Yo te cuidaré de las brujas - II

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III

El insomnio se volvió insoportable, se recostaba en sus tobillos, mirándola fijamente, con los ojos bien abiertos, aún en las noches más oscuras, esas donde las nubes tapan a la luna para crear caos en el mundo… ella lo consolaba cantándole canciones de marineros que debió aprender en otra vida y el escuchaba, confundido y enfermo de angustia, sumergido en la soledad del poder impenetrable.

Buscó la interpretación de sus pesadillas en  las artes adivinatorias de los asientos del café y encontró que su destino estaba torcido por la muerte, confundido y encolerizado volvió a palacio, canceló la conferencia que tenía prevista con Dios y firmó en el acto la orden para derrumbar los satélites… quería protegerse del exterior; mando traer al tiempero y le ordenó agitar el mar, para despertar a las bestias que dormían en las profundidades -de esa manera nos protegerán-  pensaba tiernamente.

Desde ese momento se encerraba largas horas los lunes, para decidir el destino del mundo, discutía con él mismo las ordenes que debía dar para que los demás respondieran con argumentos que le harían dar la orden que en realidad planeaba desde un principio. Y todo pasaba por el escrutinio del pueblo, y todo era  aprobado porque eran ideas de un hombre sabio. El ataque de furia se prolongó más allá de las navidades, no se dio cuenta del momento en que empezó a reducir el mundo sobrante a escombros… recurrió a embates nucleares que le fueron asegurando la victoria total.

Regresaba a casa agotado, se quedaba en el inmenso salón blanco, sintiendo en sus pies descalzos el tímido mármol desgastado. Hacía traer una pileta con agua muy fría y la colocaba sobre una mesita, se sentaba en un sillón cómodo y sumergía su nuca, dormitaba en medio de melodías que hablaban de musas y monos en la nieve, a menudo su esposa se sorprendía por la mimetización de sus ropajes impolutos con el fondo reluciente de sus dominios trágicos.

Y entonces hablaban, sentados en el piso con las manos sosteniendo sus piernas, en los últimos tiempos siempre trataban lo mismo… ¿escuchaste otra vez esos rumores? te he dicho mil veces que es mentira, también discutían sobre el estado del mundo… te he dicho mil veces más que todo está bien, y él le confirmaba que eres la mujer que amo y no te mentiría, a ti no te puedo fallar...

IV

Estaba cansada del encierro y las excusas, insistía constantemente para ir al país vecino, en el  norte, quería ver una vez más el espectáculo de sus vitrinas electrificadas las veinticuatro horas del día, y siempre obtuvo la misma respuesta: es peligroso. Con dolor escuchaba los cuchicheos de la barbarie mientras paseaba por las amplias cocinas, pero se resistía a creerlo, apretaba fuerte la mandíbula y respondía con una sonrisa cansada -¿cómo creen? Probablemente lo juzgan mal, no puede ser tan infame ¿verdad?... Seguramente procuró que los civiles fueran evacuados ¿verdad?... Solo atacamos cuando es necesario defendernos ¿verdad?...

Y los sirvientes siempre confirmaban que era verdad, porque una mujer tan admirable no merecía estar triste… pero en su soledad ella buscaba la verdad que él ya le  había contado alguna noche mientras hablaba dormido, paso a paso relató la impresión agria que le habían causado los cadáveres de los niños desperdigados en el suelo al finalizar el bombardeo. Le rezaba con vehemencia al Espíritu Santo, para que le hiciera el favor de convencerla de que solo era alguna de tantas mareas nocturnas de su marido.

El domingo de ramos lo sintió levantarse de la cama con dificultades para no hacer ruido, pensó que iría al jardín para el café habitual pero no lo encontró, se sintió más sola que nadie entre el laberinto de hortensias y el susurro del viento frío, reposó en las bancas de piedra de cantera y no pudo reprimir las ganas de llorar, se golpeaba las sienes viendo como la gran pared al fondo se elevaba más y más, intentando ocultarle algo, se sintió ridícula, vestida con sus ropajes caros y auto idealizada como la mujer más feliz del mundo y en algún momento creyó que solo la había usado para adornar su ego de macho tardío y visualizó a la duda convertida en una enorme bestia persiguiéndola en el páramo gris y decidió que era hora de enfrentarla.

Cuando terminó de desahogarse sintió en las entrañas la pesadez de un nudo de miedo confundido con rabia… se dedicó a esperarlo en el patio, detrás del portón, con una paciencia heroica. No eran las seis cuando lo observó entrar con sus ademanes de señorito:

-¿De dónde vienes, amor?

Él volteó sorprendido, su esposa vio en sus ojos al mismo chiquillo asustadizo del colegio:

-Fui a confesarme, por lo de los insomnios, mi madre decía que… escucha, todo está bien-

Entonces no pudo contenerse y lo persiguió por el patio hasta que lo jaló por el brazo, decidida, su grito resonó en toda la casa: ¡dime la puta verdad!

-No existe verdad –dijo él, forcejeando para soltarse…

Después de tres días de preparativos y perdones adelantados por fin salieron, el prefirió cerrar la cortina de su ventanilla, ella miraba con una furia triste, no quedaba nada a su alrededor, fuera de palacio todo era muerte.

Quería limpiar el mundo para ti –dijo el sin que le preguntara-

--- ¡Eres una desgracia!

-No llores. Solo quise protegerte, no hay razones mayores.

--Razones no existen, existen necesidades, y que te mueras ahora mismo se antoja una de ellas.

Se quedaron callados, como animalitos agazapados, llorando por largo rato en silencio, al mismo tiempo.

-Volveremos a Palacio –dijo ella- diremos que todo está bien y al amanecer nos perderemos en el bosque… no tengas miedo, yo te cuidaré de las brujas.

 

 

Previamente se había publicado con el nombre de Espíritu Guerrero, sin embargo, necesitaba trabajo, aún hoy…


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