Por la boca no se muere

Por Rubén Camacho Zumaquero
Enviado el 13/05/2011, clasificado en Intriga / suspense
2252 visitas

Marcar como favorito

POR LA BOCA NO SE MUERE

No entiendo por qué la gente no me cree cuando digo que yo no la maté. Por más que me esfuerzo en declarar la verdad, ellos permanecen incrédulos, como ausentes de este juego de lógica que consiste en atrapar al asesino. Porque yo, indudablemente, no la asesiné. No acabé con ella en el piso esa mañana, ni la golpeé en la cara ni la estrangulé con mis propias manos, como todos dicen. No niego que eso sucediera, por supuesto, pero insisto en que yo no lo hice. ¿Había huellas? No, no las había. Claro, ellos siempre buscan excusas a todo para conseguir pruebas falsas, para convencerse a ellos mismos. Decían que en su cuello había restos del la misma tela que en los guantes con los que yo solía salir por la mañana a hacer la compra, pero, ¿cuántas personas visten con guantes? ¿Acaso no era cierto que yo estaba haciendo la compra esa mañana? Me vieron los comerciantes, los vecinos, el camarero del bar, e incluso aquella anciana que cada día paseaba arrastrando al perro. Todos ellos me vieron paseando, con mis guantes puestos y con un par de bolsas de la compra en mis brazos, pero claro, no podían pensar que venía del súper mercado, como cada mañana en esos últimos días, no, tenían que pensar que volvía a casa, donde estaba mi novia muerta, asesinada por mis propias manos. ¿Por qué no pensar en que alguien había entrado mientras yo estaba fuera? Son tan ridículos, con sus falsas estrategias y sus cobardes acusaciones, que me hacen sentir más pena que ira. Por si no fuera suficiente, insistían en que no era mi novia, que tan sólo nos estábamos conociendo. Bien es cierto que estábamos pasando unos días en el piso de su hermana mientras ésta estaba de viaje, y que nuestro compromiso real aún no había llegado, pero diablos, llevábamos ya meses conociéndonos, nos habíamos besado, nos habíamos confesado amor, habíamos pasado noches juntos. Cualquier pareja de seres humanos, sensibles y abiertos al amor, ya estarían comprometidos. No sé qué culpa puedo tener yo de que ella fuera una indecisa, una cobarde, y que aún no estuviera segura de quererme lo suficiente, cuando yo no hacía más que complacerla. Incluso, llegó a acostarse con otros hombres en ese intervalo de tiempo, y me acusan a mí de culpable y malnacido, ¡a mí!, que sólo la hice bien. Pero no se equivoquen, yo no la mataría por estas razones. En definitiva, miles de personas conocen mi rostro y me desean la mayor de las crueldades, todas mis amistades me han rechazado, mi familia me desprecia, y ella, la mujer a la que quería, con la que quería formar una familia y un futuro... se pudre ahora con unas marcas de dedos en su cuello, marcas que, subrayo, no fueron provocadas por mí.

Tampoco comprendo por qué ustedes piensan que yo la maté. No entiendo qué motivos tienen para creerlo. ¿Se trata de mi rostro? ¿Mi personalidad tan reservada? Vamos, sé que puedo parecer brusco, hostil a veces, pero eso no me convierte en un asesino. Sin duda ustedes me han juzgado viendo en mí sus peores miedos, usándome como cabeza de turco para así pensar que las cosas están bien, que todos están a salvo, que el auténtico asesino está entre rejas, pero no, yo no lo hice. Alivien su conciencia así si quieren, pero en realidad sólo encarcelan a un hombre inocente, que podría haber amado de nuevo a otra mujer, a una más segura y que me amara incondicionalmente, con fidelidad, no como ella. Podría haber formado una familia, tener hijos, criar perros, todas esas cosas que ahora no podré hacer jamás, porque cuando salga de aquí seré demasiado viejo y todos recordarán mi rostro. Todo a causa de una mentira.

Díganme, ¿por qué habría de decirles lo que quieren oír? ¿Por qué tendría que decirles que yo la maté? ¿Para aliviarles? ¿Es su mezquino alivio más importante que la libertad de un hombre inocente? Cuando hablé con su hermana le dije que yo no la había matado. Se lo dije, fui franco, no, Laura, yo no la he matado. No siento pena por su muerte porque me hacía muy infeliz, no me quería tras tantos meses de romance, pero no la maté. También se lo dije así a mi familia. No, no la maté, no he sido yo. Ha debido ser otro. Un ladrón. Un impostor. Quizá un viejo amante, sobre todo por lo muy promiscua que era. Una mujer así, tan arpía, debería tener docenas de enemigos. Un enemigo que vistiera con mis mismos guantes y experto en abrir puertas sin forzar la cerradura, pero no yo. Se lo dije así a la policía, y no me creyeron. Al juez se lo dije bien claro: yo no la maté. No, no y no. No comprendo por qué ustedes no me creen cuando digo que yo no la maté. Y sobre todo: no entiendo por qué creen que debería confesar. Y si lo hubiera hecho... ¿por qué decírselo a ustedes?

rubendesvandelasletras@yahoo.es

http://rubencamachozumaquero.wordpress.com

http://sobreperrosyperegrinos.blogspot.com

http://www.eldesvandelasletras.com

http://www.ameliteraria.com


Compartir el relato

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Ellas buscan... MiPlacer.es
TvReceas - Videos de recetas de cocina Haz tu donativo a cortorelatos.com