Dendrutlu, el cobrador

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Un viajero llegó a la orilla, arrastrado como un tronco por la marea. Recuerdo bien porque fue mi padre quien lo recogió y lo llevó a una choza solitaria, alejada del resto, para que se recupere. Mi padre, que también había sido viajero y se quedó en la tribu cuando conoció a mi madre, comprendía su idioma pero no todo lo que balbuceaba. Entre mi padre y yo lo recostamos en unas hojas de palmera y lo tapamos con unas telas porque temblaba de frío. Fui corriendo a nuestra choza a buscar agua. Era ya de noche y mi madre azuzaba la fogata. Le conté lo sucedido y en ese instante el fuego empezó a lanzar chispas al aire, como si hubiese cobrado vida. Para mi madre esto era un mal augurio. Ella tenía una capacidad innata para interpretar los signos y las señales de la naturaleza. Según ella todas las mujeres de su familia tenían ese don. Y esas chispas la pusieron en alerta. Le llevé el agua al extraño que seguía delirando al cuidado de mi padre.

El desconocido durmió toda la noche y casi todo el día. Al caer el sol despertó sintiéndose mejor. Mi padre no lo llevó a nuestra choza porque el era de una tierra cercana y sabía que los viajeros exploradores no siempre son buenas personas. Se pusieron a charlar en un idioma desconocido para mí pero mi padre, al verme expectante, me tradujo. El hombre contó que navegaba en un barco grande pero veloz, cuya función era pescar y vender esos pescados en los puertos. Y que habían tenido un buen botín. Cuando estaban por volver a puerto vieron una ballena. El capitán entonces quiso cazarla y se pusieron a perseguirla. Él era el encargado de cazarla y cuando la tuvo a tiro le arrojó su lanza, que él llamaba arpón. La ballena peleó un rato pero, cansada y herida, se rindió. Y dijo el hombre que en ese momento se formó una tormenta extraña, sin viento pero con mucho calor, truenos y relámpagos. Y que a lo lejos otras ballenas daban coletazos en el agua. Allí comenzó el viento, un viento que traía un eco que decía “Dendrutlu, Dendrutlu”. Y, según contó, esa fue la señal para que dos olas gigantes partieran en barco en mil pedazos. Y eso era lo último que recordaba.

Siguió charlando un rato más conl mi padre y yo fui a nuestra choza. Sobre mi cabeza el cielo se oscureció aún más que la noche misma. Había relámpagos y retos a lo lejos, sobre el mar. Corrí a preguntarle a mi madre qué significaba Dendrutlu. La ví muy inquieta por la tormenta. Para ella era un muy mal presagio. Le conté lo que había oído y pregunté qué era esa palabra misteriosa. Y ella me contó una historia. Dijo que al principio, cuando vivían los fundadores de nuestra tribu hace cientos de años, Tlu, el sol, se unió Dru, la luna. De esa unión surgieron Sindrutlu y Dendrutlu. La primera criatura daba forma y vida a todas las cosas de la tierra: animales, plantas, piedras, y todas las cosas que hay en el mundo. Sindrutlu es el mar, el viento, la lluvia. El sol pactó con los fundadores que ellos podrían tomar cualquier cosa que necesitaran para abastecerse. Sindrutlu, su hija, era bondadosa y no cobraría nada siempre y cuando las personas tomaran únicamente lo necesario. Sí se excedían, si cazaban o mataban sin razón o por placer, estarían en deuda. Y esa deuda de la pagarían a Dendrutlu, el cobrador. Él se anunciaba en forma de tormentas y traía consigo grandes catástrofes: sequías, inundaciones, maremotos, pestes. Y solo cuando Dendrutlu decidiera, la deuda estaría saldada.

Contarme esa historia la inquietó aún más. Tomó un cuenco y le echó unas raíces dentro. Luego las machacó y le puso agua. Me dió el brebaje y me ordenó que se lo dé a beber al extraño. Cuando llegué con él estaba sólo: mi padre se había ido a asegurar nuestra choza por miedo al viento aterrador. Le dí el cuenco y lo bebió. No tardó en quedarse dormido más que unos instantes. Cuando cayó sobre las hojas de la palmera, apareció mi madre. Me pidió ayuda. Lo arrastramos afuera, cerca de la orilla. Lo subimos a la balsa que usábamos para pescar y mi madre lo ató con unas lianas finas pero muy fuertes. Lo empujamos al mar y el mar lo recibió cómo ansioso, impaciente. En un momento ya estaba mar adentro. Un relámpago muy luminoso hizo que fuera de día por un instante. Recuerdo la ola impresionante, alta como montaña, que hundió la balsa y nunca más volvió a salir. Con otro tallamos relámpago ví ballenasa lo lejos, saltando fuera del agua. Y al fondo, en el horizonte, el amanecer que se asomaba tímido. Cuando giré para ver a mi madre la ví, sonriente, de la mano de mi padre. Volvimos a la choza. La deuda se había pagado.


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