Aún te amo

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Aún estábamos agitados en mi cama. Nos mirábamos sonrientes, nos complacíamos rozando la piel del otro. Días buenos habían pasado sobre la acechante respuesta que siempre estaba ahí, cuando terminábamos, su presencia nos tensionaba en el momento más frágil, cuando nuestros cuerpos son de nadie. Tenía miedo, sé que ella también, de que esa noche fuese la elegida.

La conocí mientras leía El Príncipe, dejó el libro para hablar conmigo. Los seres menos dramáticos, nos reíamos de todo, le quitábamos importancia a la vida, tal vez por eso nos gustamos. Yo era un niño, aún lo soy, ella en cambio es tan madura que sufrió por los dos. Pasaron años para que volviéramos a hablar, para que ella me hablara sobre la mayoría de edad a la que se refiere Kant, que sin predecirlo, es el asunto de todo esto.

Salí a fumarme un cigarrillo al patio, estaba desnudo, sentía el frio oprimir el aire. Ella no le gusta que fume. No podía creer lo que había dicho, en la sinceridad que viene después del sexo, ella estaba allá en mi cama y yo sentía lo que ella estaba sintiendo. Cuando regresé ella me miró, me olió, entonces decidió irse. Repetía que tenía que pensar, sola. Yo solo veía su cabello ondulado que le llegaba hasta los hombros, su piel morena pasando por el vestido, y sus ojos, esos ojos arrugados, pequeños, irritados por las lágrimas. Llevaba una chaqueta cuando la deje en la puerta de su casa, esa chaqueta aún tiene sus lágrimas.

Nos veíamos casi todos los días, y no podíamos dejar de hacer el amor. Cualquier mirada, cualquier beso, cualquier caricia era el detonante. Un día llegué a su casa, pero todo era raro. Las miradas eran incomodas, los besos escasos y las caricias inexistentes. Un amigo de ella tocó la puerta, y los celos estallaron por mis poros. Me repitió que solo éramos amigos, demonios, yo no quiero ser tu amigo. Caminé una cuadra fuera de su casa, y no pude seguir más. Regresé y le dije todo, entonces, me dio la elección, somos algo o no somos nada.

Me escribió porque un amigo estaba en su casa, intentando besarla. Fui hasta allá, me senté en la incómoda mesa, con el amigo y ella. Su mano se ponía en mi pierna, en manera demostrativa, diciéndole que yo era algo de ella ¿Yo era algo?

Yo soy un niño, aún disfruto de los cigarrillos y del alcohol. Aún disfruto imaginando cosas, aún sufro con mis pensamientos. No soy mayor de edad, según Kant, no soy un novio. Así que se lo dije, entonces ella me miró, con su madurez, y me dijo que estaba bien, seriamos amigos. ¡Que complicadas son las palabras! Tenía sentido lo que decía, pero sus lágrimas la contradecían. “Se vienen días duros”, así es mi amor, los días que vienen serán duros.


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