LOS HERMANOS MAKILÍ (parte 2 de 2)

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Esa noche el Atlético perdió como acostumbró hacerlo durante las cincuenta temporadas anteriores a la llegada de los gemelos de Camerún. Los finalistas estaban empatados tres a tres, y debían jugar entonces un séptimo y último partido.

El encuentro final se realizó de nuevo en el estadio de Santa Fe, y todos regresamos con una tristeza que apenas podíamos comprender.

Bunené y su madre llevaron las cenizas para luego transportarlas a África, y anunciaron que luego del encuentro final, el gemelo aún vivo abandonaría el club para regresar con su madre a su país natal.

Fui a ver el encuentro. Claro que ya no tenía esperanzas de que el equipo ganase – de hecho ya no me interesaba el campeonato –, pero sentí que debía ir a apoyar a un grupo de jugadores que querían tanto a los hermanos Makilí como yo, y que compartían mi dolor. Por fortuna no fui el único que pensó así, y las gradas se llenaron de simpatizantes incondicionales.

Para sorpresa de todos, Bunené estaba en el banco de suplentes. Estuvo inmóvil, y durante los primeros tres cuartos del partido no ingresó ni una vez. En el último cuarto, cuando faltaban menos de cinco minutos, el equipo iba perdiendo por más de veinte puntos, entonces el enorme jugador africano alzó su mano pidiéndole al entrenador que lo metiera en la cancha, a pesar de que la derrota parecía irreversible.

No vi a nadie que no tuviese el rostro empapado en llanto. Era grandioso ver que el hombre que había sufrido más que nadie la tragedia de la muerte de Eugene, jugara por última vez para despedirse como un ganador.

Bunené entró y enseguida le pasaron la pelota; la picó dos veces contra el suelo, tomándose todo el tiempo del mundo; su rostro de ébano mostraba una tristeza infinita. De pronto se detuvo y observó la pelota entre sus manos. Luego alzó la mirada y, con ojos de guerrero, lanzó el balón. ¡Triple! Todos aplaudimos; fue una anotación impecable que ni siquiera rozó el aro.

Cuando los adversarios avanzaron, Bunené robó la pelota con un movimiento más rápido que la vista, y desde allí mismo lanzó el balón marcando un nuevo triple.

En el público las cejas comenzaron a alzarse mientras mirábamos el marcador y el tiempo restante.

Cada vez que el Atlético recuperaba la pelota, se la pasaban al africano. Bunené había vuelto a jugar como cuando lo hacía junto a su hermano Eugene.

Yo me lamentaba de que no hubiese ingresado antes, ya que faltaba poco tiempo y no parecía realizable revertir el resultado. Pero los robos de pelota y las anotaciones no cesaban, hasta que, faltando menos de un minuto, el Atlético logró ubicarse cuatro puntos por debajo del rival. 

La pelota era del Sportivo, y fue su jugador estrella –un joven brasilero de más de dos metros altura– quien saltó para volcarla y sellar así el triunfo. Sin embargo, cuando estaba a centímetros del aro, una enorme mano se interpuso en su camino a la victoria para hacerle un tapón perfecto. Era Bunené, por supuesto, quien no solo evitó el doble, sino que además corrió hacia el aro contrario para lanzar de nuevo.

Los adversarios se pusieron frente a él, pero el camerunés lanzó el balón desde mitad de cancha. ¡Triple!, y la diferencia fue de solo un punto.

El Atlético quedó a un solo tanto del Sportivo, y al partido le quedaban diez segundos; diez segundos para un campeonato, diez segundos para el primer campeonato luego de cincuenta años de derrotas.

Los jugadores contrarios no sabían qué hacer. Uno de ellos hizo un gesto como indicando que le pasaría el balón a Bunené, ya que era lo mismo dárselo a esperar a que éste lo robase. El destino estaba escrito.

Uno de ellos le lanzó la pelota a otro, y Bunené Makilí corrió hacia él. El musculoso jugador tembló como un niño en la oscuridad de la noche cuando el camerunés se le acercó. Estaba tan nervioso que, al picar la pelota, ésta le pegó en el pie y la estrella africana la agarró sin pérdida de tiempo.

Todos gritamos, quedaba tiempo justo para un último lanzamiento, y entonces fotografié la mejor jugada que vi en mi vida. Bunené saltó hacia el aro desde una distancia imposible. Un anciano a mi lado me dijo después que el salto fue desde la línea de triples, pero yo creo que el viejo se quedó corto con la distancia.

Bunené se elevó por los aires durante lo que pareció una eternidad, para caer sobre el aro volcando la pelota con fuerza, quedando colgado ante los aplausos y gritos de miles de hinchas que lloraban de emoción.

El Atlético Santa Fe había salido campeón; Bunené había logrado la mayor hazaña en la historia del club.

Al día siguiente llevé a las oficinas de El Deportivo Ilustrado las fotos que tomé durante el partido. El director comenzó a mirarlas y me preguntó si no tenía alguna del salto final de Bunené Makilí, ya que habría sido ideal para ponerla en la portada.

–No tomé ninguna de esa última anotación –dije–. Me sorprendí tanto en ese momento que no pude accionar la cámara. Lo siento.

La foto de tapa terminó siendo una del equipo levantando el trofeo. No quedó mal, pero fue una portada algo trillada.

Al momento de seleccionar las fotografías que llevaría para que las publicasen, decidí no llevar la del último salto de Bunené. Preferí guardarla para mí. No la publiqué porque el básquet nunca volvería a ser igual. Para mí fue como si el deporte en general hubiese muerto.

Aún guardo la foto en un cajón, y solo se la muestro a mis amigos más cercanos. En ella se ve a Bunené en la cumbre de su salto, con una enorme sonrisa de dientes blancos, sosteniendo la pelota en alto ante la mirada atónita de sus compañeros y adversarios. Pude haber ganado premios con aquella foto, pues es la mejor que tomé en mi carrera, pero publicarla habría sido una traición a mis amigos africanos.

He tenido más de una discusión respecto a esa fotografía, pues algunos dicen que las medias de Bunené aparecen borrosas a causa del movimiento y a la antigüedad de mi cámara. Pero los que dicen eso es debido a que tienen poca vista o poca imaginación. Yo estoy convencido de que lo que se ve borroneado en las fotos no son las medias. Si se observa con atención se puede ver que algo lo está sujetando de los tobillos, algo que lo ayudó durante todo el encuentro.  Aquello que se ve no es otra cosa que las manos de su gemelo fallecido, elevándolo en un salto tan maravilloso, un suceso tan divino, que minimizó a cualquier otro evento deportivo anterior o futuro.

 

 

 

FIN


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