"Me llamaba luna"... segundo capítulo

Por Hipnótico-Hipnosis
Enviado el 01/02/2014, clasificado en Terror
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A la mañana siguiente todo se nubló extraño: él no sonreía, estaba sumido en una apatía que me dejaba con media sonrisa. No sabía si acariciarle o preguntarle qué pasaba. Tal vez era por el cansancio, ya que hoy nos iríamos de nuevo a otra ciudad. Era increíble ver tanta majestuosidad pero estábamos cansados de tanto caminar. Fuimos a tantos sitios e hicimos tantas cosas, que creí que se nos acabaría el dinero solo en ese primer trayecto del viaje. Algo imposible, ya que llevamos los ahorros de todo un año para el gran viaje. Pero bueno, como decía, en una hora nos Íbamos a “la ciudad de los árboles", Senday y su capital, Miyagi. Allí nos quedaríamos cuatro días y nos íbamos a relajar más que en Tokio. Esta vez planeamos algo mejor el recorrido y quedaba bastante tiempo para el descanso y las largas charlas entre los dos.

Llegamos a un enorme hotel y el día era el más caluroso que todos. Gracias a dios tenía una piscina y servicio "todo incluido". ¡¡¡Me encanta ser turista!!! ¡¡¡Ja, ja, ja!!! Comimos y nos tumbamos en las toallas cerca del agua fría. Ya notaba una delicada sonrisa en él y empezó a hablarme: ¡¡¡ Luna, ¿no estás harta ya de todo?!!! Un momento, espera, ¿a qué vino esa pregunta?, ¿no se lo pasaba bien conmigo?, pensé. ¡¡¡ En serio Luna, contéstame!!! ¡¡¡ ¿No estás harta de que tu vida sea siempre lo mismo?!!! Yo solo le miré, me reí y le dije: ¡¡¡ ¿has visto que día tan perfecto?, vayamos al agua!!! El camarero se acercó, nos ofreció unas bebidas y sonrió a mi novio de una forma que me dieron celos. ¡¡¡ No gracias, estamos bien así y casi ya nos vamos!!! Le dije. Mientras íbamos al hall del hotel, se divisaba como el camarero seguía mirando hacia donde estábamos. Yo me reí y le dije: ¡¡¡ tienes al camarero loco por tus huesos eh!!! Él solo miró hacia el suelo y siguió su camino sonrojado. Le seguí haciendo bromas por un rato, hasta que me respondió: ¡¡¡no tiene gracia, ¿ok?!!! Y se acostó en el sillón de la habitación. Después de esa tarde, no le volví a decir nada. Volvió la seriedad en su rostro y por consecuencia, al mío. Vimos una película echados en la cama, abrazados pero distantes. Sin dedicarnos ni una mirada de complicidad, hasta quedar dormidos, separados y dándonos la espalda.

A la mañana siguiente me desperté y me encontré sola en la cama y un mensaje en la almohada que decía: ¡te espero en la piscina, no aguantaba el calor! Me duché y bajé las escaleras hasta la piscina pero no le encontré. Fui al restaurante y tampoco. Pregunté por él en el Hall y nadie sabía nada. Así que me fui a la piscina de nuevo para esperarle. Me quedé casi dormida, cuando, con los ojos entreabiertos, le vi salir de la caseta de urgencias y me asusté. Me levanté y al intentar acercarme a él, vi como el camarero que tanto me enfureció el día anterior, salía detrás de él componiéndose su ropa de trabajo y acercándose a él.

Me acerqué más y el camarero, sin haberme visto aún, le agarró de la cintura y besó su cuello con lo que casi me desplomo. ¡¡¡Qué estaba pasándolo!!! Llegué donde se encontraban y pude llegar a oír que el camarero le agradecía aquel momento de sexo. ¡¡¡ ¿Sexo?!!!. ¿Qué estaba pasando?, ¿me dormí y es una pesadilla? Esas cosas a mí no me podían pasar: a mí no. La relación más larga que he tenido y por la que más he luchado, se evaporaba delante de mí. Me había convertido en la novia perfecta: fiel y comprensiva. La que apoyaba cada proyecto de vida que tenía su pareja. No daba crédito a lo que mis ojos habían visto.

Corrí sin mirar atrás. Tropezaba con todo: con las chicas de limpieza que salían del hotel; con personas en el hall y hasta con mi propia alma. Me notaba desvanecer a cada paso que daba. Por fin llegué a la habitación y, mientras las lágrimas caían de mis mejillas, mi ropa se agolpaba en una pequeña maleta de mano. ¡¡¡ Esto sí que no me lo esperaba!!! Grité una y otra vez. Agarré todo lo que pude y en ese momento entro él... ¿Qué haces Luna?, ¿por qué lloras? Yo, en una simple mueca de odio le dije todo, agarré mi maleta y me fui de la habitación, mientras el gritaba improperios por todo el hotel. Al salir fui hasta el primer taxi que vi a las puertas del hotel, me subí y me fui sin mirar atrás. Recorrí más de dos horas, cuando le dije al taxista que parará: ante mi cuerpo destrozado, una bella playa silenciosa y sin nadie cerca. Había llegado a Miyagi, la última parada que deseábamos ir. Me senté en la arena y solo podía sentir rabia por lo que me había pasado. Mis lágrimas no paraban de recorrer mis mejillas, haciéndome sentir más frágil que nunca. Pero en un minuto me perdí en la inmensidad del océano que había ante mí... me sentí insignificante ante tanta majestuosidad y en un abrir de ojos vi que algo caía en el horizonte... Una mancha negra caía en el mar y en cuestión de segundos el agua emergió como un gigante sifón y una nube de color blanca nublo mi vista. Solo me acuerdo que una enorme ola de calor se acercaba a mí hasta que quedé inconsciente.

Desperté al anochecer, con lo que había pasado muchas horas en el mismo lugar: estaba empapada, cubierta de arena y rodeada de peces muertos. No entendía nada pero deseaba hacerlo. Me levanté con las pocas fuerzas que me quedaban y me dirigí al centro de la ciudad. Mis ojos no podían creerlo, la ciudad estaba desolada: ni un edificio estaba en pie y solo se escuchaban alarmas de edificios y llantos de personas. ¿Qué diablos está pasando?, ¿por qué toda esta gente estaba hincada, llorando entre escombros? Algo fatal había ocurrido y no era consciente de la gravedad.

Corrí entre lamentos, tanto que me empezaron a doler las piernas. Oculté mi suciedad con una manta roja que encontré en una parada del autobús y me escondí entre la multitud del tren que iba hasta el centro de la ciudad.

Al llegar a la terminal, busqué desesperada como llegar al hotel donde nos hospedábamos y no entendí nada. Solo un zumbido incesante, penetraba mis oídos hasta mi propio cerebro, aturdiéndome. Intentaba hablar pero algo áspero tiraba de mi lengua hacia atrás y me impedía hablar. La gente me miraba extrañada y evitaban el contacto: olía mal y mi ropa estaba desgarrada.

Después de caminar hasta el cansancio vi un supermercado a lo lejos, corrí hasta el escaparate quebrado y me introduje en el local. Había poco que llevarse a la boca: la gente desesperada asaltó cada local del centro, para evitar que el hambre llegará a sus vidas. Había muchas personas dentro, metiéndose en sus ropas, todo lo que encontraban, sobre todo comida enlatada. 


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