¿Eres tú?

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Enviado el , clasificado en Terror / miedo
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A quien lea esto, le ruego, le suplico: abandoné la casa de inmediato. Llevé, si así lo desea, esta polvorienta hoja de papel consigo, (que luego ha de quemar si quiere sobrevivir), pero ha de abandonar la casa inmediatamente.

    Ruego por su propio bienestar que atienda esta desmerecida exigencia mía, mas, mire, se lo suplico por su bien. Véalo de este modo: si nada ocurre aquí, en este lúgubre recoveco de impávido terror que ha sido como una prisión para mí por cerca de una semana, no tiene motivos para permanecer por más tiempo en el interior, empero, si cree que puedo tener razón en pedirle que se vaya ahora, abandoné la casa. Crea en mí o no, aléjese todo lo que pueda de este sitio, no, (si no cree en mí), por temor a lo que pueda morar en este lugar, sino por respeto a la última voluntad de un difunto.

    Espero que ahora esté afuera y lejos de la casa, lea con cuidado, en voz baja y en una habitación bien iluminada (si-está leyendo una transcripción del documento original no debe preocuparse) lo que bien podrían ser los desvaríos de un hombre que se ha vuelto loco. No confíe en esto último pues no conozco ningún tipo de locura que pueda volver tan loco a un hombre.

    Del dinero se dice, que, por su carácter, atrae a la muerte, y yo la atraje a mí un 17 de julio, el día que contraje nupcias con una maravillosa muchacha de cabello castaño, piel pálida y vivaces ojos verdes. Mas, rememorando aquel día y la alegría que me anegaba mientras en el altar pronunciaba mis votos, no puedo sino sentir asco y horror, asco por ella y esa sucia sonrisa suya, llena de secretos; y horror por lo que ocurrió después. De esta muchacha cuyos ojos parecían tan inocentes, cuyos labios parecían incapaces de maldecir, cuyo aspecto general recordaba a los ángeles del cielo por su clerical haber, descubrí que mentía y que mentía en todo. Primero, solo tenía leves sospechas al respecto, cuando al mirar bajo sus ropas y ver las cicatrices descubrí que había parido y, al interrogarla al respecto confesó haberlo hecho diciendo que el niño había muerto, mas, cuando le inquirí acerca de porque no me lo había contado, y que, si no creía que eso podría importarme, decidió abandonar el lecho alegando que eran demasiadas preguntas, y que si era ella mi esposa o mi prisionera. Decidí olvidarlo concluyendo-que para ella sería demasiado difícil hablar de la pérdida de un hijo. Pero había más: estaban esos extravagantes viajes que ella realizaba de tanto en tanto a la capital, las cartas que le llegaban mes con mes y-que ella me decía que eran de una amiga, la sensación, en la intimidad, de que fingía solo por complacerme.

    Y un-día, paranoico, mientras ella se encontraba en uno de esos viajes a la capital que parecían no tener motivo pues sus padres, o eso-me decía ella, habían muerto cuando ella apenas tenía cuatro años, decidí leer una de las cartas que le habían llegado recientemente y que ella siempre ocultaba entre las hojas de un polvoriento libro.

    Amor mío, decía, yo y tus hijos te extrañamos, ven a vernos pronto. Y al pie de la página la dirección de una posada en la capital. Por un momento no supe que hacer, contrito, como estaba con aquel engaño, y entonces, invadiéndome la rabia tomé todas las cartas y cotejándolas, descubrí que todas-eran similares y que coincidían totalmente con las fechas de sus viajes a la capital, cambiando únicamente, la dirección al pie de página. Todavía más, descubrí que se intercalaban con recibos de retiros de mi cuenta bancaria, y que, no me lo creía, casi-toda mi fortuna había desaparecido.

    Pero eran las dos primeras palabras de cada carta las que atraían mi atención: Amor mío, siempre, sin excepción, amor mío. Y en esas-dos palabras cavilaba mientras escondía de nuevo las cartas y los estados bancarios, y mientras cargaba mi viejo revolver una y otra vez imaginando que con esas balas mataba al desgraciado que llamaba, amor mío, a mi esposa.

    Finalmente, un día, después de pensar un plan, por las fechas en que ya debería recibir otra carta, le mentí diciéndole que debía abandonar el país unos días y que estaría fuera como mínimo una semana. No salí del país, más bien me alojé en una posada que, lo suficientemente lejana a mi casa como para impedir que me vieran, tenía una vista clara de ella, y así esperé, bebiendo y mirando por la ventana, acariciando el revolver entre mis manos, por cerca de dos días y, cuando-ya creía que no vendría, apareció ante el dintel de mi puerta el maldito. Embriagado, tanto literalmente, como de triunfo, arribé a la casa empuñando bien firme el arma, e, introduciéndome sigilosamente, subí las escaleras, solo para ver a mi esposa siendo tomada por otro hombre en mi propio lecho.

    Entonces, lee ahora atentamente, los asesiné a ambos sin contemplaciones en ese preciso instante y no me arrepiento de ello. En aquel momento solo podía sentir rencor y rabia, no sentía ni un mínimo de empatía por los, me torturo a mí mismo por ello, hijos que mencionaba la carta.

    Aquel día, cometiendo un error, di por terminado el asunto y creyendo que lo peor ya había pasado, los enterré a ambos en el sótano, cavando con ironía una sola tumba para que, desnudos como estaban compartieran la eternidad, queme sus ropas y las sabanas y decidí que nadie se daría cuenta de la desaparición de mi mujer y su amante. Sellé con concreto la tumba, procurando rellenar todo el espacio, y posteriormente construí, ahí donde antes estaba la puerta de la cripta, una gruesa pared de hormigón de modo que nada que estuviera fuera pudiera entrar.

    De lo que a continuación relato, puedes-creer todo o nada, pensar que me volví loco, o que estoy confundido, no busco tu aprobación, ni que me des el visto bueno a una historia que cuanto menos para mí es real. Tampoco busco tu absolución ni que reces por mi alma, no quiero otra cosa, que terminar por fin con mi vida y escapar de esta pesadilla. Es tu decisión, pues ya no está en mis manos, el continuar leyendo, no puedo transmitir el horror que ahora mismo me anega, pero si puedo intentarlo y puede que no te guste descubrir esto que juro, es real.

    Aquella noche, exhausto como estaba por el día de trabajo pesado, caí dormido en cuanto mi rostro rozó la almohada y entre extraordinarias-pesadillas, extravagantes sensaciones que creía, sentía en realidad y aquel frío que recorría mi piel no podía hacer sino mirar las horas pasar, incapaz de dormir en realidad. Ya cabeceaba de nuevo, al borde de otra pesadilla, cuando el sonido de algo que se mueve me aspaventó: el arma se había caído de encima del buró y había resbalado hasta debajo de-la cama, pero… con qué horror comprobé, al inclinarme en su dirección, que estaba recubierta de concreto, yo la había…

    Azotándose con esmerado estrepito, se cerraron las puertas y ventanas. Y tras las paredes, el ruido de uñas…


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