FARALLONES 1ª Parte

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- Bien, bien, pues estamos llegando, amigo… estamos llegando – Se dirigió al cuerpo abajo, que tiritando pudo ver la frase salir de su boca, envuelta en un gélido vaho. Éste parecía seguir consciente – Sí, ya las veo ahí delante, los Farallones, ¿ves? - Continuó, aspirando una calada con un pie en la borda. El asesino, pensativo observando el horizonte en la neblina de la noche, susurró: «Siempre están hambrientos».

El bote de la estación de San Francisco de la USCG, la Guardía Costera norteamericana, había salido de la isla YerbaBuena bien pasada la medianoche, cuando el termómetro ya había roto la frontera de los cero grados de una patada en la puerta. Esa madrugada alcanzaría los menos quince, posiblemente. Las claras como ésta eran unas perras, nadie podía esconderse del mordisco de la Luna en el vacío artificial. Dos hombres, antiguos amigos, iban en él. «Que sepas que el mar nos permite pasar», creyó oir el moribundo, aunque no estaba seguro que no hubiera sido su cabeza, la voz de su padre, quién sabe si alguna voz ya... Juraría estar contemplando jirones de nubes como hojas de árboles árticos reflejados en los charcos del suelo de la embarcación. Tanto frío no podía ser posible, pensaba, con la ropa empapada pegada al cuerpo aterido. Un viento congelado arrancaba espasmos de su pecho y entreabrió los ojos con pánico buscando situarse con las estrellas, pero estaba demasiado aturdido. Un rastro de sangre semiseca cruzaba su ceja derecha como la hoja de un puñal. Cerraba con sus piernas los puños en un miserable intento por conseguir inyectar calor en su piel. Le habían arrancado sus pantalones chinos y su abrigo,ambos beige, y los habían tirado a un lado de su rodilla ensangrentada, hechos una bola oscura que apestaba a sangre y meado. Le quedaban los calzoncillos y una camisa oscura contra el puñal del agua y el frío, una batalla cruel y desigual. Por la velocidad constante de la patrullera, supo que habían salido de su área de jurisdicción marítima, en la bahía. La tétrica mole de Alcatraz pasó a su izquierda. Iban en dirección a Point Reyes.

- Jim, Jimbo, despierta - El hombre uniformado, enorme con la pelliza reglamentaria azul marina ensalzada por el escudo oficial del cuerpo de salvamento, le sacudió - Vamos, Jimbo, es la hora - El oficial intentó incorporarle, y agarrándole por el cuello de la camisa consiguió dejarle medio sentado en el borde de la lancha. Le echó una mirada como de lástima siguiendo la cabeza caer pesada a la izquierda soltando saliva. Se estremeció al despertarse e intentó decir que tenía frío. No pudo. Notó apagarse el motor con un ruido amortiguado que hizo que la barca se balanceara unos segundos. Jim intentó fijar su mirada en una sola estrella, la del Norte. Su cabeza iba y venía como un misil entre imágenes de su vida, todas de niño; Cuando se enganchó con Eva en la parte trasera de aquel camión en marcha que luego aceleró, y las magulladuras y las risas, la conversación con su abuelo, aquella conversación, reir sin poder parar en clase de Inglés con la señorita Williams tapándose la boca con el brazo apoyado en el pupitre… solo le invadían recuerdos apaciblemente felices de su infancia. Había tenido treinta y cuatro años de no poder quejarse, realmente. Y había hecho muchas cosas remarcables, pero en ese bote cuyo único cometido era salvar vidas, recoger náufragos, devolver la felicidad, solo podía ver imágenes de su niñez, en ese momento en que presentía el final. Fue consciente otra vez de sus manos y pies atados.

- Hagámos esto rápido, por tí y por mi, Jim – Su antiguo compañero en la Marina, su amigo, al que pensó que conocía despues de tantos años, de las barbacoas, de Irak y aquellas malditas arañas gigantes, le hablaba directo a los ojos desde sus imponente casi dos metros. Pudo sentir la determinación que mostraba acelerada por una crueldad, voracidad y pura maldad cuando remató la frase. - Vas a pagar por toda la mierda que has sacado, maldito hijo de puta, y vas a pagar con sangre, con dolor. No puedes pensar que joderme la vida, que joder a mi mujer y mis hijos, te va a salir gratis, una puta bala en la cabeza no empieza ni a valerme. Quiero verte sufrir, quiero oir tus gemidos y cuando te vayas al infierno quiero estar ahi escupiéndote en la cara mientras me abro una lata de cerveza, jodido pedazo de mierda- Jim, James Conloy, de treinta y cuatro años, natural de Omaha, en el llamado Corazón de América, graduado por la Central High School, el instituto con más solera de la ciudad, jugador del equipo de fútbol americano, condecorado en Irak por servir tres veces, casado con su amor de juventud, Leah, y padre de dos bellísimas criaturas, Kev y Jade, notó súbitamente como un gran sosiego le recorría todo el cuerpo e invadía su campo de visión, implacable oscuro sobre negro, sin ni siquiera la Luna para darle un último adios. Detrás de Sam, Samuel Horn, treinta y cinco años, rizos cortos mojados enmarcando una palidez ojerosa y una vida que había ido torciéndose desde que volvieron de la guerra, unas estrellas miraban a otro lado, calladas, culpables. Quiso hablar y perdonarle, su caja torácica intentó coger aire, impulso para echar palabras, voluntad para emitir un significado, girando la cabeza hacia la borda. No tenía fuerzas. Descansó fijando su vista en unas rocas allá lejos rodeadas de piqueros patiazules dormitando sin cobijo en la desnudez de las islas. La ausencia de vegetación, la extrema aridez que los vientos y la soledad alimentaban eternamente. No sentía dolor, solo paz. Solo paz… Beth le dio su primer beso, casi en los labios, y le impresionó su olor, que ahora mismo sentía como aquel día de sus ocho años en la calle treinta y dos, observando ensangrentado unos pajaros ateridos en unas rocas perdidas en medio del océano más negro que nunca vio.

 

 


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