LOS HERMANOS MAKILÍ (parte 1 de 2)

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El básquet nunca volverá a ser igual. Para mí es como si el deporte en general hubiese muerto. Sucede que a veces se contempla algo tan maravilloso, un suceso tan divino, que minimiza a cualquier otro evento deportivo anterior o futuro. Pero será mejor que comience mi historia desde el principio.

Soy fotógrafo deportivo, principalmente de baloncesto. Mi trabajo ha sido publicado en varias revistas y periódicos. No muchas, puesto que el baloncesto no era un deporte masivo en mi país cuando yo era joven. Al menos no lo fue hasta el momento en que debutaron los hermanos Makilí en el Atlético de Santa Fe.

Los hermanos Makilí vinieron de Camerún. Se trataba de gemelos; Eugene y Bunené. Eran idénticos, y habría sido imposible diferenciarlos de no haber sido porque Eugene usaba unas rastas más largas que las de Bunené, quien además las teñía de rubio. 

No se sabía nada acerca de su padre, pero la madre de éstos era conocida por todos, pues jamás faltaba a un partido; era una señora que no hablaba español y muchos decían que practicaba brujería vudú.

Con solo verlos un instante uno sabía que se dedicaban al baloncesto; parecían dos estatuas altísimas y delgadas, con marcados músculos tallados en ébano. 

El día en que debutaron en el club, el equipo venció a su rival por más de treinta puntos de diferencia. Fue justo en el aniversario de la fundación del Atlético de Santa Fe, el día en que cumplía cincuenta años, cincuenta años sin salir campeón, cincuenta años sin siquiera llegar a los octavos de final.

Recuerdo que les tomé una fotografía a los hermanos, uno a cada lado de su madre. Quise tomar otra, pero la señora comenzó a gritarme cosas que no comprendí, aunque tuve la sensación de que los improperios eran acerca de que mi cámara le estaba queriendo robar el alma o algo por el estilo.

La fotografía fue publicada en la tapa de la revista El Deportivo Ilustrado, y el editor le colocó la leyenda “Gemelos maravilla llevan al Atlético a una increíble victoria”.

La siguiente vez que los vi me agradecieron estrechándome la mano:

–Merci beaucoup –dijo Bunené, mientras Eugene sonreía mostrando sus dientes blancos.

Sentí que sus dedos me llegarían hasta el codo; sus manos eran enormes.

A partir de entonces no me perdí ni uno de sus partidos; ni yo ni nadie del mundo del baloncesto, pues verlos jugar era como volver a ser un niño que aún cree en la magia.

Los Makilí saltaban muy por encima del resto, dando la sensación de que jugaban contra un montón de enanos. Los compañeros de equipo también eran eclipsados, puesto que los gemelos se pasaban la pelota entre sí como si nadie más existiera en el mundo; como si el mundo fuese de ellos. No lo hacían por soberbia, ya que al momento de celebrar se abrazaban con los demás miembros del Atlético y le sonreían al público; en especial a las mujeres, pues los gemelos no perdían oportunidad de despertar las fantasías en las jóvenes curiosas que iban a verlos jugar en pantalones ajustados.

Saltos de ciento ochenta grados, de trescientos sesenta grados, giros de la tormenta…, sus piruetas aéreas eran dignas de los trapecistas del circo de los hermanos Sierpinski. Pero los africanos no solo eran hábiles en jugadas individuales, también lo eran por la manera en que se pasaban la pelota. En una ocasión se la pasaron una y otra vez a lo largo de la cancha mareando a los contrarios, para terminar volcándola con una fuerza que casi rompe el aro y el tablero.

–¿Pudiste contar los pases, muchacho? –preguntó un anciano a mi lado– Creo que se pasaron la pelota doce veces.

Yo no los había contado, pero tuve la sensación de que el viejo se había quedado corto con la cifra.

Los gemelos africanos se pasaban el balón con total facilidad; se lo pasaban por arriba de sus adversarios, por detrás de sus espaldas, picándolo entre las piernas de otros jugadores, y hasta había ocasiones en las que se lo pasaban en modos que no alcanzaba a comprender, solo me admiraba ante el hecho de que uno llevaba el balón hasta que de repente el otro lo tenía en las manos para encestarlo antes de que sus oponentes pudieran reaccionar.

Dos mil ochocientos sesenta puntos y mil cuatrocientas treinta asistencias después, el Atlético se había clasificado a la fase final del torneo; por primera vez en cincuenta años.

En la fase final los hermanos mostraron que tenían dotes aún ocultas, y jugaron mejor que en la primera etapa del torneo. No perdieron ni un solo partido, y pronto llegaron a la jamás soñada final, que sería contra el temido tricampeón: el Sportivo Saccheri.

En aquella época, y creo que hoy sigue siendo así, la final consistía en siete partidos. El equipo que ganase cuatro de ellos sería proclamado campeón.

Los tres primeros partidos se disputaron en Santa Fe, y el Atlético ganó como si se estuviesen enfrentando a un montón de enanos. Luego el equipo viajó a la ciudad rival y por supuesto yo, junto con miles de aficionados, los seguimos.

Era cuestión de ganar un solo partido más para proclamarse campeones, pero en el primer encuentro de visitante Eugene no apareció en el estadio. Cuando pregunté a uno de los jugadores, éste me dijo que estaba enfermo, que se había engripado. Fue un invierno muy frío, y los hermanos Makilí no estaban acostumbrados a temperaturas tan bajas.

Bunené estaba sano, pero no parecía estarlo. Una fuerte tristeza no lo dejaba jugar como lo hacía siempre, y no era ni la sombra de lo que había sido cuando jugaba con su hermano. Falló más de treinta lanzamientos, y en una oportunidad tropezó con la pelota para caer y golpearse el rostro contra el suelo. Ese día el Atlético perdió su primer partido en toda la temporada.

Tres días después el Atlético y el Sportivo se enfrentaron de nuevo, y Bunené fue tan o más patético que en el partido anterior. A los pocos minutos, luego de no convertir ni un tanto, salió de la cancha para no volver a ingresar. En un momento lo vi sollozar en la banca, y un anciano a mi lado me hizo un gesto con los dedos indicándome que le sacara una foto, pero de ninguna manera yo le habría hecho eso a mi amigo africano. Luego me enteré de que la salud de Eugene había empeorado, y que los médicos no sabían qué hacer para bajarle la fiebre.

En el sexto encuentro (tercero y último de visitante), Bunené no fue al estadio. Antes de iniciarse el partido el anunciador dijo que Eugene Makilí había fallecido la noche anterior. Se hizo un minuto de silencio, y luego la mitad de la gente abandonó el estadio llorando. Yo me habría ido, pero las piernas me fallaron cuando intenté ponerme de pie. No podía creer lo que le acababa de suceder a uno de los dos mejores jugadores de baloncesto que había visto en mi vida.

 

 

continúa en la segunda y última parte:

http://www.cortorelatos.com/relato/28294/los-hermanos-makili-parte-2-de-2/


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