Adorado Gerardo

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Gerardo es el joven perfecto que todos deseamos ser, lo reúne todo en sí mismo, altura precisa, facciones perfectas, viriles, con encanto. Además es, inteligente, simpático, divertido, ocurrente, expresivo, afectivo y tantas otras cualidades con las que nos embelesa a chicos y chicas por muy exigentes y complejos que podamos ser. No conozco a quien no haya seducido con sus incontables cualidades. A tal punto, que somos legión las personas que a diario pululamos a su alrededor. 

La amistad con él bordea los límites del afecto, llegas a amarle más allá de lo permitido y él, te da mucho más de lo esperado pero sin traspasar la línea, a veces casi sin definición, de la estricta amistad.

Confieso sin pudor que hubiera cedido a cualquier pretensión suya, hubiera estado dispuesto incluso a cualquier acercamiento del tipo que sea, pero nunca me dio pie en ningún sentido más allá del afecto expresivo y próximo que el sabe dar sin permitir extralimitarse.

Tras una aparente sencillez, esconde una clara inteligencia que descubres por evidencias claras, son sus reflexiones acertadas, su capacidad para hacerse entender sin mediar casi palabras y ese control que ejerce sobre todos nosotros haciéndonos girar en torno suyo como extras de una comedia, en la que él es el único protagonista, o si se quiere, director.

Imaginativo y temperamental nos lleva de un lado a otro sin que nos sintamos manipulados por ello, estamos encantados de que nos permita compartir con él cada uno de esos espacios que elige con total libertad.

Las chicas le adoran y cuando él está presente todos pasamos a un segundo plano, se entregan a él con absoluta sumisión, pero Gerardo lo es todo menos un ser sexual, es estrictamente asexuado, nunca percibí en él el menor atisbo de deseo venéreo y esto, que en cualquier otro sería un estigma insalvable, incluso motivo más que justificado de descalificación, en él potencia su gran atractivo.

De vez en cuando desaparece por unos días, presumo que necesita tomar nuevos aires, dejar de vernos, oxigenar de alguna forma sus pensamientos, liberarse de la carga que puede representar el ser buscado por todos en cada momento.

Vuelve renovado, pero trae consigo nuevos adeptos que se nos suman con resignación, descubriendo con pesar que aquel ser maravilloso nos pertenece por igual a otros muchos y que ya formamos un equipo tras de él.

Su perfección es tal que ni siquiera arrastra una necesidad económica que le haga vulnerable, proviene de una familia acomodada y culta a la que la fortuna ha sido generosa y de la que él no hace ostentación. Carece incluso de vehículo, se vale a menudo de los medios de transporte más sociales, no le importa coger varios autobuses o ir en metro, pero rara vez se lo permitimos e incluso discutimos y hacemos mérito para  conseguir ser su chofer eventual con vehículo y carburante incluidos.

En una ocasión estuvo hospitalizado en una clínica privada, no era nada importante pero estuvo algunos días en observación y entonces pude descubrir a los extremos que podíamos llegar por querer mostrarle nuestro afecto. Colapsamos con nuestras visitas la pequeña clínica, que se avino a una forma de acuerdo de turnos, ya que el propio personal sanitario se negaba a tomar medidas de restricción. Le llenamos de regalos su habitación al punto de  tener  que habilitar un espacio al respecto. Por su habitación pasó todo el personal del establecimiento (médicos, enfermeras e incluso el personal auxiliar). A los padres, unos señores amables, elegantes pero distantes, todo aquello le producía incomodidad e incluso agobio, pero no se quejaron, optaron eso sí, por elegir horas de visita menos concurridas que en buena lógica eran las más incómodas, pero lo llevaron con educada resignación.

Como deberíamos haber supuesto Gerardo un día desapareció de nuestras vidas, lo hizo además sin previo aviso. Durante días, semanas y meses, quedamos esperándole hasta que comenzamos, sin proponérnoslo, a hablar de él en pasado. Al faltarnos su presencia, hicimos un frente común con el querido ausente. Rememoramos cada gesto suyo, cada anécdota y todo adquiría un carácter superlativo con el beneplácito de todos. El mito de Gerardo tomó unas proporciones realmente sorprendentes. Lo más curioso es, que nos sigue encantando la imagen cada vez más sobresaliente suya. Nos prima exagerar porque nos sentimos incapaces de sobrellevar su ausencia y elevando ésta nos resulta más próxima e inaccesible a la vez. En su figura actual participamos todos de una forma directa y apasionada, haciendo su recuerdo más nuestro.

Veinte años después, viajo con mi hijo Carlos y en un trasbordo, en el aeropuerto Del Prat de Barcelona, me cruzo en una de sus salas enormes de tránsito con un señor elegante al que sólo veo de pasada sin prestarle mayor atención. Al llamarme éste por mi nombre, su voz inconfundible me trae automáticamente el recuerdo del viejo y adorado amigo de mi juventud. Siento una emoción sin cuento, no recuerdo ningún otro momento de mi vida que supere a éste en lo magníficamente sorpresivo. 

Quedo frente a él sin palabras, su imagen me recuerda con nitidez aquella suya de antaño tantas veces añorada y tiene que ser de nuevo Gerardo el que tome la iniciativa, me abraza visiblemente emocionado y me dedica unas palabras de encendida afectuosidad que rompen la poca fortaleza que aún conservo y me pongo a sollozar en su hombro. Él me lleva entonces del brazo hasta unos asientos próximos y allí nos encerramos en una especie de burbuja mágica que pronto se llena de recuerdos y vivencias.

Mantiene el encanto de siempre, su aspecto es impecable, su hablar me sigue cautivando, es afectuoso y tierno a la vez de comedido, me hace muchas referencias sentidas en las que compartimos protagonismo, se acuerda de cada uno de nosotros, tiene detalles generosos para todos, sigue captando todo mi interés, me explica el porqué de su marcha precipitada y del sufrimiento que supuso dejar de vernos. Me lo expone en una breve síntesis, un padecimiento que le llevó a estar en cama cerca de un año, la necesidad de acercarse a Dios, estudios de teología en el Seminario, un sentir misionero frustrado por su delicada salud, el sacerdocio como fuente de vida, su ascenso rápido en el clero, su actual residencia en Roma en funciones más políticas y sociales que religiosas y su necesidad de afecto.

También yo le hago mis propias confesiones, mi paso por la Universidad, mi casamiento con Bernarda, a la que él conoció, el nacimiento de mi único hijo, mi entrañable relación con éste después del divorcio con su madre, mi trabajo en una sociedad con profesionales afines en una Asesoría financiera y mi necesidad también de afecto. A todo esto, mi hijo Carlos se aproxima, se ha mantenido al margen con delicada prudencia para no perturbar, tomó conciencia de la estrecha relación que unía a su padre y al amigo. Es una presentación cálida, en la que ambos muestran lo mejor de sí mismos, son tiernos y afectuosos.

Antes de despedirnos Gerardo me dice,

Me gustaría que te vinieras a Italia, podrías colaborar conmigo,

Sus palabras me producen un efecto inmediato de sorpresa, imprevisión y una curiosa sensación ilusionante que me hace reflexionar. 


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