Viene "Zarci" y cómo...

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Me he puesto las mejores prendas que tengo, voy con la cara recién rasurada, peinado con esmero, incluso con un toque de colonia chic (se la he cogido a mi hermano), zapatos con lustre y calcetines de tono suave. No me gusta la apariencia que llevo pero quiero darle a “Zarci” la impresión de payo que establezca equidistancia. Cada uno en su lugar. Llego temprano o así lo creía yo, pero ella aún no está y eso conlleva cierto corte. Todos parecen percatarse de mi presencia y formalidad y se hacen gestos. Soy el centro de atención y lo comprendo porque hasta para mí lo soy con esta pinta. Cuando la veo aparecer me da un brinco el corazón, parece que ambos defendemos nuestros colores, viene con toda la traza de gitana castiza, algo que no lleva ya ni su tía Candela (la más “exagerá” de todos ellos). Incluso lleva un rizo en la frente. Se para frente a mí muy seria, pero el gesto le dura dos segundos, se pone a reír con todas sus ganas, se troncha de la risa y suelta,

- ¡Ay!, ¡ay!, que me “meo toa”, lo dice a voz en grito.

Me quedo tan cortado que me cuesta reaccionar, al final me sale la risa nerviosa y después, también yo me descojono de la risa.

No conseguimos decir nada, ella ríe y llora a la vez, mi risa es más nerviosa y se me coge en la barriga.

- Anda, vámonos de aquí que estamos hecho dos adefesios, dice mientras me apresura (con un gesto de la mano) a salir de allí.

- Muy bien de la cabeza no estamos ¿eh?, me dice cuando ya traspasamos los lindes sociales.

- Yo no voy tan mal, creo, lo digo convencido.

- A ti ni de niño te vestían así, venga. Lo dice con tanta gracia que asiento sincero.

Para lo que no estoy preparado es, con lo que luego me suelta. 

-  Me quieres explicar a qué viene tu atuendo de niño bien.

- Y el tuyo, replico en el acto.

- Yo pertenezco a una etnia y la tengo que reivindicar para poder ser yo misma… Y tú?.

Estoy cogido en su red de malla de puro sentido común.

- Pretendía estar sin complejos detrás de esa línea que nos diferencia. 

-  Sin complejos… ¿Los tuyos o los míos? Me suelta subida en unos zancos morales que le permiten ir de víctima social. 

Pero lo importante para ella somos nosotros y no tarda en meterme en su mundo. Me habla de sus gentes, de sus costumbres ancestrales, de cuando iba al cole chiquita y percibía la diferencia de clases. Me explica que entraba en contradicciones consigo misma porque había cosas de los payos que le gustaban más que las suyas y, eso sí, se las guardaba para sus adentros. Su abuela Paca despotricaba de las mujeres payas, la calentura, decía, las pierde.

Se pone seria y me habla de actividades marginales, no quiere justificarlas pero me razona lo difícil que resulta llevar una casa para adelante sin estudios y una preparación adecuada. Luego me escudriña, quiere leer mi expresión, presumo que se dice que a bueno le está contando todo esto. Estaba ensimismado en su discurso y sentirme de pronto, observado, me descoloca. Creo que ha venido a justificar a un determinado sector gitano y se ha encontrado con mi injustificada marginalidad y busca respuesta.

¿Cómo puedo explicarle cosas que ni yo sé?. Entrar en mi mente es perderse en un laberinto donde los peces de colores se hablan de tu con un pescador que hace anzuelos para cogerlos. 

- Tengo la impresión de que voy en un tren en marcha a gran velocidad y yo no conduzco.

He debido decir lo adecuado porque le cambia el gesto, se le ablanda la mirada. Da un paso atrás se mete los dedos en su mata de pelo y lo va soltando con una energía viva y sobretodo con una gracia increíble. En segundos a perdido la rigidez que la aprisionaba, pero no está contenta todavía, me lleva hasta un bar cercano, me deja en la barra y se mete en el lavabo. Pido una cerveza y antes que me la sirvan ya está ella de nuevo frente a mí. Tiene la cara lavada y el gesto poderoso, me dice que deje unas monedas y sale decidida, no quiere perder ni un minuto allí. La sigo y me cuesta coger su ritmo, tiene fuerza para arrastrarnos a los dos. Volvemos a tomar distancia del resto y ya lejos se para.

- Te tengo ganas… No sabes tú cuanta.

Me lo dice a la cara, con un gesto guapo que me arroba, tiene los ojos clavados en mí y su mirada se me mete dentro y me mueve cosas. 

- O sales corriendo ahora mismo o ponte, que vas a ser el padre de mis niños.

- Así, sin más, es lo único que se me ocurre decir.

Ella prosigue, mirándome con una franqueza que me desarma

- No he estado con ningún tío, me reservo “pa mi marío”.

Soy consciente de que es el momento de salir corriendo, pero no lo hago, me tiene embrujado con sus ojos y tanta palabrería.

- Yo me encargo de que a los míos no les vaya a faltar de “ná” pero necesito que su padre los encarrile bien y tú, tienes que valer “pa eso”.

Lo ha soltado todo y no tiene más que decir. Me toca decidir y estoy como un toro de Osborne, me cuelgan con un peso de testosterona que ni pienso.

La sujeto por la cintura y le doy un morreo que la deja sin respiración.

- Es el primero y el último antes de que pongamos las cosas en claro, me dice resuelta. Luego añade,

- Has estado con tantas tías que no me cabrían en una lista… Me da igual. Si estás conmigo éste va a ser tu único coño, me lo dice y se lo señala sin tapujo.

Es tan graciosa y tiene tanta determinación que me río por lo primero y me conciencio con lo segundo.

Mi gesto debe ser tan expresivo y concluyente que es ella la que me sujeta la cara con sus dos manos y me da un buen morreo.

- Pues si que aprendes tu rápida, acabo diciendo convencido. La risa nos alía de nuevo.


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