios metros del resto de la gente y continuamos nuestra conversación. En ningún momento hubo insinuación sexual por ninguna de las partes, pero nuestros ojos parecían entenderse muy bien. Nos contamos lo típico, que si estudias o trabajas, que si soy de no sé dónde pero vivo en tal sitio, que si aparentas ser más joven o tú más mayor. Yo 32 y ella 21. A las 7 de la mañana recibí una llamada que me devolvió a la realidad como un látigo. Me alejé un poco para hablar por el móvil. Después de colgar y agobiado por el día siguiente que me esperaba (pocas horas de sueño, dejar los bártulos en el local, y conducir 600 km) me despedí de ella diciéndole que me había encantado conocerla y que le deseaba lo mejor. Pude notar en ella una pequeña desilusión, que supo ocultar y manejar con maestría y me dijo que a ver si coincidíamos en otro concierto algún día de estos. La vi alejarse sola a través de un mar de vasos de plástico aplastados y botellas caídas mientras en mi interior atronaban sensaciones opuestas, sabiendo que jamás nos volveríamos a cruzar. Cómo me hubiera gustado otro final. Pero el deber era el deber. Durante las pocas horas de sueño de las que pude disfrutar soñé con ella. Cuando me desperté me sentía bastante aturdido y confuso. Ya en el coche intentaba recomponer nuestra pequeña anécdota, la sucesión de los hechos, los temas de conversación. En algunos momentos durante el largo viaje me costaba recordar su cara con exactitud y eso me perturbaba. Quería mantener su imagen intacta en mi cabeza. Mi intuición me decía que había conocido a un ser maravilloso, puro arte humanizado. No se trataba de una chica despampanante, con medidas perfectas y rebosante de morbo sucio, si no de una persona con un aura especial, con una hermosura en su facciones que me hacía tambalear, una piel tersa y morena que la hacía deliciosa, una sonrisa de inocencia y sensualidad y un cuerpo pequeñito como esculpido por los ángeles. Aquello no se trataba de una oportunidad perdida de tener sexo, aquello era amor a primera vista.

Una vez en casa y haciendo de tripas corazón por reengancharme a mi vida real parecía que se iba disipando levemente toda aquel desvarío. Jamás me había sentido tan cansado cuando me metí en la cama e intenté conciliar el sueño. Imposible. No podía dormir. Todo aquello iba ganando intensidad a medida que daba más vueltas en la cama. Al cabo de dos horas de pelearme con el edredón decidí levantarme e ir a mi modesto estudio, agarré la guitarra y compuse una canción, música y letra en apenas treinta minutos. La toqué varias veces mientras me transportaba a su lado y me imaginaba cómo sería estar con ella. De hecho en eso se basaba la letra de la canción. De la imposibilidad de llegar a tener esa relación. De dar rienda suelta a mi imaginación. De recrear una segunda realidad a su lado. De intentar saciar de alguna manera las ganas y la impotencia. Jamás nada ni nadie me había inspirado de aquella manera, con tanta intensidad, con tanta celeridad. Jamás había dado tanto a nadie en tan poco tiempo. Hice un nuevo intento por dormirme. Fallido. Me costó otra hora larga conciliar el sueño. Hasta que me desperté aquella canción estuvo nadando por toda mi mente.

Al día siguiente preparé todo el material de grabación y compuse el resto de instrumentación, grabé todos los instrumentos y la voz, mezclé las pistas y estuve escuchando la canción terminada durante horas. Pero no me sentía pleno aún. Aquello no me sació del todo, estaba incompleto y faltaba algo… que ella la escuchase.


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