ENVEJECIENDO. TERCERA Y ÚLTMA PARTE

Por Claudia Arbeláez
Enviado el 07/09/2013, clasificado en Reflexiones
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Hemos hablado tanto del pasado en nuestros eventuales encuentros, insistimos en aquello de “recordar es vivir”, pero siempre nos preguntamos si vale la pena detenernos en cosas que han escapado y a la vez respondemos con otra pregunta, cómo no hacerlo, ¿verdad? Cómo olvidar las tardes frías cuando bajo la mesa de aplanchar la abuela tendía la ropa de cama para tener cerca de sus pequeñas nietas, coser y cantar. Cómo olvidar esos pequeños días cuando no era importante hablar del futuro y simplemente nos dedicábamos a vivir sin muchas pretensiones. La escuela, los carros, las rondas infantiles, la pelota, las muñecas, las casitas, los postres, el campo, la silla mecedora del abuelo donde nuestros pies colgaban, la Navidad...

 

La Navidad ¿recuerdas? Encender las velas en las aceras, caminar por todas las calles y las afueras de la ciudad buscando la luz perfecta, el árbol más grande, los pesebres, los cantos y villancicos, la noche tan esperada ¡Hemos crecido tan rápido!

 

¡Ay amigo cómo pasan los años! tan lejos uno del otro cuando nos prometimos tantas cosas. ¿Volverás pronto? Tal vez vayamos al circo; comamos algodón y demos maíz a las palomas en el parque, reiremos como siempre, te lo prometo. Iremos de pesca, te mostraré el valle de alelí, subiremos en los juegos mecánicos y ganaremos nuevos boletos para soñar.

               

Querido Anselmo, en la última carta me preguntas para quién lo hago y cuán importante es escribir, por qué persisto si duele tanto. Ya te lo dije un día, escribo para ti, para mi pequeño mundo, además temo decirte que me es muy difícil entender qué hay detrás de estas palabras, tal vez me impulsa el desconcierto que a veces me encarcela, la imposibilidad de enfrentarme a muchas situaciones, eso es, escribo para liberarme de estas pequeñas derrotas. Escribir se ha convertido a mi edad en un ejercicio del alma, una búsqueda incansable que sólo acabará cuando en un descuido me asalte la muerte, mientras tanto seguiré cosechando palabras para ti, para mí y para el universo.

 

Ayer volví a la laguna, los rayos del sol se infiltraron por entre las ramas y llegaron a rozar el agua cristalina que apuntaba con sus brillos al cielo y recordé las veces que de pequeños nos descubrimos jugando sobre el pasto, buscando hormigas y saltamontes. Otra vez jugando a ser grandes.

 

 

Próximamente será Navidad, ¿vendrás a vernos? Es una oportunidad para regresar al estanque, escalar montañas, tirar piedras al río y luego correr por la orilla para alcanzarlas. Te extraño tanto como a los días, las tardes y las noches en el campo, donde era posible soñar sin ser visto.

 

He vuelto a la casa rosada, el árbol que con que solíamos jugar está en el mismo lugar, la próxima vez quisiera tomarle una foto para el álbum de los recuerdos y espero que esta vez no me juzgues por lo que hago, es bueno tener una imagen de los buenos ratos, sobre todo si son de una linda infancia. 

 

¿Sabes? Todavía le temo a la oscuridad y a manera de confesión déjame decirte que me aterra la soledad, tal vez porque me deja un espacio y un tiempo para la confrontación y creo que para muchos de nosotros es difícil ver nuestras almas desnudas y descubrir nuestros demonios, debilidades y perversiones.

 

Cuando vuelva, quisiera almacenar cascabeles como antes, seguro recibiré el calor que la tarde me quiera ofrecer y cuando por fin esté contigo desempolvaremos recuerdos, tomaremos la autopista acogiendo el reflejo de los autos en nuestras ventanas, cruzando seguidos por la luna hasta llegar al hogar.

 

Espero que me traigas nuevos cuentos, ¿recuerdas las historias de los campesinos? Las brujas, los duendes, las leyendas, las apariciones y ruidos de media noche, los castigos, la tierra que se abría para tragarse a los hijos desalmados. No olvido las maldiciones y maleficios, el retorno a casa después de intensas lluvias desbastando lejanas cosechas y al día siguiente un sol borrando cualquier zozobra.

 

Si nos queda tiempo desandaremos nuestros pasos por las calles coloniales, porque sé que querrás volver al pueblo, visitaremos a los amigos de siempre, Ah! Te hablaré del amado.

 

Volví a la casa de mi infancia, quiero decir a una de ellas, ya creo que todas lo fueron y no llegaste.

 

Tomado de: Vecindarios


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