Para lavar las penas

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Alejandro llegó al seminario un viernes santo, iba acompañado por su padre, en el momento de despedirse lo miró fijamente y antes de cerrar el portón, lo enfrentó:

Papá –le dijo, totalmente conmovido- está cometiendo un error al encerrarme, y aunque a usted le duela, yo la amo.

Dos semanas después, Alejandro empezó a recuperar el apetito, pero despertaba diariamente en medio de la madrugada, presa de sueños inquietantes, comenzó a verse pronto desmejorado. Los sacerdotes más viejos lo encontraban desde las cuatro de la mañana arrodillado frente al altar principal, orando incesantemente para olvidar un amor que no tenía motivos para olvidar, pidiendo dejar de ver su aparición entre los arboles del huerto, también para dejar de lado el rencor que sentía por el empecinamiento de su padre y pidiendo al Espíritu Santo comprender las razones que tuvo su madre para abandonarlo. Entre Ave Marías y Padres Nuestros sentía que Julia se diluía, como si las oraciones fuesen agua pura lavando su pena en el río, exorcizándolo de su recuerdo.

Un año después fue oficiado sacerdote y nombrado rector del seminario, se criticó el corto tiempo de preparación pero el Obispo tuvo un sueño que consideró inmediatamente como una profecía y no dudo en promoverlo; el seminario abrió sus puertas y todo el pueblo vino a festejar que Dios les regalará un emisario de la palabra.

El día corrió entre la música de una tambora incierta y pirotecnia de fiesta grande, desfilaron los sacerdotes de pueblos vecinos que venían a felicitar al nuevo colega.

Cerca de las ocho de la noche Alejandro se dirigió al comedor para pedir más café, pero no encontró a alguien que pudiese ayudarlo, así que se sirvió él mismo, estaba por terminar cuando fue interrumpido por el  eco de su voz en la galería imponente:

-Pensé que te habías olvidado de divertirte-

No tuvo que voltear para adivinarla con el vestido amarillo de cuello blanco y los guantes de señorita de alta sociedad. Intentando esconder la emoción y aferrándose a la tacita de café como si fuera el lugar más seguro del mundo le dijo:

-En lugares santos debe uno quitarse el sombrero, señorita Julia-

No estoy frente al altar –le respondió ella, a punto de llorar- no estoy faltando el respeto a nadie.

Alejandro dejo caer la taza de barro, el café se derramó sobre el piso y se mezcló con el polvo eterno que invadía el comedor, se abrazaron febrilmente y el mundo se acabó ahí mismo.

Todos los Ángeles vigilaban desde la bóveda celestial, sorprendidos y atentos, mirándose unos a otros, expectantes, conscientes de que los dos jóvenes estaban cumpliendo un designio escrito desde que les pusieron el alma en el alto cielo;  pronto los labios de Alejandro y Julia se encontraron, algunos Ángeles corrían de un lado a otro, agitando las alas, queriendo bajar al mundo para evitarles el pecado, pero surgió la voz del Excelentísimo Miguel a través de la luz impenetrable: para encontrar su camino han de extraviarse, no hay nada que hacer.

La superficie resbalosa  traicionó los zapatos altos de Julia, cayeron al piso y se dieron el beso más largo del que tenían memoria, enlodados y conscientes de que no había vuelta atrás, sus manos tocaban mutuamente sus rostros dibujándoles con tierra mojada las líneas de un amor incesante.

El obispo descubrió desde la distancia el pecado pero se limitó a observar, paso las dos vueltas de seguro a la puerta que daba acceso y dejo a la voluntad de Dios lo que tuviese que pasar, comprendió que su sueño profético era cierto y le pidió a la Santa Madre desde el fondo de su alma por él, para que lo ayudara a  limpiarse la culpa que lo señalaba desde ese momento, y también por Julia, para que fuera feliz, viniera lo que viniera en el camino.


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