EL AVIADOR

Por Aurokundala
Enviado el 10/11/2013, clasificado en Varios / otros
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Leonardo el aviador buscó un punto en el mapa en que apoyar sus sueños de perfección espiritual. Se empecinó, a fuerza de mirar el mundo desde las alturas, en comprobar sobre sí mismo algunas teorías que por mucho tiempo lo hicieron desvariar y lo tuvieron al borde de perder el juicio, teorías incomprensibles que rozaban la locura y eran desquiciantes, sí, pero que no por eso dejaban de tener un peso bien definido y excesivamente real. De hecho algunos cambios en su vida fueron muy perceptibles y rápidos, como encontrar por fin un alma gemela para sus aventuras, una mujer que sin pedir nada lo salvó del círculo vicioso enfilando ala con ala rumbo a ese extraño lugar del mapa, un oasis increíble que nunca nadie había visto y cuya virginidad fue por siglos prácticamente inviolable. También su manera de pensar sufrió severas mutaciones, como comprender de súbito que la hermosa aviadora sería su maestra fugitiva, y que con el tiempo llegaría a ser mucho más que eso, un pacto de amor que le mostraría el inicio de una elevación biológica para toda la especie, una verdadera evolución genética, la cumbre de un árbol solar, y todo lo soñado, las visiones, los espejismos, recobrarían su sentido místico y la evolución se llevaría a cabo con la fluidez necesaria.

 

Por lo pronto, Leonardo era uno con su máquina. Arriba de las nubes su vida personal desaparecía tragada por el cielo, y eso era para él la cúspide del gozo total, el nirvana, el paraíso interior del que muchas veces se jactaba en silencio y que nunca pudo definir con palabras. El avión mismo era como otra parte de su cuerpo, un manojo de fierros engrasados sin los cuales no sentía la sangre en sus venas ni la presión de sus músculos. No volar era para él un poco como morir. Su vida en tierra se le aparecía opaca, desprovista de emociones y vacía de pensamientos, una realidad descolorida que era preciso dejar atrás lo antes posible, ojala al amanecer, cuando la atmósfera recién empezaba a brillar bajo los rayos del sol.

 

Leonardo no se lamenta por no haber encajado bien en su época, por no haber hecho vida social, por no haber estado disponible. Al principio la mayoría de la gente pensó que estaba loco, porque no llevaba una existencia predecible y no se afirmaba en rutinas innecesarias, y además era muy introvertido, cualidad que muchos confunden con orgullo y engreimiento. Nadie sabía quién era este aviador más bien parco y solitario, ni cómo empezaron a surgir esas leyendas que lo vincularon con brujos que se transforman por la noche y recorren el territorio con sus presencias. Sólo se puede atestiguar que su pasión era tanta que terminó costándole la vida una noche en que la luna mal alumbraba y no era posible distinguir las montañas de las nubes. ¿No es cierto que hasta los maestros pueden llegar a ser imprudentes? Su muerte fue tan inesperada que dejó a muchos al borde de la zozobra, a su esposa y a sus hijos, pero especialmente a sus padres, que no resistieron el duro golpe y se fueron juntos de esta tierra, sumergidos en sueños nebulosos, un poco antes del amanecer. Hoy reposan en el cementerio municipal, abrazados, según dicen algunos.

 

Y aquí podría terminar la historia, si lo razonable no fuera siempre la parte más pequeña y menos interesante. Sucedió que siete años después de la trágica muerte del aviador, empezaron a aparecer los famosos libros firmados con su nombre, gruesos volúmenes que  relataban sus aventuras y revelaban al público un extraño conocimiento adquirido por sabios que, según se dice en círculos muy restringidos, aún viven en un lugar extraordinario y secreto. Como era de esperarse, algunos de sus más cercanos sospecharon que se trata de un truco editorial, y acuden con suma prepotencia a poner el reclamo en las oficinas de venta.  Muy pronto se desatará una fuerte discusión en el pasillo ocho, las secretarias ejecutivas se quedarán mudas de espanto y con los ojos fijos en la puerta de la oficina de gerencia. Sin embargo, el agente editorial en persona se encogerá de hombros y les dirá a esos familiares del escritor, que cualquiera puede usar cualquier nombre no sometido a derechos de propiedad intelectual. “No hay nada que no esté en regla en esas publicaciones,” les espetará con disimulada sorna, “de modo, caballeros, que no les queda otra que ponerse a leer y averiguar si el que ustedes conocen es el mismo que escribió los libros.” Dicho esto un hábil vendedor les ofrecerá con suma cortesía una rebaja considerable por los cinco volúmenes y la promesa de olvidar el desafortunado incidente una vez firmada la boleta. Al deshacerse así de los inoportunos, el astuto vendedor sabrá que vuelve a ser motivo de elogios en su exitosa oficina, la más vendedora de todo el departamento.

 

Y felizmente todo se resuelve de manera más bien pacífica. “Muy bien hecho, Samuelín,” le dice al agente un hombre alto y elegantemente vestido, el dueño del boliche, según la opinión de muchos. “Me gusta tu estilo, muchacho, ya vas a ver como marcas escuela en esto de las ventas editoriales.” Su voz gutural y mal impostada resulta muy desagradable de oír, y el agente tiene que hacer esfuerzos para no fruncir el seño. “¿Y cómo está nuestro hombre, Samuelín?” En este punto el agente se pone a funcionar con piloto automático y responde lo de siempre, que no se sabe con certeza el lugar de residencia del autor del libro más vendido de los últimos veinte años, que es sólo un aviador desconocido y que se encuentra muy enfermo. “¿Enfermo?” Esto último parece afectar mucho al jefe, quien se siente obligado a preguntar si cree que alcanzará a escribir otro libro antes de morir. “Jefe,” le responde con suspicacia el agente editorial, “usted sabe que él ya está muerto ¿o si no por qué cree que se vende tanto?”


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