Los meteoritos de Melchor.

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Estaba convencido que con aquella disposición de muebles no tardarían en llegar las visitas.

 

Melchor, eres un tío cojonudo. Te lo digo desde aquí. Y sin beber.

Era la última aproximación que había tenido con la chica (a la que esperaba como araña en red en su casa mediante aquella disposición mobiliar).

 

Lo último que le había pasado en materia sexual había sido mediante emolumentos. Tenía un mal recuerdo de la ocasión. Mal recuerdo monetario. No lo había pasado mal. Pero no era lo mismo. El mercantilismo de aquellas relaciones sexuales lo inundaba todo hasta tal punto que los amantes parecían entregarse, antes que otra cosa, a un ritual. A una función, a un compromiso. Era como el que lo hace para no olvidar.

En su mente llevaba la imagen de la chica. Pero se trataba de una relación por representación gestual. Se veían y se miraban. Lo de “Melchor… eres un tío cojonudo”,  lo había deducido, más que nada del contexto situacional. También hacía mucho caso a la astrofísica. Es como quien hurga en vísceras de aves como método de averiguación.

Melchor daba mucha importancia a la comunicación gestual. Más si cabe que a la estrictamente verbal. También era partidario de escudriñar el futuro y el pasado en base a la racionalidad. No creía en chismorreos. Era un racionalista, incluso antes que experimental. Estaba convencido de que la falsedad era el motor principal del mundo y que los intereses primaban antes incluso que la verdad.

Por ello, era también un iluso. En realidad, la muchacha cuyo acercamiento aquella disposición de muebles habría de propiciar, pensó una vez en él durante quince segundos por el año dos mil dos, durante la primavera, por San José. No había más.

 

Pero Melchor era un solipsista también, y estaba convencido de que aunque ella no lo supiera de una manera demasiado consciente, lo amaba profundamente.

Se sentó a esperar. Durante aquella tarde por el cielo pasó un avión, aletearon un par de pájaros y poco más. Iba a cerrar la persiana cuando un cuerpo celeste hizo su aparición. Se trataba nada menos que de un meteorito inundando la ventana con su luz, con su chisporroteo y todo al entrar en la atmósfera. Lo vio entonces claro. Era cuestión de tiempo de que sonara, con su voz- la de la muchacha- la campanilla del auricular.


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