En fuera de juego

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–¡Lo harás y punto!

»Me debes obediencia.

–Obediencia…

–Así es.

–Ya veo.

La chica frunce con falsa inocencia los labios en torno a la pajita a través de la que da cuenta del zumo de naranja con el que se quita el calor, los ojos glaucos clavados en el que así le habla. Rara vez se enfada o molesta por las airadas salidas de tono a las que tan propenso es su acompañante, y tras mediar el refresco de una larga chupada se despereza lentamente con sensualidad felina, quedando repantingada sobre la hamaca de tela estampada, las piernas estiradas ante sí y los brazos cruzados bajo el pecho, que tensa por generoso la tela de su vestido ligero. «Soy tu musa desde que te haces llamar escritor; el ser intangible reflejo de tus intereses y de tus... gustos», apostilla con una sonrisa pícara mientras contornea en el aire sus voluptuosas curvas, imposibles de salir airosas de la batalla contra la gravedad si pertenecieran al mundo real.

–Y si no te gusta el fútbol… ¿Cómo voy a inspirarte sobre un mundillo al que eres ajeno para que puedas ganar el concurso de relatos ese al que quieres presentarte? No hace falta que te recuerde que la relación más positiva que has tenido con un balón fue la película Evasión o victoria, y porque actuaba Stallone.

»¡Si ni siquiera seguiste la serie de Oliver y Benji! Por el amor de Dios…

–Pero algo podrás hacer.

–Como no me lea el Marca...

La musa se recoge el pelo en un moño alto, afianzándolo con el lápiz que le ha robado al escritor tras un guiño descarado. Una vez satisfecha con el resultado, apoya los codos sobre la mesa y encaja el perfecto óvalo de su cara en la bandeja que crea con los dedos entrelazados, dispuesta a acompañar con su silencio la desesperación del escritor cogido en fuera de juego. Sólo cuando el travieso juego de la musa roza el sadismo decide apiadarse de él y frunciendo el ceño, donde se marcan dos graciosas arrugas verticales de la más pura concentración, zarpa hacia el inmisericorde mar de las ideas a la caza de una buena pieza que ofrecerle. «Si escribieras relatos eróticos –reflexiona en voz alta con la vista llena del limpio cielo mediterráneo–, podríamos usar el fútbol como excusa para una escena de lo más tórrida. Tampoco habría problema si lo tuyo fuera la denuncia social, pues podría sugerirte el drama de un refugiado que encuentra asilo en un país europeo gracias a su pasado como entrenador».

–Pero eres un apasionado de la ciencia ficción –le reprocha apuntándolo con un dedo acusador–, y para colmo ahora te ha dado por el apocalipsis zombi. Fútbol y zombis. ¿Me quieres decir cómo puedo trabajar con semejante material?

–Tienes que darme algo –suplica el escritor con cara de cordero degollado–. Por favor.

–A ver. Déjame pensar... Vale. Imagínate una sociedad distópica, superviviente a un brote zombi. Está dirigido por un gobernador, o pseudo-rey, que con mano de hierro mantiene la paz en el territorio.

–No sé si...

–¿Puedo acabar? –corta la musa con severidad los balbuceos de su compañero. Se encuentra inspirada y le molesta sobremanera la negatividad del otro–. Un gobierno totalitario, como te decía, donde al que es detenido infringiendo la ley se le obliga a jugar al fútbol contra un equipo de zombis. Un uno contra once putrefacto y mortal. Si marca antes de que lo devoren será puesto en libertad; si pierde... Pues eso, se lo comen. Fútbol Z, podría llamarse, o Z-occer.

–¿Es lo mejor que puedes darme?

–¡Anda y que te zurzan!

 

B.A.: 2.018


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