El lugar que ocupa el corazón

Por
Enviado el , clasificado en Amor / Románticos
383 visitas

Recomendación:
Ficción romántica (top ventas) - Los libros más vendidos del momento de ficción romántica.

El obispo despertó empapado por el sudor que le abarcaba la nuca y la espalda, al instante entró al baño y sumergió su cabeza en la pila de agua, notó como se iba ensuciando con sangre, se espantó tanto que resbaló golpeándose la ceja derecha contra el borde de la pila, al intentar ponerse en pie manchó el azulejo de talavera, quiso pedir auxilio pero no tuvo fuerzas, regresó a la cama a rastras y con trabajos se sentó en la orilla,  se quitó las ropas de algodón y se vistió como un civil cualquiera. Cogió el paraguas y pasó fugazmente por el comedor, encontró al sacristán rompiendo el ayuno a escondidas, no tuvo tiempo para detenerse a sermonearlo:

Voy para la casa de la señorita –le dijo- si Alejandro te pregunta le dices que me fui para la catedral.

Al salir a la calle escuchó el primer canto del gallo, eran casi las cinco de la mañana.

Calculó que era muy temprano para ir donde Julia, así que al final decidió que era mejor ir a catedral, como lo había dicho antes.

II

El obispo llegó a la catedral justo a la mitad de la misa de cinco, le hizo una seña a su suplente para que terminara rápido y entró por la puerta adyacente al altar, se limpiaba el sudor vigorosamente. El suplente era una combinación de  exorcista y clarividente respetado incluso en las altas esferas del vaticano, usaba aguardiente para aliviar los dolores en sus articulaciones, así que el obispo abrió la alacena y pidió licencia al cielo para beber un trago, pero se encontraba tan nervioso que pidió licencia en tres oportunidades más.

El suplente entró en cuanto pudo, lo saludó discretamente y de la misma alacena cogió un trapo:

Ponlo en la herida –le dijo- no es muy profunda, creo que con eso bastará. Me sorprende verte tan temprano por aquí Rafael, y en esas condiciones.

Padre Gabriel –respondió él – traigo una cuestión importante que quiero comentarte.

Gabriel cogió la botella de aguardiente y se sirvió un poco:

He descubierto –dijo retomando la plática- que untarlo ya no hace el mismo efecto, así que mejor lo bebo, al menos se me olvida que mi cuerpo está descompuesto.

Bebió el aguardiente de un trago y lanzó la pregunta: ¿Tus sueños te traen por aquí otra vez?

El de hace un rato fue diferente –aseguró Rafael-.

Gabriel lo miró lentamente: ¿el mismo niño que bebe café en  la galería?

Sí, sí –respondió Rafael, demasiado inquieto- pude verle la cara.

Gabriel se sentó junto a él y cerró los ojos: empieza a contar, soy todo oídos.

Rafael también cerró los ojos y lo explicó claramente: el niño no bebe el café en esta ocasión, lo derrama… se agacha para intentar limpiarlo pero encuentra una rosa amarilla en el piso y se pincha el dedo. La sangre que supura, el café y la tierra forman una sustancia lodosa que lo cubre, una luz cegadora ilumina la galería por un instante, después la sustancia lodosa desaparece y ahora unas alas envuelven al pequeño… abre sus alas, me enseña la rosa amarilla y me muestra su dedo, dice que algún día sanará la herida.

Interesante –dijo Gabriel abriendo los ojos- ¿Qué es lo que te preocupa?

El niño es Alejandro –contestó Rafael-

Tranquilízate –agregó Gabriel- se ordenó ayer mismo, seguramente será mejor sacerdote que nosotros, debe ser tu cansancio.

Hay algo más –agregó el obispo- el primer nombre de Julia es Rosa.

Gabriel realizó un rápido escrutinio al sueño, creyó descubrir algo de profecía en el: habla con la hermana, Rafael, dile que es importante que Julia no vaya al seminario, de ser posible nunca más.

Es tarde –contestó Rafael, sintiendo un vacío inmenso en el lugar que ocupa el corazón- se encontraron anoche, antes de que finalizará la celebración, los vi besarse. No tuve el valor para intervenir.

Necesitas ir a casa de Julia –confirmó Gabriel, consternado- es un pecado muy grave. En cuanto veas a Alejandro dile que venga urgentemente, por favor. No olvidaré decir que tú también necesitas confesarte.

Rafael se despidió, visiblemente confundido: te agradezco mucho Gabriel, tengo que ir a casa de la señorita.

Abrió su paraguas y se dirigió a encontrarse con el destino.


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.