Nieblas y gigantes

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Regresaba muy temprano, luego de pastorear al rebaño en lo alto del cerro, a esas horas la neblina es tan espesa que se confunde con las nubes y tienes la sensación de volverte liviano y flotar. Cruzábamos la vieja autopista intercontinental, salvo el ruido lejano de los automóviles, solo se escuchaba el cencerro de la oveja más vieja, perturbada por los más jóvenes que mordían las faldas de lana que se la habían hecho. Debí haberme descuidado tres segundos y al levantar la mirada divisé el ámbar de unos faros acercándose a gran velocidad, solo pude cerrar los ojos, esperando lo peor…

Una exhalación con olor a bosque me impacto en el rostro, algo me sostenía en el aire, creí que indudablemente había muerto, pero inmediatamente me llevaron a tierra, abrí los ojos y vi los faros traseros del auto alejándose… contemple entonces los pies más grandes que he visto en la vida, subí poco a poco la mirada hasta donde la niebla lo permitía, me encontré con unos tobillos y pantorrillas descomunales, coronados por un pantaloncillo corto demasiado remendado

¿Eres tú, Dios? –grité- ¡por favor cuida a mis ovejas y dile a mamá que no esté triste!

-La niebla se disipó levemente y emergió de ella un torso cubierto de una chaqueta de lana, enseguida un rostro sucio pero amable, extendió su brazo y con la punta de los dedos me entrego mi bastón de pastoreo; señaló al cielo con el índice y después se llevó la mano al pecho moviendo la cabeza.

Pese a su tamaño las ovejas al otro lado de la carretera no se espantaron, al contrario, él se acuclilló  y con las yemas de los dedos les tocaba el lomo. Escuche crujidos entre los viejos árboles y los pasos de algo grande… el inmenso ser sopló para alejar la niebla y se reveló un ser femenino con sus mismas proporciones, un vestido azul y el cabello negro hasta la cintura, llevaba de la mano a un ser más pequeño y en la espalda a otro.

Nuestras miradas se cruzaron entre el ruido elemental del mundo, él sonrió y con un tono bastante grave y dificultad para pronunciar se dirigió a ellos: familia –dijo.

-No tuve tiempo de pronunciar palabra alguna. Él se incorporó y con un movimiento que hizo temblar la tierra cargó en los hombros al mayor de los pequeños, después me señaló un viejo letrero de Precaución y revoloteó mi cabello, los vi decirme adiós con la mano e internarse en el bosque para siempre.

La niebla regresó a ocupar el lugar de costumbre.

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Nota: Las líneas anteriores se inspiran en un viaje que tuve a Montebello, Chiapas; las personas que encontré en el camino jugaban en el arroyo, no eran gigantes, claro, al menos no en su tamaño físico, pero me parece que si en su dimensión cultural: tenían unos hermosos rasgos indígenas (contra todas las posturas hipócritas por el uso de la palabra). Nos vimos por algunos segundos y no tuve tiempo de mediar palabra por la necesidad de partir a mi lugar de hospedaje, sin embargo, la demostración de alegría en aquella familia me parece de lo más sincero y bonito que he visto en la vida… me dijeron adiós con la mano y regrese a mi bosque de concreto, a la niebla que nos impide ver que ellos existen. Estoy seguro de que alguna parte mía se quedó prendada a ellos, me consuela creer que cuando recorren la selva esa parte mía los acompaña.

Dondequiera que estén espero el viento pueda llevarles un abrazo que se estreche en su pecho.


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