Seis años, y mucha curiosidad

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A la niña se le comenzaron a caer los dientes y sus padres se asustaron mucho; se le cayeron seis dientes en un solo día.

    Y aunque sus padres miraran con recelo la pequeña gotita de sangre que acompañó el primer diente, nada se comparaba al horror absoluto que sintieran tras la caída del sexto diente, al aproximarse la noche, y verla desangrarse (más literalmente de lo que ellos creían). Para cuando la niña escupió en el suelo el último de sus dientes de leche, el número veinte, acompañado de un escupitajo carmesí, sus padres habían muerto y ella se arrastraba sonriendo con los nuevos dientes que le habían salido por el pasadizo de las moscas. Aunque para entonces nadie pudiera verla, estaba muy pálida, principalmente de las extremidades y, si bien era cierto que el pasadizo de las moscas era muy estrecho, ella parecía apretar una pierna contra la otra como si las tuviera unidas; quizá así era pues la incipiente membrana color carne, enrojecida por el constante paso de las uñas de la niña que crecía entre ambos pies así lo sugería.

    Al llegar al final del pasadizo la niña contempló su premio con libídine, y sin importarle las moscas ¿por qué habrían de importarle? le hinco el diente… mejor dicho, los colmillos, en el espeso pelaje, por la zona de la base de la cola. Una mosca cuasi-albina se posó en la ausente cabeza del animal con gesto indolente, y, frotándose las patas-como si se dispusiera a perpetrar un-plan malévolo (o como si la cena de aquella noche tuviera un aspecto exquisito), ella también inclinó su-cabeza de un verde reluciente en los desperdigados restos de la pobre criatura. Con un gesto casi reptil, la niña extendió-el bracito y atrapó al vuelo a la gorda mosca que luego se metió en la boca; aspaventadas por el-repentino movimiento brusco, el resto de ellas comenzaron a revolotear-de aquí para allá onerosamente, zumbando con fiereza. Congregadas así, y en aquella circunstancia, pudieron-pasar perfectamente por una multitud reunida ante un pulpito-en el que alguien-había expresado una opinión encontrada con las creencias de la mayor parte del grupo; quizá la persona ante el pulpito había expresado en voz bien alta: dios ha muerto, y de manera satírica y sin planearlo, cómica, entre los-oyentes se había levantado un ¡dios mío! general. La niña sonrió-en la oscuridad mirándose las manos manchadas de sangre con la misma claridad con la que lo-habría hecho de estar fuera bajo el sol de verano. Su, ahora, inhumano-rostro no permitía adivinar sus emociones (si es que tenía alguna), cuando recordó-la respuesta de su padre a la cuestión que le había planteado:

    -Papá-le había incordiado hallándolo solitario a la sombra de un árbol-¿Dios existe?-después de todo solo tenía seis años; seis años y mucha curiosidad.

    -Dios está muerto-había respondido él, ávido lector y declarado fanático de Friedrich Nietzsche, para escándalo de su esposa. Luego, como recobrando el juicio de lo que le decía a una niña de seis años, había murmurado-El diablo, sin embargo…

    -Es tan real como tú o yo.

    En la oscuridad del pasadizo de las moscas, se sorprendió al recitarlo con pérfida gracia, y con una voz que sonaba más a croar-que-a hablar. Con esa horrenda voz, profunda, grave, casi mecánica, rió en voz alta; ahora entendía lo que su padre había querido decir con eso. Durante muchos años, el hombre había-luchado con su adicción a la bebida y cuando ella le había inquirido al respecto, el hombre ya estaba-ligeramente achispado, por lo que le había atribuido a la bebida la respuesta poco clara que le había-entregado su padre. Aquel día decidió que sería-mejor preguntar a su madre, aunque le salió peor; su madre le había dado esquivas y respuestas menos-claras, hartándose al final, la había reprendido-por plantearse su existencia siquiera y la había mandado a su habitación.

    -Padre nuestro, que estas en los cielos-había murmurado en la oscuridad de su habitación y se había sentido estúpida; su padre insistía con denodado ahínco en que dios no existía, era eso o que dios estaba muerto-santificado sea tu nombre-y, cuando su padre decía alguna cosa por el estilo, influido quizá, o aupado su ánimo por la intemperancia a la que era afín desde hacía algún tiempo, su madre se limitaba a agachar la cabeza y a morderse el labio, como dándole la razón con pesar-venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en los cielos-y este hecho le sorprendía; conocía de muy buena fuente (un par de herrumbrosas fotografías abandonadas en un baúl) que en otros tiempos su padre había servido como reverendo-perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores-. En una ocasión le había inquirido a su padre sobre la muerte y este, al borde del desmayo alcohólico, se había erguido un momento y, peleando para ponerse en pie se había ido exclamando-no nos dejes caer en tentación mas líbranos del mal-que la muerte estaba dentro de nosotros, luego se había echado en el jardín y había comenzado a vomitar por la borrachera o quizá pretendiendo arrojar a la muerte de su cuerpo.

    -Dios-murmuró el monstruo en el pasadizo de las moscas con su voz ronca y áspera, mas, por única respuesta, el zumbido casi eléctrico de las moscas, de su continuado vuelo, y el imperante silencio de la casa sobre ella-. Dios-esta vez habló mucho más alto sorprendiéndose del volumen de su voz; pero dios no respondió.

    «No existe. No existe o está muerto»

    Desesperada y con el cabello delgado y viscoso cayéndole a los costados del rostro, arrastró su cuerpo en-todas direcciones mirando-el bajo techo del pasadizo de las moscas, justo donde estas se conglomeraban pomposas.

    -Dios ¿estás muerto?-le gritó a las bajas vigas que sostenían el suelo de la vieja casona. Después de todo solo tenía seis años; seis años y mucha curiosidad.

    -No-respondió, acaso dios, desde el interior de su cabeza. Sintiéndose así, invadida, la niña se llevó sendas manos a las sienes y se apretó con fuerza; dios hablaba realmente alto.

    En esa pose casi ridícula y entre quejidos, la niña emitió un grito sordo que hizo temblar las vigas de la casa.

    -Perdona-le susurró dios al oído, pero en su voz había un deje de sorna-. No tenemos tiempo, necesito que hagas algo por mí-la niña, sin embargo, aún no salía de su asombro y, comenzando la pregunta que todos se hacen: ¿por qué? dios la interrumpió-. Más tarde contestaré todas tus dudas, ahora necesito que…-pero fue incapaz de concluir, un rumor en la casa distrajo su atención-maldición. El libro, niña ¿dónde está el puñetero libro?

    La niña, empero, no atinaba a que libro se refería dios, ¿quizá la biblia? Cuando los pasos (eran pasos) en el piso de la casa, aproximándose, la distrajeron de sus divagaciones. Eran dos personas que se movían presurosamente. La niña apenas tuvo tiempo de deducir por la charla que sostenían que ellos también venían por el-libro, el-libro del carnero, antes de que uno de ellos se introdujera en el pasadizo de las moscas, y, contemplando al horrible ser, de enormes fauces, e incipiente apéndice en la espalda baja, que se retorcía en el fondo, horrorizado, le disparara hasta asesinarla.


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