Nadie quiere ser viejo I

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Ignacio vivía con sus padres en una de las zonas más céntricas de la ciudad. Si bien aquello era una ventaja en muchos sentidos, resultaba bastante estresante a la hora de entrar y salir, ya que siempre había gente apresurada caminando, sillas de ruedas eléctricas, e incluso alguna camilla motorizada circulando por la zona peatonal.

Desde que el partido de los veteranos ganó las elecciones en el 2125, todas las ciudades se transformaron y adaptaron a la población dominante, que era la de más de 90 años, siendo además la que tenía todo el poder político y económico.

Así pues, cruzar las calles o simplemente poder caminar en ellas era una auténtica proeza, ya que se habían ampliado al añadir 2 carriles más para las sillas de ruedas eléctricas, que podían alcanzar velocidades de hasta 60 km por hora y también invadir las aceras y las zonas peatonales.

Ignacio aún recordaba vagamente como había sido el mundo antes del “gran descubrimiento”, cuando aún era un niño. En el 2041 los Laboratorios CellKa consiguieron parar el envejecimiento. Primero en células, luego en animales y finalmente en humanos. Las células eran capaces de repararse a ellas mismas cuando se les introducía un cóctel de 4 genes mediante un retrovirus que las devolvía a su estadio primigenio, provocando así un bucle infinito en el que la célula nacía, se tornaba adulta y volvía a nacer. Y no solo paraba el envejecimiento, sino que también regeneraba constantemente todo el organismo, evitando así que este degenerara en alguna patología.

Para ello era necesario inyectarse cada semana una dosis de CellKa-4, un compuesto de precio desorbitado que permitía la constante renovación celular.

Aquello provocó un gran cataclismo a nivel mundial, y no se hicieron esperar las grandes revueltas y asaltos a los laboratorios y clínicas que fabricaban el fármaco. Todos querían el CellKa-4, pero su precio era prohibitivo para casi toda la población.

Los laboratorios CellKa se dieron cuenta de que por primera vez en la historia de la humanidad se había dado un paso muy peligroso que realmente amenazaba con hacer del mundo un lugar infernal, y ellos eran los causantes.

Ni cambio climático, ni superpoblación, ni guerras, ni nada parecido era ni de lejos tan amenazante como aquello. Se iniciaba una nueva era de seres inmortales, libres de enfermedades y que probablemente se reproducirían sin control en un planeta de recursos cada vez más limitados.

Hubo una reunión urgente y se convocó a las grandes potencias mundiales. Había que controlar a aquellos laboratorios y fueron clausurados y custodiados por el ejército. Pero el mal ya estaba hecho, el CellKa-4 era una realidad y existía, aunque su fabricación era excesivamente costosa, pues uno de los 4 genes se tenía que obtener de la medusa inmortal Turritopsis nutrícula, y su manipulación era muy lenta y compleja.

Se llegó a un acuerdo a nivel mundial, tanto con la población, como con todos los países como con los laboratorios CellKa.

Existía la posibilidad de simplificar el fármaco eliminando el gen N-Turr, que era el proveniente de la medusa, y que también era el causante de la inmortalidad al parar el envejecimiento, creando así el CellKa-3, mucho más económico y fácil de fabricar, y que además mantenía el cuerpo siempre sano, aunque no evitaba el envejecer, pero permitía vivir hasta la máxima esperanza de vida humana, que se había comprobado que era alrededor de los 140 años, y además libre de enfermedades.

La muerte se producía de una manera brusca, casi programada, cuando de repente todas las células perdían su capacidad de renovación al agotarse los telómeros de los cromosomas, y activaban entonces una especie de apoptosis general.

Normalmente era hacia los 138 – 142 años, y la persona caía desplomada al suelo, víctima de un fallo multiorgánico. Todo el cuerpo dejaba de funcionar a la vez.

Se ofreció a los ciudadanos la administración gratuita del CellKa-3 cada semana, liberándolos de la amenaza de cualquier enfermedad y sabiendo que les esperaba una larga vida de 140 años, aunque no se podría evitar el deterioro del cuerpo por la edad, pero a cambio se debían someter a una esterilización, no sin antes tener la opción de preservar sus ovocitos o espermatozoides por si más adelante se podían permitir tener un hijo.

Pero las listas de espera para poder acceder a una gestación in vitro eran interminables, y obligatoriamente antes se debía producir una defunción, además de tener que pagar unas tasas abusivas.

No se eliminó el CellKa-4, y aunque se rebajó algo su precio, seguía siendo muy elevado y al alcance de muy pocos. La población accedió, y aunque hubo grupos que se negaron a participar en todo esto, sólo se les permitió vivir en zonas apartadas y sin derecho a asistencia sanitaria ni a ningún tipo de ayuda estatal ni subsidio, de manera que su esperanza de vida era muy limitada y morían presa de las terribles enfermedades que siempre habían acompañado a la humanidad. Aunque podían incorporarse de nuevo a la “sociedad”, siempre y cuando no tuvieran descendencia y estuvieran dispuestos a la esterilización, y naturalmente la mayoría acudían desesperados cuando les atacaba alguna enfermedad, de modo que estos grupos eran cada vez más minoritarios.

Ignacio nunca fue buen estudiante. Lo suyo era el “arte”, quiso ser bailarín, peluquero, maquillador, personal shopper, modelo…, hasta que los años fueron pasando y llegó la resignación.

Nunca pudo tener un trabajo mínimamente estable ni bien pagado y siempre tuvo que vivir con sus padres. Tampoco el estudiar aseguraba nada, y menos a los de su generación y los que vinieron después, puesto que el trabajo cada vez fue más escaso y estaba casi todo en manos de los de la generación anterior y de algunos pocos privilegiados, de manera que para evitar revueltas se había estipulado un subsidio general que apenas cubría los gastos de manutención.

Su padre, Miguel, siempre lo despreció profundamente, y nunca lo disimuló. Él, que había sido un importante directivo en una multinacional había tenido “eso” como único hijo. Su pensión, que se obtenía a los 100 años,

era de las de oro, de las que ya no había, la máxima, y siempre había ganado mucho dinero, hasta el punto de tener un nada despreciable patrimonio en propiedades.

Siempre había sido un tirano con su familia y los había humillado a la mínima ocasión, recordándoles a cada momento quien era el propietario de todo y el que los mantenía.

Su madre, María, había tenido siempre muy claro quien mandaba en casa y a quien había que obedecer. Es más, admiraba a su marido hasta la adoración, aunque los tratara a ella y a su hijo despóticamente.

 

 


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