Un amor incondicional

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No puedo resignarme a esta situación. Aquí olvidado, sin más compañía que mis recuerdos. Mis suspiros brindan por otros tiempos mejores. ¡Ay de mí, si yo les contase!

Todavía recuerdo como si fuera ayer cuando mi Carmencita me eligió. Era una moza que comenzaba a coquetear y le gustaba verse guapa.

Entró en la tienda de muebles como un torbellino. Recorrió todas las salas y nada le satisfacía.

—Carmen, no busques más, este es perfecto y tiene dos cajones.

—No, mamá, el espejo es muy pequeño. Quiero poder verme de cuerpo entero, sino ¿cómo sabré que voy elegante?

Ella continuaba buscando y yo estaba allí; pero nadie reparaba en mí. ¿Quién podría interesarse en un simple espejo basculante de pie? Bueno, en mi defensa debo decir que el estilo victoriano de mis patas y mi marco me convertían en una pieza con gran elegancia.

La joven, ya cansada y triste por no encontrar nada especial, decidió marcharse. De camino hacia la puerta se detuvo delante de mí. La magia surgió ya nadie ni nada pudo separarnos.

—¡Mamá! Esto es lo que quiero.

—Carmencita, no creo que sea apropiado para tu dormitorio, es un mueble para una habitación de mayores.

—Perfecto, cuando me case me lo llevaré a mi nueva casa. Nunca me separaré de él.

Se miró durante unos minutos y dijo su frase favorita: «espejo, espejito, a que soy la más bella». Aquel día fue la primera vez, pero la repitió en cientos de ocasiones.

La vi crecer y convertirse en una mujer hermosa, en silencio escuché todos sus secretos, alegrías y desvelos. Me enseñó a querer a su marido, mi buen Francisco. A él también le gustaba verse guapo.

Cuidé de sus hijos: Paquito y Raquel, los acompañé hasta que se hicieron mayores y decidieron marcharse.

En realidad, Paco no se marchó muy lejos. Siempre estaba pendiente de sus padres. Lo complicado fue cuando nos trajo a la odiosa de su mujer. ¿Cómo se puede ser tan egoísta? Con ella llegaron todos mis males.

Mi buen Francisco, se murió de un infarto y Carmencita, sola en esta casa tan grande, comenzó a deprimirse. La odiosa y Paco se la llevaron a vivir con ellos a la ciudad. Así fue como me quedé solo, sin más compañía que mis recuerdos; sin ellos no hubiera podido sobrevivir.

Cada tanto me visitaban, para las fiestas y en el verano.  Hasta que un día...

—Paco, tú madre tiene razón. Cuando nazca la niña el apartamento será muy pequeño para los cuatro. —La odiosa entró en la casa, después de varios meses, hablando con actitud triunfadora, mientras abría las ventanas y sacaba las sábanas que cubrían los muebles.

—No sé, es la casa de mis padres. Deberíamos hablar con mi hermana y ver qué opina.

—Cariño, tú hermana hace cinco años que vive en Canadá, solo viene para Navidad y se aloja en un hotel. ¡Cada año con un novio nuevo!

—¿Y a qué viene ese comentario? ¡Sola o acompañada esta también es su casa!

—Paco, no quiero discutir, tu madre y yo sabemos que esta casa es ideal para nosotros. Piensa en la niña: es un buen barrio, hay colegios cerca, conoces a tus vecinos desde hace años. ¡No se hable más! Tu madre se queda en nuestro piso y nosotros nos mudamos aquí.

Y claro, Paco, por aquellos tiempos todavía suspiraba por ella. La odiosa, en cuestión de meses se hizo con la casa. Primero renovó los muebles de la cocina, luego los baños, pero lo definitivo fue cuando intentó cambiar el salón y el dormitorio de Carmencita. Menuda tiparraca, pretendía deshacerse de todo, incluido yo.

—Paco, no entiendo tu amor por estos muebles —dijo la odiosa—. ¡Son viejos, descoloridos y huelen a humedad!

—Nooo, he dicho que no. ¡Los muebles se quedan!

Pero la mujercita era muy lista y no descansó hasta alcanzar su objetivo.

Algunos meses después...

—Paco, cariño, mira qué bien quedó la pintura. Hay una luz estupenda, y estas cortinas piden a gritos muebles nuevos.

Finalmente, ganó la batalla. No pudo deshacerse de los muebles, pero los apiló en el almacén que hay pegado a la casa. Llevo años deseando que las carcomas me devoren, pero nada, aquí sigo tapado con una sábana mientras los años me convierten en un trasto viejo.

Creo que escucho unas voces, mejor que deje de liar con mis lamentos, alguien está entrando.

—Mamáaa, ¡eres una pesadaaa! Estos muebles los dejó la abuela para mí y haré con ellos lo que yo quiera. —La hija de Paco, convertida en una mujer, está dispuesta a reclamar sus derechos.

—Vale, vale, mejor me marcho. Pero piensa bien antes de meter estos trastos en tu casa nueva.

—¡Adiós, mamá!

La joven entra en el almacén. Parece que busca algo. Levanta las telas de los muebles, los acaricia, los vuelve a tapar y continúa revisando uno a uno todos los objetos.

¡Ya está aquí! ¡Qué vergüenza, va a quitar el paño que me cubre! De pronto una delicada mano limpia el polvo que opaca mi brillo.

—¡Es hermoso! —Sus palabras remueven sentimientos que creía olvidados—. La abuela no exageraba. ¡Sabes! —Oh no, me habla a mí—, ella me hizo prometer que algún día te rescataría de tu exilio.

¡Dios mío! es igual a mi Carmencita. Qué suerte que no me comieron las carcomas.


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