El imperio negro

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¡El señor otoño miente! nunca tuvo alas ¡Embustero!

¡El señor otoño miente! –Me acusa el amigo colibrí, escupiendo- ¡Oh no! No es así, les aseguro que no miento, amigos. Alguna vez fui hombre, aquí, en estas ramas donde los pájaros tienen sus nidos alguna vez hubo brazos fuertes y dedos agiles.

¿Y entonces cómo es que se volvió otoño?

Es una historia que no gusta para ser contada, amigo lobo, pero falta poco para irme y ustedes son amables, tiempo hay. Siéntense por favor:

Caminaba con los hombres, antes, cazando a los antepasados de la liebre, del petirrojo, de todos ustedes… no hace falta ser rencorosos, Otoño ha pagado ya lo que hizo, cada paso que dio maltratando la más pequeña de las plantas ha sido cubierto.

Aún no existía el tiempo, solo la claridad y la oscuridad, flotábamos en el limbo de nuestras propias levedades. Una mañana cortaba la leña para cocinar, creí escuchar a lo lejos gritos de auxilio, pensé en espíritus pero después de poner atención supe que no lo eran. Salí rápido, guiado por los ecos que encontraban su camino entre los árboles… y la encontré ahí, se había desmayado por el agotamiento, era el ser más hermoso que mis ojos hayan visto, su cabello suelto hasta la cintura y su cuerpo entero lleno de minúsculas flores; me avergüenza confesarlo ahora, pero comprobé por accidente que fuera de su vestido floral  no había nada más cubriendo su cuerpo, era ella en naturaleza viva.

Su pie había quedado atrapado en una trampa para brujas, de esas que se roban a los niños cuando aún maman, pero le busque al pequeño y no encontré nada; confié, la traje a casa y la cuide con mucho esmero, sí, demasiado esmero, y me enamoré de ella, de su silencio imperturbable.

La mañana siguiente salí muy temprano,  llegue muy lejos, casi hasta donde habitan los seres elementales,  contemple una negrura total avanzando en el bosque: cada hoja, cada tallo, cada ave… me miraban con tristeza, decidí no adentrarme pero vi como el imperio negro seguía creciendo, consumiéndolos sin respeto, sin remordimiento... pequeñas criaturas nunca vistas corrían alegres, se tiraban al piso y rodaban con alegría ¡humo negro expelían! todo lo que tocaban perecía. Otoño tuvo miedo, sí, es cierto, volvió a casa, lloró mucho por largo tiempo, desconsolado.

II

He gastado muchas noches intentando saber cuándo fue y creo que nunca podré lograrlo; solo sé que despertó con hambre , poco después de salir el sol,  la negrura del bosque no permitía cortar frutos y no había mucho que ofrecerle, pero le di todo lo que tenía: algunas bayas y un poco de té de laurel. Cuando se despabiló me dijo su nombre: Vida. Quede perplejo, mi ojo empezó a saltar por sí solo ¡era la vida en persona y sin remedio, la Vida misma dormía bajo mi techo!

Le conté sobre lo que acontecía en el bosque y salimos despacio, aún no caminaba bien, vende su pie y la coloqué sobre mi espalda, partimos, a cada paso mis extremidades  se cubrían de hollín… buscamos el lago para lavarme, pero cuando estuvimos ahí observamos a los peces que empezaban a flotar, sus cuerpecitos brillaban contra el sol, como espejitos de mercachifle... Vida me miró con tristeza, mucha tristeza.

Yo no tuve culpa- le dije apresurado.

Ella acarició mi cara con su mano fresca, no dijo nada, pero sabía que yo no era culpable. Subimos a lo alto de la colina, todos los animales  que quedaban vinieron rápido, ella les exhalaba su aliento en la parte alta de la cabeza y sus cuerpos se quedaban dormiditos.

Están dentro mío, a salvo ahora– decía contenta, intentando saltar con dificultad.

De pronto se hizo el ruido entre los árboles, algo acechaba, fugaz como el cometa…

¡Detente! –gritó Vida.

El ser se detuvo al instante, sofocado, nos acercamos con mucho cuidado, mi hacha por delante, y ahí estaba, perfilado y escondido entre la negrura: era el Olvido. Nos miró atentamente y con una expresión  imposible, una que no he vuelto a ver, silbó con fuerza y sus pequeños engendros regresaron inmediatamente, estiró las manos y los cargo sobre su espalda, se llamaban Desesperación y Miseria, exhalaban humo azabache de sus cuerpos.

El Olvido alzó el ala de su sombrero y reconoció a Vida, se arrodilló en el acto ¡hipócrita!

¡Señor Otoño! ¡Disculpas le pide el colibrí! No sabía del sufrimiento que lo habita, sus ojos se han encendido como el fuego.

Evitaremos un desequilibrio, será mejor que ahora descanse.


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